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María del Carmen Maqueo Garza
María del Carmen Maqueo Garza
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Coahuilense, médico pediatra, apasionada de la palabra escrita. Desde 1975 ha sido columnista en diversos periódicos regionales. Bloguera a partir del 2010. Participa activamente en el Taller literario “Palabras al viento”. Tiene varios libros publicados. Inquieta por la problemática social, en particular la relativa a nuestros niños y jóvenes. Sus colaboraciones invitan a asumir que la resolución de esos problemas es tarea común para todos. Su blog: https://contraluzcoah.blogspot.com/

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12 Julio 2020 04:00:00
Frente común
En sus inicios la ciencia partió de la suposición. Imagino a los primeros investigadores de la historia observando los hechos alrededor suyo; reflexionando, viendo y tomando apresuradas notas, o quizá archivando en la mente suposiciones que más delante tratarían de probar una y otra vez. Muchas habrán sido las hipótesis descartadas, otras darían pie a nuevas investigaciones para comprobarlas de manera sistemática, hasta llegar a la verdad.

Frente al Covid-19 vivimos tiempos de incertidumbre que nos remiten a pensar en los inicios de la investigación científica. Con relación a esos ancestrales investigadores, el panorama es halagüeño; ahora contamos con múltiples procedimientos que vuelven más sencillo y acertado el estudio de una enfermedad. Con todo y lo anterior, nos hallamos, en este caso particular, azorados, alarmados y descubriendo nuevas cosas cada día. Entre los hallazgos más recientes está la conclusión que presentan a la OMS más de 200 investigadores de 32 países alrededor del mundo. Concluyen que el virus es tan ligero, que resulta capaz de desplazarse a grandes distancias y penetrar estructuras que suponíamos impermeables a su paso. A raíz de este nuevo conocimiento las medidas sanitarias se intensifican; es recomendable evitar espacios cerrados, dentro de los cuales la exhalación producida al hablar, puede transmitir el virus a personas situadas más allá de la considerada “sana distancia”. Así pues, se recomienda evitar los espacios cerrados, aun sí utilizamos cubrebocas.

Los más grandes investigadores tienen la humildad de reconocer que cada día se aprenden cosas nuevas, es parte de su formación profesional. Se dejan de lado los egos personales para someterse al rigor metodológico, en aras de encontrar la verdad. Ninguno de ellos podría afirmar, hasta el momento, que conozca todo sobre la enfermedad ni sobre cómo prevenirla. Por desgracia allá afuera abundan los seudocientíficos de inspiración, quienes nos quieren vender la idea de tal o cual producto o procedimiento milagroso, para ponerse a salvo de la enfermedad, misma que ha cobrado millones de vidas por el mundo. Otras conductas de alto riesgo tienen que ver con la ignorancia supina en determinados grupos de población, como son –por desgracia-- diversas comunidades chiapanecas, donde hay la creencia de que las medidas sanitarias de desinfección son un modo de sembrar el virus para que la gente enferma y muera. Tanto así, que se han negado a que se fumiguen sus comunidades para evitar la proliferación del mosquito productor del dengue.

No es de extrañar: Con el temor como escenario de fondo, una idea llega y prende, hasta volverse incendiaria. Actuar en grupo empodera a cada individuo, éste se vuelve capaz de hacer mucho más daño que si actuara solo. El grupo pasa a convertirse en una masa que alcanza niveles irracionales en su avance. Así han atacado a otros seres humanos, en algunos casos hasta terminar con su vida; han incendiado inmuebles; ambulancias; material y equipo. La masa es movida por un disparador: una simple frase que alguno de ellos lanzó en voz alta y cundió de inmediato.

Actualmente nos hallamos parados en un punto histórico que demanda la participación ciudadana. Está visto que la autoridad es paternalista y blandengue. Ante una emergencia como el Covid pide las cosas de favor en vez de imponer el cumplimiento de normas precisas. En la gran mayoría de estados y municipios no se obliga al uso de cubrebocas. Hemos visto casos en los que un uniformado solicita a un civil someterse a medidas higiénicas, y por hacerlo termina insultado y golpeado, algo de lo que dan cuenta varios videos en redes sociales. Así poco o nada va a lograrse.

Viene a mi mente el movimiento #MeToo, que finalmente puso en la cárcel a Harvey Weinstein. Una primera mujer que sufrió abuso sexual por parte de este personaje externó su situación particular; de ahí una segunda y una tercera… hasta que fue todo un grupo de hollywoodenses, y más delante avanzó como una onda imparable alrededor del mundo. Ninguna de las mujeres que expresó su agravio tuvo miedo; ninguna pensó que su participación no serviría de nada…Y entre todas lograron que se hiciera justicia.

Así, de esta manera, quiero imaginar: ¿Qué pasaría si a quien circula en lugares públicos sin cubrebocas, comenzamos todos a comunicarle nuestra reprobación? Que no sea una ni dos voces las que se levanten, sino uno tras otro todos aquellos que sí utilizamos cubrebocas. Un frente común y solidario de reprobación, que a donde quiera que vaya lo perciba. Tal vez no llegue a generarle conciencia, pero sí lo desanimará a seguir haciendo lo mismo.

En esta etapa la molicie es nuestro propio “Carón”. De nosotros depende permanecer o partir.
12 Julio 2020 03:27:00
Frente común
En sus inicios la ciencia partió de la suposición. Imagino a los primeros investigadores de la historia observando los hechos alrededor suyo; reflexionando, viendo y tomando apresuradas notas, o quizá archivando en la mente suposiciones que más delante tratarían de probar una y otra vez. Muchas habrán sido las hipótesis descartadas, otras darían pie a nuevas investigaciones para comprobarlas de manera sistemática, hasta llegar a la verdad.

Frente al Covid-19 vivimos tiempos de incertidumbre que nos remiten a pensar en los inicios de la investigación científica.

Con relación a esos ancestrales investigadores, el panorama es halagüeño; ahora contamos con múltiples procedimientos que vuelven más sencillo y acertado el estudio de una enfermedad. Con todo y lo anterior, nos hallamos, en este caso particular, azorados, alarmados y descubriendo nuevas cosas cada día. Entre los hallazgos más recientes está la conclusión que presentan a la OMS más de 200 investigadores de 32 países alrededor del mundo. Concluyen que el virus es tan ligero, que resulta capaz de desplazarse a grandes distancias y penetrar estructuras que suponíamos impermeables a su paso. 

A raíz de este nuevo conocimiento las medidas sanitarias se intensifican; es recomendable evitar espacios cerrados, dentro de los cuales la  exhalación producida al hablar, puede transmitir el virus a personas situadas más allá de la considerada “sana distancia”.  Así pues, se recomienda evitar los espacios cerrados, aun si utilizamos cubrebocas.

Los más grandes investigadores tienen la humildad de reconocer que cada día se aprenden cosas nuevas, es parte de su formación profesional. Se dejan de lado los egos personales para someterse al rigor metodológico, en aras de encontrar la verdad. Ninguno de ellos  podría afirmar, hasta el momento, que conozca todo sobre la enfermedad ni sobre cómo prevenirla. Por desgracia allá afuera abundan los seudocientíficos de inspiración, quienes nos quieren vender la idea de tal o cual producto o procedimiento milagroso, para ponerse a salvo de la enfermedad, misma que ha cobrado millones de vidas por el mundo.

Otras conductas de alto riesgo tienen que ver con la ignorancia supina en determinados grupos de población, como son –por desgracia– diversas comunidades chiapanecas, donde hay la creencia de que las medidas sanitarias de desinfección son un modo de sembrar el virus para que la gente enferma y muera. Tanto así, que se han negado a que se fumiguen sus comunidades para evitar la proliferación del mosquito productor del dengue.

No es de extrañar: con el temor como escenario de fondo, una idea llega y prende, hasta volverse incendiaria. Actuar en grupo empodera a cada individuo, éste se vuelve capaz de hacer mucho más daño que si actuara solo.

El grupo pasa a convertirse en una masa que alcanza niveles irracionales en su avance. Así han atacado a otros seres humanos, en algunos casos hasta terminar con su vida; han incendiado inmuebles; ambulancias; material y equipo. La masa es movida por un disparador: una simple frase que alguno de ellos lanzó en voz alta y cundió de inmediato.
Actualmente nos hallamos parados en un punto histórico que demanda  la participación ciudadana. 

Está visto que la autoridad es paternalista y blandengue. Ante una emergencia como el Covid pide las cosas de favor en vez de imponer el cumplimiento de normas precisas.
En la gran mayoría de estados y municipios no se obliga al uso de cubrebocas. Hemos visto casos en los que un uniformado solicita a un civil someterse a medidas higiénicas, y por hacerlo termina insultado y golpeado, algo de lo que dan cuenta varios videos en redes sociales. Así poco o nada va a lograrse.

Viene a mi mente el movimiento #MeToo, que finalmente puso en la cárcel a Harvey Weinstein. Una primera mujer que sufrió abuso sexual por parte de este personaje externó su situación particular; de ahí una segunda y una tercera… hasta que fue todo un grupo de hollywoodenses, y más delante avanzó como una onda imparable alrededor del mundo.

Ninguna de las mujeres que expresó su agravio tuvo miedo; ninguna pensó  que su participación no serviría de nada… y entre todas lograron que se hiciera justicia.

Así, de esta manera, quiero imaginar: ¿Qué pasaría si a quien circula en lugares públicos sin cubrebocas, comenzamos todos a comunicarle  nuestra reprobación? Que no sea una ni dos voces las que se levanten, sino uno tras otro todos aquellos que sí utilizamos cubrebocas. Un frente común y solidario de reprobación, que a donde quiera que vaya lo perciba. Tal vez no llegue a generarle conciencia, pero sí lo desanimará a seguir haciendo lo mismo.

En esta etapa la molicie es nuestro propio “Carón”. De nosotros depende permanecer o partir.
05 Julio 2020 04:00:00
Vivir con pasión
Resulta increíble el peso que tienen las palabras. Una sola de ellas, como la palanca de Arquímedes, es capaz de mover al mundo.

Desde que el hombre adquirió conciencia de sí mismo, surgió el lenguaje. Gutural en un inicio evolucionó hasta diversificarse, alcanzar la forma escrita y hermosearse. La lengua castellana es muy vasta en significados; en otras lenguas una misma palabra tiene varias acepciones; en castellano sobreabundan los términos para designar una misma cosa. Somos muy ricos en patrimonio lingüístico.

De forma lamentable, nuestro lenguaje pierde brillo conforme se extienden los medios de comunicación. Simplificamos los términos utilizados para expresarnos y terminamos migrando hacia el empobrecimiento de nuestro hermoso idioma.

A partir del estudio de la inteligencia emocional, el lenguaje cobra un peso específico. Cada palabra utilizada, en particular cuando nos dirigimos a los niños, tiene un efecto que puede durar toda la vida. Entre los adultos no deja de tener su impacto: estar lanzando o recibiendo términos peyorativos, termina por dañar la autoestima. Tal vez resulta menos frecuente que haya un enfrentamiento oral de forma directa, aunque sí, este encierro obligado nos ha vuelto más irritables, y no es tan raro que alguien tenga un exabrupto en lugares públicos. Sin embargo, es mucho más frecuente atacar a través de redes sociales, en donde, parapetados por el anonimato, surge la ocasión de atacar de un modo más violento.

La palabra es capaz de seducir, convencer e impulsar. La palabra convoca, organiza y emprende. La palabra da pie a la pasión, entendida esta última como el anhelo vehemente por emprender algo que se desea alcanzar, y por lo que se está dispuesto a empeñar tiempo, esfuerzo y entusiasmo. Ejemplos de vidas vividas con pasión hay muchas, de hombres y mujeres que han transformado al mundo.

En el marco de la contingencia tengo la impresión de que media humanidad viene albergando sentimientos de desesperación y angustia, mientras que la otra mitad se ha propuesto hacer de este tiempo uno destinado a desarrollar un proyecto personal con pasión. Acabo de ver un ejemplo maravilloso, Tito Charly es un hombre de la tercera edad que vive en Monterrey. Él complementaba sus ingresos trabajando como empacador en una tienda de autoservicio, pero con motivo de su edad, fue enviado a casa. Él contactó algunos productores de materia prima locales, y decidió elaborar sus propios productos alimentarios y ponerlos a la venta. Se anuncia mediante su propio canal de YouTube, en el cual ofrece videos de preparación de alimentos utilizando sus productos. Me pareció una forma muy original y creativa de hacer de los obstáculos, ventanas de oportunidad. Imagino que en su mente la palabra fue algo así como “¡Adelante, tú puedes!”.

Tal vez si abrevamos más seguido del lenguaje, nos vamos a encontrar herramientas maravillosas para sentirnos mejor y crear un ambiente agradable. Si regalamos palabras estimulantes a quienes comparten con nosotros el tiempo de encierro, generaremos reacciones más positivas que si nos la pasamos mirándonos unos a otros con cara de fastidio. Cuando utilizamos las redes sociales para comunicar un mensaje alentador, vamos a obtener uno similar. Por cierto, la misma regla aplica para mensajes de otro tipo; se cumple aquello que dice que lo que das recibes.

En redes sociales aparece el efecto “bola de nieve”. Alguien dice algo no muy gentil contra otro, y el otro responde. A partir de ese momento comienzan a integrarse bandos contrarios, los unos atacan, los otros responden, progresivamente subiendo de tono las denostaciones, y al rato ya se están dando hasta con el árbol genealógico, por algo que, si analizamos, comenzó de modo muy simple.

Es buen tiempo para revisar lo que tenemos. Como ya se habrá hecho con el guardarropa, los libros y los discos, es buen momento para revisar qué palabras albergamos en la mente y el corazón. Cuál es aquella que primero se viene a nuestra lengua o a nuestros dedos en la pantalla, cuando reaccionamos. Cuál es el peso específico de cada una. Asomándonos al fondo del ropero verbal, ¿por qué utilizamos las que utilizamos? ¿Cómo nos hace sentir su uso? ¿Conviene renovar parte de ellas? Así como ocurre en la moda con las novedades de temporada, ¿por qué no probar cómo nos sentimos utilizando otras palabras? Tal vez nos descubramos abriendo nuevas puertas, de cuya existencia no estábamos enterados.

Los libros son maravillosas plataformas de despegue para nuestra exploración. Provocan estados de ánimo únicos y revelaciones sorprendentes. Solemos olvidar que la felicidad es una opción muy personal; cada cual decide si la toma o la deja. Las palabras ayudan a alcanzarla.
28 Junio 2020 04:00:00
México mediocre
Me enviaron un fragmento de cierto programa mexicano de apoyo a emprendedores, que me dio mucho que pensar. Un panel de expertos en distintas áreas actúa como jurado; se les presentan propuestas que buscan apoyos económicos y ellos determinan si los otorgan o no. El emprendimiento del video que vi lo presenta Natalia, una chica muy segura de sí misma, que va preparada para rebatir cualquier argumento. Solicita apoyo económico para ampliar un proyecto que tiene funcionando desde tiempo atrás: Un sitio donde los estudiantes pagan porque les hagan la tarea. El interesado la contacta, ella analiza la solicitud y presenta al cliente varios perfiles de asociados para hacer el trabajo. Del 100% de las ganancias se reparten 7 a 3 entre el colaborador y la fundadora.

Uno a uno los jurados van descartando la posibilidad de apoyar dicho proyecto. Cuestionan a Natalia y por último la llaman a reconsiderar su actuación. Al final ella se retira con las manos vacías, adivinándose en su gesto el propósito de no abandonar su negocio.

El asunto da mucho qué pensar: En primer lugar, para decirlo de manera simbólica, me imagino que es un pequeño brotecito al pie de un árbol robusto y firme. Un árbol llamado corrupción. La normalización de este fenómeno social, que según podemos observar, no ha mermado en absoluto, revela que los mexicanos lanzamos una mirada complaciente a esos pequeños “arreglos” que el ciudadano lleva a cabo frente a la autoridad. En una danza de pesos y centavos se consigue, desde la condonación de una infracción de tráfico hasta la expansión de fortunas personales, que crecen como si les hubieran puesto levadura, de una declaración patrimonial a la siguiente, independientemente de los dichos del partido en el poder. Triste es reconocer que los extranjeros no se equivocan al señalar que “en México todo es posible”, o bien, descubrir, en los argumentos de cintas norteamericanas, que, en sus intentos por huir de la justicia, los delincuentes viajan invariablemente a nuestro país.

Compartí el video más delante y recogí opiniones muy interesantes: Algunas madres o abuelas que tienen chicos en instituciones educativas privadas, reconocen que este fenómeno se presenta con relativa frecuencia, entre los estudiantes de enseñanza media superior y superior. Alguna de ellas señaló un caso particular en que el alumnado amenazó al maestro con conseguir que lo despidieran, si intentaba denunciar hechos como éste.

Gandhi lo ha dicho de una forma muy clara: “Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena”. Por desgracia los mexicanos somos indiferentes frente a situaciones que se desvían de la procuración del bien común. Nos hacemos como que no vemos, o callamos, o de alguna manera justificamos lo que, en conciencia, sabemos que está mal. Desconozco la forma habitual cómo reaccionan los jurados del programa televisivo, del cual conozco muy poco, sin embargo, debo decir que, en esta ocasión, estuvieron muy a la altura. Calificaron la propuesta de Natalia como no ética y denegaron su apoyo.

En el fondo sabemos que la base sobre la que se asienta gran parte de los problemas en México radica en la educación. Cifras preocupantes, de 100 niños que ingresan a primaria, 60 la terminan; 45 acaban preparatoria; 21 licenciatura, 4 maestría y 1 doctorado. En ocasiones quienes culminan un posgrado deciden radicar en el extranjero, puesto que en el país no encuentran condiciones laborales acordes con su preparación profesional. Ahora bien, si los chicos universitarios escatiman tareas que apuntalan sus conocimientos, tendremos unos adultos mediocres que no aprovecharon las oportunidades que el estado, o la economía familiar, les concedió.

Retomando una analogía con la naturaleza, la finalidad del proceso educativo es visualizar los problemas de México de forma panorámica, abarcar el bosque y no sólo el árbol en el que se vive. Es conocer el proceso histórico por el cual estamos donde estamos e identificar los distintos escenarios, de acuerdo con cómo actuemos para enfrentar las dificultades que se vayan presentando. La improvisación nunca ha sido una estrategia segura para resolver los problemas, si escatimamos el conocimiento de un ingeniero civil, tendremos edificios mal terminados, puentes inseguros y vialidades peligrosas. En la atención del Covid-19, si escatimamos en la preparación de un médico especialista, se elevarán las tasas de mortalidad. Si los ciudadanos mexicanos no conocemos nuestra historia, no seremos capaces de respetar y salvaguardar los elementos que simbolizan sus luchas y sus victorias. Si crecemos normalizando la corrupción, seguiremos pagando con mediocridad. De nosotros depende el rumbo de la nave
28 Junio 2020 03:51:00
México mediocre
Me enviaron un fragmento de cierto programa mexicano de apoyo a emprendedores, que me dio mucho en qué pensar. Un panel de expertos actúa como jurado; se les presentan propuestas que buscan apoyos económicos y ellos determinan si los otorgan o no. El emprendimiento que vi lo presenta Natalia, una chica que solicita apoyo económico para ampliar un proyecto que tiene funcionando desde tiempo atrás: un sitio donde los estudiantes pagan porque les hagan la tarea. El interesado la contacta, ella analiza la solicitud y presenta al cliente varios perfiles de asociados para hacer el trabajo. Del 100% de las ganancias se reparten 7 a 3 entre el colaborador y la fundadora.

Uno a uno los jurados van descartando la posibilidad de apoyar dicho proyecto. Cuestionan a Natalia y por último la llaman a reconsiderar su actuación. Al final ella se retira con las manos vacías, adivinándose en su gesto el propósito de no abandonar su negocio.

El asunto da mucho de qué pensar: en primer lugar, para decirlo de manera simbólica, me imagino que es un pequeño brotecito al pie de un árbol robusto y firme. Un árbol llamado corrupción. La normalización de este fenómeno social, que según podemos observar, no ha mermado en absoluto, revela que los mexicanos lanzamos una mirada complaciente a esos pequeños “arreglos” que el ciudadano lleva a cabo frente a la autoridad.

En una danza de pesos y centavos se consigue, desde la condonación de una infracción de tráfico hasta la expansión de fortunas personales. Triste es reconocer que los extranjeros no se equivocan al señalar que “en México todo es posible”, o bien, descubrir, en los argumentos de cintas norteamericanas, que, en sus intentos por huir de la justicia, los delincuentes viajan invariablemente a nuestro país.

Compartí el video más delante y recogí opiniones muy interesantes: algunas madres o abuelas que tienen chicos en instituciones educativas privadas, reconocen que este fenómeno se presenta con relativa frecuencia, entre los estudiantes de enseñanza media superior y superior.

Gandhi lo dijo de una forma muy clara: “Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena”. Por desgracia los mexicanos somos indiferentes frente a situaciones que se desvían de la procuración del bien común. Nos hacemos como que no vemos, o callamos, o de alguna manera justificamos lo que, en conciencia, sabemos que está mal.

Desconozco la forma habitual cómo reaccionan los jurados del programa televisivo, del cual conozco muy poco, sin embargo, debo decir que, en esta ocasión, estuvieron muy a la altura.  Calificaron la propuesta de Natalia como no ética y denegaron su apoyo.

En el fondo sabemos que la base sobre la que se asienta gran parte de los problemas en México radica en la educación.  Cifras preocupantes, de 100 niños que ingresan a  primaria, 60 la terminan; 45 acaban preparatoria; 21 licenciatura, 4  maestría y 1 doctorado. En ocasiones quienes culminan un posgrado deciden radicar en el extranjero, puesto que en el país no encuentran condiciones laborales acordes con su preparación profesional. Ahora bien, si los chicos universitarios escatiman tareas que apuntalan sus conocimientos, tendremos unos adultos mediocres que no aprovecharon las oportunidades que el Estado, o la economía familiar, les concedieron.

Retomando una analogía con la naturaleza, la finalidad del proceso educativo es visualizar los problemas de México de forma panorámica, abarcar el bosque y no sólo el árbol en el que se vive. Es conocer el proceso histórico por el cual estamos donde estamos e identificar los distintos escenarios, de acuerdo con cómo actuemos para enfrentar las dificultades que se vayan  presentando.
La improvisación nunca ha sido una estrategia segura para resolver problemas, si escatimamos el conocimiento de un ingeniero, tendremos edificios mal terminados, puentes inseguros y vialidades peligrosas. En la atención del Covid-19, si escatimamos en la preparación de un médico, se elevarán las tasas de mortalidad.

Si los ciudadanos mexicanos no conocemos nuestra historia, no seremos capaces de respetar y salvaguardar los elementos que simbolizan sus luchas y sus victorias. Si crecemos normalizando la corrupción, seguiremos pagando con mediocridad. De nosotros depende el rumbo de la nave.
21 Junio 2020 04:00:00
Liderazgo y cambio
Hoy se celebra en México el Día del Padre, una fecha que –a causa de la pandemia- estamos festejando de una forma inédita: Tal vez a la distancia; probablemente lamentando la pérdida reciente del padre o el abuelo en la familia; o sin poder llevar flores al panteón, como en ocasiones anteriores. Contrario al ambiente que habitualmente se vive en la celebración del padre, este año el recogimiento obligado nos invita a la reflexión. Un buen momento para revisar lo relativo a la función del liderazgo en nuestra sociedad.

En forma tradicional, dentro del hogar el padre ha sido líder, aunque, claro, hay incontables modelos de familia, y aún en aquellas tradicionales, el liderazgo puede no caer directamente en la figura de autoridad masculina. Todo es válido, en tanto el niño en formación cuente con un marco disciplinario claro y estable, que le enseñe las normas para vivir en sociedad. Más allá de la puerta del hogar, el liderazgo se diversifica, dentro de escuelas, empresas, organizaciones civiles, instituciones religiosas y de gobierno, por citar algunas. Los tipos de liderazgo varían también, desde el paternal hasta el proactivo, pasando por muchas variantes que representan la forma como la cabeza de un grupo actúa sobre los subordinados, para llevar a cabo una tarea común que idealmente beneficie a todos.

Dentro de las formas de gobierno está el liderazgo democrático y el de tipo autoritario. En el primer estilo el líder toma en cuenta la opinión del grupo para la toma de decisiones, de modo que todos y cada uno de los participantes se sientan representados. Este tipo de guía natural inyecta entusiasmo a los subordinados, además de que les concede la libertad para emprender acciones por cuenta propia, siempre y cuando no obstruyan el beneficio colectivo. Por su parte el líder autocrático centra en su persona y en unos pocos allegados la toma de decisiones, limitando a sus subordinados hacerlo. Ejemplos de estos dirigentes hay muchos a lo largo de la historia; no es el modelo de liderazgo al que un país del siglo veintiuno aspire. El conocimiento y la tecnología han avanzado de manera que un ciudadano promedio identifica los problemas de la sociedad y es capaz de aportar soluciones. El líder ideal tiene la madurez para permitirlo; no pretende imponer la autoridad a fuerza, como quien tratase de controlar a un grupo de párvulos. Que la cabeza, mediante su actuar, reconozca las capacidades de los miembros del equipo, los tome en cuenta, y lleve a cabo una comunicación bidireccional, es la mejor manera de lograr que todos le pongan entusiasmo a su diario desempeño.

Regresando un poco a la figura del padre: Durante el siglo veinte esta solía ser distante y poco accesible a la comunicación. Inspiraba mucho respeto y en ocasiones temor. Su tipo de amor era más condicionado que el de la madre, no en el fondo, pero sí en las formas. El afecto del padre había que ganárselo. Crecimos con un marco disciplinario bien definido, sabiendo cómo actuar una vez que llegábamos por nuestra cuenta al mundo exterior. El papá de estos tiempos participa en incontables tareas dentro de casa, se expresa con soltura frente a los hijos, se muestra amoroso. Ha roto con los clichés tradicionales que hacían de él una figura de hierro. Aun así, es necesario que mantenga el liderazgo dentro de casa; ya cada familia decide si lo hace a la par que la madre, constituyendo el arquetipo más común del siglo presente. Lo que sí podemos adelantar, es que un líder autocrático no funciona dentro de la familia actual, y tampoco funciona como sistema de gobierno. Podrá hacerlo por un tiempo, mediante represión, pero tarde o temprano, termina por ser derrocado. Europa del este y gran parte de Asia tienen ejemplos de lo que ha sido, --a la caída de los regímenes dictatoriales--, el desarrollo integral de diversas naciones, no sólo en términos de producción industrial, sino en lo relativo a estándares educativos y de satisfacción ciudadana. En América Latina y el Caribe no hemos logrado zafarnos de las amenazas dictatoriales que tanto daño llegan a hacer a una nación.

El ideal en la mente del buen líder es que la meta propuesta se cumpla con la participación entusiasta de todos. Desde el padre con el hijo al que enseña a caminar, hasta el gobernante con sus gobernados. Pensar que, si se afloja el control, el trabajo no se llevará a cabo, solo refleja la inseguridad del dirigente. Si el grupo funciona de manera armónica, la tarea se cumple y como beneficio adicional, se genera lealtad y agradecimiento.

Necesitamos modelos humanitarios de convivencia, así como líderes íntegros, inteligentes y maduros, capaces de velar por el bien común. Desde el hogar hasta el más alto mando.
21 Junio 2020 03:52:00
Liderazgo y cambio
Hoy se celebra en México el Día del Padre, una fecha que –a causa de la pandemia– estamos festejando de una forma inédita: tal vez a la distancia; probablemente lamentando la pérdida reciente del padre o el abuelo en la familia; o sin poder llevar flores al panteón, como en ocasiones anteriores. Contrario al ambiente que habitualmente se vive en la celebración del padre, este año el recogimiento obligado nos invita a la reflexión. Un buen momento para revisar lo relativo a la función del liderazgo en nuestra sociedad.

En forma tradicional, dentro del hogar el padre ha sido líder, aunque, claro, hay incontables modelos de familia, y aún en aquellas tradicionales, el liderazgo puede no caer directamente en la figura de autoridad masculina. Todo es válido, en tanto el niño en formación cuente con un marco disciplinario claro y estable, que le enseñe las normas para vivir en sociedad. Más allá de la puerta del hogar, el liderazgo se diversifica, dentro de escuelas, empresas, organizaciones civiles, instituciones religiosas y de Gobierno, por citar algunas. Los tipos de liderazgo varían también, desde el paternal hasta el proactivo, pasando por muchas variantes que representan la forma cómo la cabeza de un grupo actúa sobre los subordinados, para llevar a cabo una tarea común que idealmente beneficie a todos.

Dentro de las formas de gobierno está el liderazgo democrático y el de tipo autoritario. En el primer estilo el líder toma en cuenta la opinión del grupo para la toma de decisiones, de modo que todos y cada uno de los participantes se sientan representados. Este tipo de guía natural inyecta entusiasmo a los subordinados, además de que les concede la libertad para emprender acciones por cuenta propia, siempre y cuando no obstruyan el beneficio colectivo. Por su parte, el líder autocrático centra en su persona y en unos pocos allegados la toma de decisiones, limitando a sus subordinados hacerlo.

El conocimiento y la tecnología han avanzado de manera que un ciudadano promedio identifica los problemas de la sociedad y es capaz de aportar soluciones. El líder ideal tiene la madurez para permitirlo; no pretende imponer la autoridad a fuerza, como quien tratase de controlar a un grupo de párvulos. Que la cabeza, mediante su actuar, reconozca las capacidades de los miembros del equipo, los tome en cuenta, y lleve a cabo una comunicación bidireccional, es la mejor manera de lograr que todos le pongan entusiasmo a su diario desempeño.

Regresando un poco a la figura del padre: durante el siglo 20 esta solía ser distante y poco accesible a la comunicación. Inspiraba mucho respeto y en ocasiones temor. Su tipo de amor era más condicionado que el de la madre, no en el fondo, pero sí en las formas.

El afecto del padre había que ganárselo. Crecimos con un marco disciplinario bien definido, sabiendo cómo actuar una vez que llegábamos por nuestra cuenta al mundo exterior. El papá de estos tiempos participa en incontables tareas dentro de casa, se expresa con soltura frente a los hijos, se muestra amoroso. Ha roto con los clichés tradicionales que hacían de él una figura de hierro. Aun así, es necesario que mantenga el liderazgo dentro de casa; ya cada familia decide si lo hace a la par que la madre, constituyendo el arquetipo más común del siglo presente. Lo que sí podemos adelantar, es que un líder autocrático no funciona dentro de la familia actual, y tampoco funciona como sistema de gobierno. Podrá hacerlo por un tiempo, mediante represión, pero tarde o temprano, termina por ser derrocado.

Europa del este y gran parte de Asia tienen ejemplos de lo que ha sido, –a la caída de los regímenes dictatoriales–, el desarrollo integral de diversas naciones, no sólo en términos de producción industrial, sino en lo relativo a estándares educativos y de satisfacción ciudadana. En América Latina y el Caribe no hemos logrado zafarnos de las amenazas dictatoriales que tanto daño llegan a hacer a una nación.

El ideal en la mente del buen líder es que la meta propuesta se cumpla con la participación entusiasta de todos. Desde el padre con el hijo al que enseña a caminar, hasta el gobernante con sus gobernados. Pensar que, si se afloja el control, el trabajo no se llevará a cabo, sólo refleja la inseguridad del dirigente. Si el grupo funciona de manera armónica, la tarea se cumple y como beneficio adicional, se genera lealtad y
agradecimiento.
14 Junio 2020 04:00:00
Líderes incendiarios
En tres poblaciones rurales de Chiapas, esta semana ocurrieron hechos muy lamentables: Sucedieron en la cabecera municipal de Venustiano Carranza, la cabecera de Las Margaritas y la población de Los Rosales, en plena zona montañosa, a dos horas de distancia de Tuxtla Gutiérrez, donde la medicina tradicional tiene gran penetración: Sus habitantes están convencidos de que el Covid no existe y que, con la fumigación, el gobierno busca provocarles enfermedad. En Venustiano Carranza, mensajes en redes sociales con esta información, provocaron que los pobladores, enardecidos prendieran fuego al hospital comunitario, a una flamante ambulancia, a la presidencia municipal, la casa del alcalde, la de sus suegros, y la de la madre de Rutilio Escandón, gobernador de la entidad, originario de ese municipio. Cabe señalar que la señora Escandón no se encontraba en su domicilio, por hallarse hospitalizada en la ciudad capital, a causa del Covid-19.

En la temporada de verano aparece el mosquito transmisor de enfermedades como el dengue, el zika y el chikungunya. Para eliminar los criaderos se aplican plaguicidas y herbicidas; lo que antes implicaba la renta de una avioneta y el sueldo de un piloto, se ha simplificado con el uso de drones. Justo un dron con el herbicida Paraquat fue lo que erróneamente se interpretó como el polvo enviado “para matar gente pobre”, a decir de los locales.

Algo similar ocurrió en Las Margaritas, resultando en daño en propiedad ajena, saqueos y destrucción, además de ataque al personal sanitario.

En el municipio Las Rosas el problema tuvo un inicio distinto: Falleció un hombre por Covid-19; las autoridades sanitarias comenzaron a fumigar la zona circunvecina, además de indicar a los familiares que era necesario llevar al difunto directo al panteón, sin velarlo. Los familiares, molestos, los atacaron: Destruyeron el hospital comunitario, la presidencia municipal y un domicilio particular. Las autoridades emitieron un boletín en el que dan cuenta de los hechos, e indican que se abrió una carpeta de investigación para dar con los autores, con los cuales se tendrá cero impunidad. Por desgracia sabemos que, como ha sucedido durante la presente administración federal, lo más seguro es que cualquier esfuerzo por hacer justicia, se quede en el papel, atendiendo las recomendaciones de amar a quien atenta contra tu vida o tu patrimonio.

Un interesante artículo de Diego Fonseca publicado en el NYT el pasado 11 de junio habla del presidente López Obrador como un líder intuitivo, lo que, en particular durante la crisis provocada por el Covid-19, está poniendo en riesgo a toda una nación. Como ha sucedido en ocasiones previas, con eso de “yo tengo otros datos”, parece que nuevamente actúa por inspiración, sin la debida asesoría de expertos con probada competencia en cada materia. La convicción de que la lealtad a la 4T queda por encima de la capacidad para desempeñar un cargo, ha generado múltiples tropiezos a lo largo de estos 18 meses. Ello me remite a la máxima atribuida a Edison, que indica que el genio es 10% inspiración y 90% transpiración. Adaptada a nuestro presidente, pareciera que maneja esa misma relación para elegir a sus colaboradores, como alguna vez lo expresó, con un 10% de capacidad y un 90% lealtad, modelo inoperante en la vida real.

Ahora bien, regresando a la enfermedad: Tenemos un presidente que jamás ha utilizado cubrebocas, que de entrada se negó a acatar el distanciamiento social y que luego de algunas semanas de suspenderlas, retoma sus giras por el país. Un líder que manifiesta que hay que volver a salir, como sugiriendo que “no pasa nada” con hacerlo, definitivamente da un mensaje contradictorio. En el caso de los habitantes de la zona rural de Chiapas con su particular idiosincrasia, la actitud del ejecutivo federal refuerza sus creencias de que el Covid-19 no existe, porque si existiera, el primero en cuidarse sería el presidente. Esto, a la par de los mensajes que circulan en redes sociales, refuerza las creencias de que las medidas de fumigación son innecesarias, entonces, con seguridad, tienen el propósito de dañarlos. Así surge la turba enardecida para atacar y destruir bienes de la nación, lo que finalmente les afecta a ellos mismos, pues se quedan sin recursos para la atención médica. Además de que se atenta contra la vida y la integridad de sus semejantes y da lugar a que algunos vivales aprovechen para saquear los inmuebles atacados.

Líderes incendiarios es lo que menos necesitamos en estos momentos de crisis sanitaria, antesala de una grave crisis económica y social. Más vale que lo vayamos entendiendo de este modo.
07 Junio 2020 04:00:00
Una luz a medio túnel
Hay eventos que se van sumando hasta presentarnos un panorama poco alentador. El Covid-19 continúa haciendo de las suyas; los esfuerzos científicos en distintos países tienen avances, pero nada en concreto como para afirmar que existe el medicamento que combata la enfermedad, o el biológico capaz de prevenirla. A ello hay que agregar el clima de protesta en varios estados de la Unión Americana, así como en la capital de Jalisco, en nuestro país. Ambas manifestaciones relacionadas con hechos parecidos: Un ciudadano es sometido por las fuerzas del orden con tal rudeza, que pierde la vida.

La cuarentena prolongada conduce al desánimo. Mi experiencia particular es que, de cuando en cuando pierdo noción de qué día de la semana es; algo similar sucede con las horas, pueden ser las 3 o las 6 de la tarde y llego a confundirme. Los eventos habituales fuera de casa están cancelados, no se puede adivinar hasta cuándo, algo que en lo personal sí me genera cierta desgana, estado que supongo gran parte de la población comparte conmigo.

Las redes sociales son las ventanas que hoy nos permiten asomarnos al mundo para ver qué está sucediendo. Difícilmente cualquiera permanece ajeno a ellas, y cada uno tiene su aplicación preferida. A través de Twitter he seguido las protestas que se llevan a cabo en Guadalajara; asombra y descorazona el grado de violencia con que los grupos de choque infiltrados atacan, al punto de prender fuego a un elemento uniformado que se desplazaba en su motocicleta. Según refieren, ya empiezan a identificar a los sujetos que han participado en estos ataques, al parecer “profesionales” que viven justo de eso, de la violencia. Confiemos en que por este camino se descubra qué intereses hay detrás de todo ello. De nueva cuenta, como ha sucedido en ocasiones similares, resulta deleznable la forma despiadada en que los violentos acometen. Conforme a lo que se ha investigado, supondríamos que, además de hacerlo por el pago, poseen un perfil sicopático.

Intento imaginar cómo llegaron a este punto, de encontrar en la violencia extrema su mayor goce, o qué tipo de infancias tan terribles vivirían, que los conducen a actuar con absoluta falta de empatía, sin que el sufrimiento de las personas que atacan los haga titubear.

En medio de este panorama poco alentador, tuve oportunidad de ver algo maravilloso: En Brooklyn, Nueva York, avanzaba un grupo de manifestantes bajo la consigna de “La vida de los negros importa”. Llegó la hora de la salat (oración del mediodía) para los musulmanes, de modo que todos los de dicha doctrina dentro del grupo hicieron hileras de rodillas para cumplir con el ritual, en tanto el resto del grupo formó una valla humana para resguardarlos de cualquier ataque. Me pareció algo maravilloso, un decir “te acepto y te respeto con tus características muy particulares”.

Para llegar a Real de Catorce, SLP, antigua población minera convertida en pueblo mágico, hay que recorrer un tramo de 38 kilómetros hasta acceder a la base del antiguo mineral, y cruzar el túnel Ogarrio, de 2 kilómetros de longitud, cuyo nombre se halla grabado en la dovela del arco inicial. Actualmente el pueblo es turístico; cuando yo lo visité por primera vez, allá por 1983, era un pueblo fantasma con unos cuantos atractivos. En ese entonces el camino para llegar al antiguo mineral era de terracería; un color uniforme de tierra rojiza se extendía zigzagueante y se extendía por los alrededores, causando una sensación extraña de extravío. Mientras recorrí ese túnel por primera vez, se me grabó como un momento mágico encontrar, justo a la mitad del recorrido, en un recoveco trabajado en la misma roca, una capilla con una imagen religiosa y varias velas encendidas. Produjo en mí una sensación de alivio, en medio de aquella negrura que no lograban vencer las luces del vehículo. A ese instante me remitió observar la imagen de unos hermanos cuidando a los otros, que por sí misma expresa la palabra solidaridad.

A la vuelta del tiempo, en nuestro sistema capitalista han predominado el individualismo y la competencia, para crear una pirámide en la que todos estamos incluidos. Dentro de dicho sistema, unos cuantos tienen más, y progresivamente hacia abajo, son más amplias las capas de quienes tienen menos, hasta llegar a la base, en la que se encuentran los más pobres. Es doloroso ver estas diferencias, mas ello no nos autoriza a generalizar y suponer que los beneficios que tienen los de la punta de la pirámide, los obtuvieron a costa de perjudicar a los que se hallan en la base.

El encierro es una excelente oportunidad para revisar qué mundo queremos cuando salgamos del túnel. Actuar como hasta ahora, no ha funcionado, nos consta. ¿Por dónde comenzamos a cambiarlo?
07 Junio 2020 03:38:00
Una luz a medio túnel
Hay eventos que se van sumando hasta presentarnos un panorama poco alentador. El Covid-19 continúa haciendo de las suyas; los esfuerzos científicos en distintos países tienen avances, pero nada en concreto como para afirmar que existe el medicamento que combata la enfermedad, o el biológico capaz de prevenirla. A ello hay que agregar el clima de protesta en la Unión Americana, así como en la capital de Jalisco, en nuestro país. Ambas manifestaciones relacionadas con hechos parecidos: un ciudadano es sometido por las fuerzas del orden con tal rudeza que pierde la vida.

La cuarentena prolongada conduce al desánimo. Mi experiencia particular es que, de cuando en cuando pierdo noción de qué día es; algo similar sucede con las horas. Los eventos habituales fuera de casa están cancelados, no se puede adivinar hasta cuándo, algo que en lo personal sí me genera cierta desgana, estado que supongo gran parte de la población comparte conmigo.

Las redes sociales son las ventanas que hoy nos permiten asomarnos al mundo para ver qué está sucediendo. Difícilmente cualquiera permanece ajeno a ellas, y cada uno tiene su aplicación preferida. A través de Twitter he seguido las protestas que se llevan a cabo en Guadalajara; asombra y descorazona el grado de violencia con que los grupos de choque infiltrados atacan, al punto de prender fuego a un elemento uniformado que se desplazaba en su motocicleta. Según refieren, ya empiezan a identificar a los sujetos que han participado en estos ataques, al parecer “profesionales” que viven justo de eso, de la violencia. Confiemos en que por este camino se descubra qué intereses hay detrás de todo ello.

De nueva cuenta, como ha sucedido en ocasiones similares, resulta deleznable la forma despiadada en que los violentos acometen. Conforme a lo que se ha investigado, supondríamos que, además de hacerlo por el pago, poseen un perfil sicopático. Intento imaginar cómo llegaron a este punto, de encontrar en la violencia extrema su mayor goce, o qué tipo de infancias tan terribles vivirían, que los conducen a actuar con absoluta falta de empatía, sin que el sufrimiento de las personas que atacan los haga titubear.

En medio de este panorama poco alentador, tuve oportunidad de ver algo maravilloso: En Brooklyn, Nueva York, avanzaba un grupo de manifestantes bajo la consigna de “La vida de los negros importa”. Llegó la hora de la salat (oración del mediodía) para los musulmanes, de modo que todos los de dicha doctrina dentro del grupo hicieron hileras de rodillas para cumplir con el ritual, en tanto el resto del grupo formó una valla humana para resguardarlos de cualquier ataque. Me pareció algo maravilloso, un decir “te acepto y te respeto con tus características muy particulares”.

Para llegar a Real de Catorce, SLP, antigua población minera convertida en pueblo mágico, hay que recorrer un tramo de 38 kilómetros hasta acceder a la base del antiguo mineral, y cruzar el túnel Ogarrio, de 2 kilómetros de longitud, cuyo nombre se halla grabado en la dovela del arco inicial. Actualmente el pueblo es turístico; cuando yo lo visité por primera vez, allá por 1983, era un pueblo fantasma con unos cuantos atractivos. En ese entonces el camino para llegar al antiguo mineral era de terracería; un color uniforme de tierra rojiza se extendía zigzagueante y se extendía por  los alrededores, causando una sensación extraña de
extravío.
Mientras recorrí ese túnel por primera vez, se me grabó como un momento mágico encontrar, justo a la mitad del recorrido, en un recoveco trabajado en la misma roca, una capilla con una imagen religiosa y varias velas encendidas. Produjo en mí una sensación de alivio, en medio de aquella negrura que no lograban vencer las luces del vehículo. A ese instante me remitió observar la imagen de unos hermanos cuidando a los otros, que por sí misma expresa la palabra solidaridad. 

A la vuelta del tiempo, en nuestro  sistema capitalista han predominado el individualismo y la competencia, para crear una pirámide en la que todos estamos incluidos. Dentro de dicho sistema, unos cuantos tienen más, y progresivamente hacia abajo, son más amplias las capas de quienes tienen menos, hasta llegar a la base, en la que se encuentran los más pobres. Es doloroso ver estas diferencias, mas ello no nos autoriza a generalizar y suponer que los beneficios que tienen los de la punta de la pirámide, los obtuvieron a costa de perjudicar a los que se hallan en la base.
31 Mayo 2020 04:00:00
Del yo al nosotros
Estamos aún en la pandemia. A la vuelta de diez semanas nos hemos acostumbrado a la compañía del virus; venimos haciendo lo que nos corresponda hacer, para hallar la forma de seguir adelante con nuestra vida diaria, evitando ser contagiados.

Cada vivencia obsequia una lección, así se trate de lo más terrible que enfrentemos. El Covid-19 va dejando enormes enseñanzas de convivencia; nunca seremos los que éramos a principios
del 2020, cuando todo esto comenzó. En un foro de jóvenes escuché a uno de ellos decir que hemos aprendido a ser mejores personas.

Quiero creerlo así, a modo de un cambio permanente, el germen de una nueva realidad. Excelente oportunidad para analizar en qué momento torcimos el camino como sociedad.

Dónde comenzamos a pensar de manera exclusiva en el “mí” desechando el “nosotros”, a un punto tal, que llegamos a ser capaces de acciones que decenios atrás no hubiéramos imaginado.

En lo personal fue momento de retomar la lectura de “El laberinto de la Soledad” del gran Octavio Paz, para remontarme a los orígenes de nuestra personalidad como mexicanos. Si el ilustre
Nobel de Literatura viviera en estos tiempos, ya estaría escribiendo una nueva edición que incluyera los cambios que ha generado el actual milenio en nuestra quintaesencia, del mismo
modo como hizo el escritor en las reediciones de su obra, que vio la luz primera en 1950.

Los mexicanos deseamos una cultura de paz. Que las manifestaciones de empatía que se han hecho presentes desde inicios de la contingencia, se multipliquen y florezcan. Que esos aplausos al personal sanitario y los apoyos en especie que se les hacen llegar hasta los hospitales, continúen transmitiendo ese “gracias por cuidarme”.

Por desgracia, en paralelo a esas grandes manifestaciones, están las provocadas por la ignorancia y un rencor intrínseco que cargamos.

En nuestra propia constitución como mexicanos, hay una proporción de enojo, que en ocasiones explota dentro y hace erupción. No nos detenemos, como deberíamos, a analizar el origen de tal emoción que, en el contexto de la contingencia, ha llevado a atacar a quienes están ahí para cuidar a los enfermos, que bien podrían ser el día de mañana nuestros familiares o nosotros mismos.

Dentro de la filosofía se habla de “individualismo” como la tendencia a actuar con independencia del sentir de los demás, o sin sujetarse a las normas generales (RAE).

Lo que pudiera representar unaventaja en lo relativo a la autenticidad, llega a ser un gran inconveniente a la hora de actuar como grupo. Me atrevo a suponer que éste es un problema muy propio de nosotros como mexicanos: hay cierta urgencia de ver por lo propio, antes que otra cosa. Ello explica muchas actitudes que asumimos, tratando de sacar ventaja, aun cuando violemos los derechos de otros. Lo que, en el lenguaje popular de nuestro país, llamamos “ganonería” y que llevado al extremo explica en buena medida el mecanismo que mueve a la corrupción, vicio que –por desgracia— nos coloca en el mapa mundial.

Esa compulsión por sacar ventaja de un cargo, de una relación, para apropiarme de forma sistemática de recursos ajenos, sin una razón vital para hacerlo. La nueva realidad que estamos por inaugurar es una franca pendiente; más vale que nos mentalicemos desde ahora. Enfrentaremos muchas adversidades en los planos de salud, economía y seguridad, amén de los rezagos históricos en diversos rubros. Se requiere una ciudadanía organizada, pero, antes que nada, informada y consciente para actuar a favor de una cultura de paz. Polarizarnos y confrontarnos, va a impedir que avancemos.

Con tales actitudes todos saldremos perdiendo, pues gastaremos tiempo, energía y creatividad en pelearnos, en lugar de ponernos de acuerdo para integrarnos, apoyarnos y fortalecernos unos a otros Buscando evitar imprecisiones, vayamos nuevamente al diccionario de la Real Academia para rescatar una palabra maravillosa, que engloba la actitud tan necesaria de hoy en adelante: “Alteridad”, definida como condición de ser otro. En pocas palabras, colocarnos en los zapatos del otro para aceptarlo como es, y en correspondencia, esperar que él me acepte a mí como soy. No quisiera utilizar la palabra “tolerancia”, que tiene cierta implicación de fastidio.

Aceptación, en cambio, es una palabra de alas abiertas, que permite echar los sueños al vuelo.

A ratos no quisiera que la contingencia acabara, y que con ello se pierdan las muestras preciosas de
solidaridad que nos han ido hermanando.

No deseo ver que la empatía que hoy vivimos quede en una anécdota aislada, nada más.

Aprovechemos la enorme oportunidad de integrarnos y renacer como nación.

Alejemos, de una buena vez, el riesgo de salir perdiendo todo por el camino de la división.
31 Mayo 2020 03:57:00
Del yo al nosotros
Estamos aún en la pandemia. A la vuelta de 10 semanas nos hemos acostumbrado a la compañía del virus; venimos haciendo lo que nos corresponda hacer, para hallar la forma de seguir adelante con nuestra vida diaria, evitando ser contagiados. El Covid-19 va dejando enormes enseñanzas de convivencia; nunca seremos los que éramos a principios del 2020, cuando todo esto comenzó.

En un foro de jóvenes escuché a uno de ellos decir que hemos aprendido a ser mejores personas. Quiero creerlo así, a modo de un cambio permanente, el germen de una nueva realidad. Excelente oportunidad para analizar en qué momento torcimos el camino como sociedad. Dónde comenzamos a pensar de manera exclusiva en el “mí” desechando el “nosotros”, a un punto tal, que llegamos a ser capaces de acciones que decenios atrás no hubiéramos imaginado.

En lo personal fue momento de retomar la lectura de El Laberinto de la Soledad del gran Octavio Paz, para remontarme a los orígenes de nuestra personalidad como mexicanos. Si el ilustre Nobel de Literatura viviera, estaría escribiendo una nueva edición que incluyera los cambios que ha generado el actual milenio en nuestra quintaesencia.

Los mexicanos deseamos una cultura de paz. Que esos aplausos al personal sanitario y los apoyos en especie que se les hacen llegar hasta los hospitales continúen transmitiendo ese “gracias por cuidarme”. Por desgracia, en paralelo a esas grandes manifestaciones, están las provocadas por la ignorancia y un rencor intrínseco que cargamos.

Dentro de la filosofía se habla de “individualismo” como la tendencia a actuar con independencia del sentir de los demás, o sin sujetarse a las normas generales (RAE).

Me atrevo a suponer que este es un problema muy propio de nosotros como mexicanos: hay cierta  urgencia de ver por lo propio, antes que otra cosa. Ello explica muchas actitudes que asumimos, tratando de sacar ventaja, aun cuando violemos los derechos de otros. Lo que, en el lenguaje popular de nuestro país, llamamos “ganonería” y que llevado al extremo explica en buena medida el mecanismo que mueve a la corrupción, vicio que –por desgracia– nos coloca en el mapa mundial. Esa compulsión por sacar ventaja de un cargo, de una relación, para apropiarme de forma sistemática de recursos ajenos, sin una razón vital para hacerlo. 

La nueva realidad que estamos por inaugurar es una franca pendiente. Enfrentaremos adversidades en los planos de salud, economía y seguridad, amén de los rezagos históricos en diversos rubros. Se requiere una ciudadanía organizada, pero, antes que nada, informada y consciente para actuar a favor de una cultura de paz. Polarizarnos y confrontarnos, va a impedir que avancemos. Con tales actitudes todos saldremos perdiendo, pues gastaremos tiempo, energía y creatividad en pelearnos, en lugar de ponernos de acuerdo para integrarnos, apoyarnos y fortalecernos.

Buscando evitar imprecisiones, vayamos nuevamente al diccionario de la Real Academia para rescatar  una palabra maravillosa, que engloba la actitud tan necesaria de hoy en adelante: “Alteridad”, definida como condición de ser otro. En pocas palabras, colocarnos en los zapatos del otro para aceptarlo como es, y en correspondencia, esperar que él me acepte a mí como soy. No quisiera utilizar la palabra “tolerancia”, que tiene cierta implicación de fastidio. Aceptación, en cambio, es una palabra de alas abiertas, que permite echar los sueños al vuelo.
24 Mayo 2020 04:00:00
Cultura y amor a la Patria
Hoy deseo abordar un tema que me inquieta: La forma como –en aras a la atención de la contingencia—se pretende dar de baja fideicomisos y apoyos relacionados con la cultura: Esta vez toca el turno de luchar a los museos y a la cinematografía. En estas iniciativas de redistribución de recursos percibo un enfoque de corto alcance, como si el arte y la cultura fueran rubros clasistas, innecesarios y totalmente prescindibles. Mentalmente me remito a tiempos del porfiriato, cuando las manifestaciones afrancesadas del presidente y su gabinete representaban un lujo que se obsequiaba, en charola de plata, a los cuerpos diplomáticos de otras naciones. 110 años después, la sicología y la pedagogía nos enseñan que el arte y la cultura no son lujos, sino elementos básicos de identidad, mismos que proporcionan seguridad, como es el caso del sentido de pertenencia, al considerarnos parte de un gremio con el cual compartimos elementos comunes.

Hoy en día, dentro de los distintos quehaceres artísticos y culturales, los colectivos manifiestan su inconformidad con respecto a los recortes o eliminación de presupuestos. Cada uno de ellos expresa la necesidad que tiene el país de contar con esos recursos para desarrollar la creatividad, y a través de ella establecer lazos y puentes con el público receptor, que de una u otra forma interactúa y enriquece las expresiones originales.

México se ha distinguido por una museografía excepcional. Colecciones contenidas dentro de edificios de gran valor histórico o arquitectónico, a través de cuyo conocimiento se exalta lo que hoy somos y destaca la forma como hemos llegado hasta donde estamos. A través de la visita a un museo logramos comprender de manera vívida aquello que nos cuentan los libros de historia. Entendemos de forma más amplia qué fue lo que sucedió; podemos percibir ambientes, colores, texturas, olores. Se acrecienta nuestro asombro frente a esos objetos elaborados en diversos materiales, que no alcanzamos a comprender cómo fueron trabajados con las herramientas de la época. En algunos museos se cuenta con apoyo audiovisual que vuelve más claro aquello que tenemos enfrente. Muchas veces dichas colecciones se hacen acompañar de frescos en las galerías del inmueble, lo que convierte la visita en una experiencia multisensorial única. En los años que tengo de vida y habiendo visitado un buen número de museos dentro del país, no recuerdo haber salido de uno solo de ellos, sin sentir que mi amor por México había crecido un poco más.

La emergencia sanitaria que vive nuestro país obliga a reestructurar marcos presupuestarios para dar prioridad a lo más urgente, eso es definitivo. Sin embargo, los ciudadanos esperamos que se orqueste un rediseño de emergencia sensato y equilibrado. Habrá renglones que bien podrán esperar mejores tiempos, o quizá hasta cancelarse, en definitiva, como es el caso del impulso a las energías no renovables, muy caras y contaminantes, frente a opciones más económicas y que no dañan al medio ambiente. Del mismo modo, iniciativas como el Tren Maya, proyecto controversial desde su origen, y que bien puede esperar en la fila de “posibles” o caer en la de “inviables”. Las prioridades son otras en este momento.

Con relación al arte y la cultura, es menester que se incluyan como rubros de primerísimo orden, para darles apoyo total. La conciencia ciudadana crecerá en la medida en que cada uno de nuestros niños y jóvenes, se sienta que forma parte de México, al cual le corresponde amar, cuidar y defender. A través de su participación en el arte y la cultura, ellos habrán de sentirse tomados en cuenta, reconocidos entre sus pares. Hay que hacer hincapié, el sentido básico de pertenencia es en gran medida satisfecho para cada chico, cuando él percibe que, eso que él tiene para aportar en beneficio de los demás, lo vuelve valioso e insustituible para el grupo. De este modo se va consolidando su autoestima. Ese mero pensamiento de saberse tomado en cuenta por los demás, constituye el germen del amor de un individuo por su patria.

La globalización nos ha despojado de buena parte de nuestra identidad nacional. Podemos conectarnos con alguien al otro lado del mundo con quien tal vez nos identificamos por compartir gustos, tendencias o necesidades. Así constituimos comunidades virtuales, que nunca podrán sustituir a la relación directa con otros humanos. Necesitamos la identidad regional y nacional como asidero, para no perdernos en la turbulencia, tantas veces anónima, de la red. El arte y la cultura representan –en buena medida—ese asidero capaz de hacer, de cada uno de nosotros para México, ese “un soldado que el cielo en cada hijo te dio”, como reza claramente nuestro himno nacional.
24 Mayo 2020 03:30:00
Cultura y amor a la patria
Hoy deseo abordar un tema que me inquieta: la forma como –en aras a la atención de la contingencia– se pretende dar de baja fideicomisos y apoyos relacionados con la cultura: Esta vez toca el turno de luchar a los museos y a la cinematografía. En estas iniciativas de redistribución de recursos percibo un enfoque de corto alcance, como si el arte y la cultura fueran rubros clasistas, innecesarios y totalmente prescindibles. Mentalmente me remito a tiempos del Porfiriato, cuando las manifestaciones afrancesadas del presidente y su gabinete representaban un lujo que se obsequiaba, en charola de plata, a los cuerpos diplomáticos de otras naciones. 110 años después, la psicología y la pedagogía nos enseñan que el arte y la cultura no son lujos, sino elementos básicos de identidad, mismos que proporcionan seguridad, como es el caso del sentido de pertenencia, al considerarnos parte de un gremio con el cual compartimos elementos comunes.  

Hoy en día, dentro de los distintos quehaceres artísticos y culturales, los colectivos manifiestan su inconformidad con respecto a los recortes o eliminación de presupuestos. Cada uno de ellos expresa la necesidad que tiene el país de contar con esos recursos para desarrollar la creatividad, y a través de ella establecer lazos y puentes con el público receptor, que de una u otra forma interactúa y enriquece las expresiones originales.

México se ha distinguido por una museografía excepcional. Colecciones contenidas dentro de edificios de gran valor histórico o arquitectónico, a través de cuyo conocimiento se exalta lo que hoy somos, y destaca la forma como hemos llegado hasta donde estamos. A través de la visita a un museo logramos comprender de manera vívida aquello que nos cuentan los libros de historia. Entendemos de forma más amplia qué fue lo que sucedió; podemos percibir ambientes, colores, texturas, olores. Se acrecienta nuestro asombro frente a esos objetos elaborados en diversos materiales, que no alcanzamos a comprender cómo fueron trabajados con las herramientas de la época. En algunos museos se cuenta con apoyo audiovisual que vuelve más claro aquello que tenemos enfrente. Muchas veces dichas colecciones se hacen acompañar de frescos en las galerías del inmueble, lo que convierte la visita en una experiencia multisensorial única. En los años que tengo de vida y habiendo visitado un buen número de museos dentro del país, no recuerdo haber salido de uno solo de ellos, sin sentir que mi amor por México había crecido un poco más.

La emergencia sanitaria que vive nuestro país obliga a reestructurar marcos presupuestarios para dar prioridad a lo más urgente, eso es definitivo. Sin embargo, los ciudadanos esperamos que se orqueste un rediseño de emergencia sensato y equilibrado. Habrá renglones que bien podrán esperar mejores tiempos, o quizá hasta cancelarse, en definitiva, como es el caso del impulso a las energías no renovables, muy caras y contaminantes, frente a opciones más económicas y que no dañan al medio ambiente. Del mismo modo, iniciativas como el Tren Maya, proyecto controversial desde su origen, y que bien puede esperar en la fila de “posibles” o caer en la de “inviables”. Las prioridades son otras en este momento.

Con relación al arte y la cultura, es menester que se incluyan como rubros de primerísimo orden, para darles apoyo total. La conciencia ciudadana crecerá en la medida en que cada uno de nuestros niños y jóvenes, se sienta que forma parte de México, al cual le corresponde amar, cuidar y defender. A través de su participación en el arte y la cultura, ellos habrán de sentirse tomados en cuenta, reconocidos entre sus pares. Hay que hacer hincapié, el sentido básico de pertenencia es en gran medida satisfecho para cada chico, cuando él percibe que, eso que él tiene para aportar en beneficio de los demás, lo vuelve valioso e insustituible para el grupo. De este modo se va consolidando su autoestima. Ese mero pensamiento de saberse tomado en cuenta por los demás, constituye el germen del amor de un individuo por su patria.

La globalización nos ha despojado de buena parte de nuestra  identidad nacional. Podemos conectarnos con alguien al otro lado del mundo con quien tal vez nos identificamos por compartir gustos, tendencias o necesidades. Así constituimos comunidades virtuales, que nunca podrán sustituir a la relación directa con otros humanos. Necesitamos la identidad regional y nacional como asidero, para no perdernos en la turbulencia, tantas veces anónima, de la red. El arte y la cultura representan –en buena medida– ese asidero capaz de hacer, de cada uno de nosotros para México, ese “un soldado que el cielo en cada hijo te dio”, como reza claramente nuestro himno nacional.
17 Mayo 2020 04:00:00
La muerte como sombra
Nunca el ser humano había estado tan consciente de su propia mortalidad. En lo que va del 2020, una pequeña hélice de ARN ha cambiado para siempre los destinos de nuestra historia. En un segundo pensamiento, habría que considerar hasta qué punto –en verdad— el individuo ha colocado en un plano consciente aquello que siempre ha estado allí, desde el momento de la concepción: La muerte como la sombra que habrá de acompañarlo hasta el último de sus días.

Me apasiona el tema de la muerte, en el contexto de una corriente de pensamiento muy occidental, que se obceca en negar su existencia. La nuestra es una cultura cargada de simbolismos en torno a la misma, que vuelven a México un país fascinante: Desde las deidades prehispánicas como Mictlantecuhtli, la Coyolxauhqui y la Coatlicue, pasando por leyendas como La Llorona. Incontables canciones, para ejemplo La Valentina de Jorge Negrete, o Canción Mixteca de Aceves Mejía. Y qué decir de la majestuosidad de la fiesta de Finados en el estado de México, en Michoacán o en Veracruz, por citar algunos. La muerte siempre ha estado presente en los grabados de José Guadalupe Posada; frescos como los de Diego Rivera, u obras literarias, entre las que se halla buena parte de la novela revolucionaria; Pedro Páramo de Juan Rulfo o las obras de jóvenes escritores actuales, del norte de la República.

Así de vigente se halla la muerte entre nosotros, y con esa misma intensidad la negamos, hasta el 2020 cuando llega una nanopartícula a desbaratar de fea manera nuestro escenario. La muerte ronda servicios de urgencia, unidades de Terapia Intensiva, funerarias. Se carcajea de nuestra ingenuidad en medio de reuniones familiares numerosas o de bailes al ritmo de la banda norteña. No tiene empacho en lacerar familias en lo más profundo y para siempre.

¿Qué palabras podría yo decir para animar los contritos ánimos de todos nosotros, ante un panorama de tal naturaleza? Lo primero sería que, aunque haya sido de una forma muy abrupta, finalmente la vida se ha encargado de que encaremos un hecho tan real como implícito en nuestra propia naturaleza: Todos vamos a morir. Imposible saber en qué momento, así que sería bueno estar preparados siempre, que no nos sorprenda el evento con un cúmulo de asignaturas pendientes que fuimos dejando, con absoluta procrastinación, para más delante. Desde lo más sencillo hasta lo que requiere mayor organización.

Sea pues, el principal beneficio de esta pandemia conectar nuestra esfera consciente con una realidad propia de todos los seres vivos. Ya cada humano, de acuerdo con sus personales creencias, se afiliará a la ruta de pensamiento que más le convenza, y de este modo encauzará su vida actual hacia ese futuro que alcanza a avizorar.

Con toda seguridad, si nos convenciéramos de que la muerte nos persigue como nuestra propia sombra, actuaríamos de una mejor manera. Aprovecharíamos cada momento de la vida a sabiendas de que puede ser el último. Propiciaríamos una mayor armonía con quienes nos rodean, en un esfuerzo por construir un mejor mundo para todos. No dejaríamos para un mañana incierto la reconciliación y el perdón; nadie nos asegura que ese tiempo que visualizamos como futuro, pueda alcanzarse. Si entendiéramos que tal vez hoy sea nuestro último día, nos esforzaríamos por poner las cosas en orden; los sentimientos en orden; nuestra vida completa en orden. Desecharíamos aquello que no está funcionando y procuraríamos alcanzar lo que sabemos que nos beneficia, así cueste trabajo lograrlo. Valoraríamos de una vez por todas a nuestros seres queridos; reconoceríamos sus cualidades y buscaríamos la forma de resolver los conflictos que nos distancian de ellos.

Cuando caminamos de cara al sol, nuestra sombra nos sigue fielmente a donde vayamos; es parte de nosotros mismos. No sea pues, motivo de paralización en nuestro andar, sino cuña para el aprendizaje de una vida mejor.

En lo personal me organizo de manera ideal mediante la palabra escrita. Desde la lista de pagos mensuales, hasta el supermercado, al tener frente a mis ojos las cosas, mi mente revisa y complementa lo que haya que hacer. Así de este modo me funciona para otro tipo de tareas de mayor envergadura, entre las que podría incluir las pendientes a cumplir antes de morir. Son numerosas y de diversa jerarquía, de manera que comienzo a colocarlas de acuerdo con su importancia y factibilidad. Pido al cielo que me conceda la oportunidad de terminar de resolver, al menos las más urgentes, antes de partir.

Buena ocasión nos provee la pandemia para una revisión particular de nuestra persona, de propósitos y pendientes. Cual sombra irá la muerte siguiendo nuestros pasos. Excelente acicate para empeñarnos en no aflojar la marcha.
17 Mayo 2020 03:20:00
La muerte como sombra
Nunca el ser humano había estado tan consciente de su propia mortalidad. En lo que va del 2020, una pequeña hélice de ARN ha cambiado para siempre los destinos de nuestra historia. En un segundo pensamiento, habría que considerar hasta qué punto –en verdad– el individuo ha colocado en un plano consciente aquello que siempre ha estado allí, desde el momento de la concepción: la muerte como la sombra que habrá de acompañarlo hasta el último de sus días.

Me apasiona el tema de la muerte, en el contexto de una corriente de pensamiento muy occidental, que se obceca en negar su existencia. La nuestra es una cultura cargada de simbolismos en torno a la misma, que vuelven a México un país fascinante: desde las deidades prehispánicas como Mictlantecuhtli, la Coyolxauhqui y la Coatlicue, pasando por leyendas como La Llorona. Incontables canciones, para ejemplo La Valentina de Jorge Negrete, o Canción Mixteca de Aceves Mejía. Y qué decir de la majestuosidad de la fiesta de Finados en el Estado de México, en Michoacán o en Veracruz, por citar algunos. La muerte siempre ha estado presente en los grabados de José Guadalupe Posada; frescos como los de Diego Rivera, u obras literarias, entre las que se halla buena parte de la novela revolucionaria; Pedro Páramo de Juan Rulfo o las obras de jóvenes escritores actuales, del norte de la República.

Así de vigente se halla la muerte entre nosotros, y con esa misma intensidad la negamos, hasta el 2020 cuando llega una nanopartícula a desbaratar de fea manera nuestro escenario. La muerte ronda servicios de urgencia, unidades de terapia intensiva, funerarias. Se carcajea de nuestra ingenuidad en medio de reuniones familiares numerosas o de bailes al ritmo de la banda norteña. No tiene empacho en lacerar familias en lo más profundo y para siempre.

¿Qué palabras podría yo decir para animar los contritos ánimos de todos nosotros, ante un panorama de tal naturaleza? Lo primero sería que, aunque haya sido de una forma muy abrupta, finalmente la vida se ha encargado de que encaremos un hecho tan real como implícito en nuestra propia naturaleza: Todos vamos a morir. Imposible saber en qué momento, así que sería bueno estar preparados siempre, que no nos sorprenda el evento con un cúmulo de asignaturas pendientes que fuimos dejando, con absoluta procrastinación, para más delante. Desde lo más sencillo hasta lo que requiere mayor organización.

Sea pues, el principal beneficio de esta pandemia conectar nuestra esfera consciente con una realidad propia de todos los seres vivos. Ya cada humano, de acuerdo con sus personales creencias, se afiliará a la ruta de pensamiento que más le convenza, y de este modo encauzará su vida actual hacia ese futuro que alcanza a avizorar. Con toda seguridad, si nos convenciéramos de que la muerte nos persigue como nuestra propia sombra, actuaríamos de una mejor manera. Aprovecharíamos cada momento de la vida, a sabiendas de que puede ser el último. Propiciaríamos una mayor armonía con quienes nos rodean, en un esfuerzo por construir un mejor mundo para todos. No dejaríamos para un mañana incierto la reconciliación y el perdón; nadie nos asegura que ese tiempo que visualizamos como futuro, pueda alcanzarse.

Si entendiéramos que tal vez hoy sea nuestro último día, nos esforzaríamos por poner las cosas en orden; los sentimientos en orden; nuestra vida completa en orden. Desecharíamos aquello que no está funcionando y procuraríamos alcanzar lo que sabemos que nos beneficia, así cueste trabajo lograrlo. Valoraríamos de una vez por todas a nuestros seres queridos; reconoceríamos sus cualidades y buscaríamos la forma de resolver los conflictos que nos distancian de ellos.

Cuando caminamos de cara al sol, nuestra sombra nos sigue fielmente a donde vayamos; es parte de nosotros mismos. No sea pues, motivo de paralización en nuestro andar, sino cuña para el aprendizaje de una vida mejor.

En lo personal me organizo de manera ideal mediante la palabra escrita. Desde la lista de pagos mensuales, hasta el supermercado, al tener frente a mis ojos las cosas, mi mente revisa y complementa lo que haya que hacer. Así de este modo me funciona para otro tipo de tareas de mayor envergadura, entre las que podría incluir las pendientes a cumplir antes de morir. Son numerosas y de diversa jerarquía, de manera que comienzo a colocarlas de acuerdo con su importancia y factibilidad. Pido al cielo que me conceda la oportunidad de terminar de resolver, al menos las más urgentes, antes de partir.

Buena ocasión nos provee la pandemia para una revisión particular de nuestra persona, de propósitos y pendientes. Cual sombra irá la muerte siguiendo nuestros pasos. Excelente acicate para empeñarnos en no aflojar la marcha.
10 Mayo 2020 04:00:00
Saldo a favor
En esta fecha tan representativa habrá grandes textos prosísticos, que hablen de la figura de la madre, tan necesaria en estos momentos de crisis y dolor. Hay madres que enferman o que mueren; hay las que sufren por la enfermedad de sus hijos; las que trabajan por cuidar nuestra salud, y que tantas veces son vapuleadas. Hay madres que oran; otras más cuyas manos alivian muchas necesidades: las que colectan, preparan y reparten material y equipo, o alimentos. Hay madres que consuelan, y están las propias, que vienen a susurrarnos al oído que todo es parte de un renacimiento, y que pronto volverá la paz…

No es por coincidencia, sino más bien por “diosidencia”, que esta mañana me llegó un video intitulado “Actitud”. Presenta un muñequito que va caminando y en su andar comienza a enfrentar hoyos cada vez mayores, a los que va encontrando el modo de sortear. Brinca con el impulso necesario para enfrentar cada nuevo problema, hasta que, en la parte final, un hoyo inicial se va prolongando hasta convertirse en una zanja cada vez más larga, en la que el muñequito termina cayendo, a pesar de sus esfuerzos por evitarlo. No todo está perdido: emerge feliz, impelido por un par de alas que la necesidad le llevó a crear.

De este modo vamos enfrentando la vida todos los seres humanos. No hay una sola persona que no encare problemas, desde el asunto más ordinario hasta el más complejo. Todos y cada uno, en el día a día, tenemos necesidad de tomar decisiones, desde qué vamos a desayunar hasta si invertimos nuestro capital en un negocio o no. Qué hacemos primero y qué después. Son decisiones tan cotidianas, que no nos percatamos de que cada una de ellas implica el proceso mental de enfrentar dos o más opciones, calcular riesgo-beneficio, y finalmente decidir. Toda nueva experiencia nos provee de elementos para futuras decisiones; si el resultado fue exitoso la archivamos dentro de las estrategias útiles. Si fracasamos, habrá que analizar qué factores propiciaron dicho resultado. En esta vida, como en un concierto, el corazón es la partitura, la razón es la batuta.

En los momentos que enfrentamos, quisiera ser una especie de chef gourmet, para mezclar elementos que ni en sueños imaginaríamos combinados, para obtener un producto novedoso y único, pero apetitoso. Así –con seguridad—se habrán descubierto muchos platillos de cocina internacional. Vivimos una situación inédita, enfrentamos una condición sanitaria jamás vista por quienes integramos la actual generación, salvo algún sobreviviente centenario que, de existir en 1918, habrá sido un niño pequeño. No nos perdamos, volvamos a la situación inédita que nos ha mantenido, a la gran mayoría de nosotros, encerrados entre cuatro paredes reinventando el mundo. En lo personal ha sido una oportunidad única para observar a la humanidad, tratando de imaginar cómo será ésta una vez que se termine el encierro y volvamos a la vida habitual. Quiero entender que dentro de cada uno se habrán gestado cambios que –venturosamente—, logren perpetuarse una vez pasada la emergencia. La parte nihilista de mí me dice: “olvídate, a la vuelta de semanas o meses retomaremos viejos patrones de comportamiento, actuando como si nada hubiera sucedido”. Pido a Dios que no sea así, por el bien del planeta y sus habitantes.

Justo aquí es donde, tras tantas vueltas, llego a la figura de la madre. Ella es la que tiene entre sus manos la rueca que va capturando las fibras de materia prima, primero para hilarla y teñirla, y más delante para producir con ella una obra única en la historia. Afuera de su círculo inmediato el mundo gira, las cosas suceden, los hombres piensan y deciden. Aquí, dentro de las cuatro paredes del hogar, palpita el corazón del mundo.

A partir de la industrialización y las dos grandes guerras del siglo pasado, la mujer hubo de alejarse de sus labores del hogar para introducirse al mercado laboral. En un principio lo hizo como un deber patrio, posteriormente por la necesidad de autoafirmación; en la actualidad, en países como el nuestro, para completar el ingreso del hogar. El temible coronavirus ha concedido, a una proporción de esas mujeres, la oportunidad de quedarse en casa y saldar parte de tal deuda histórica. Una deuda que –es lamentable-- ha condicionado parte de la indiferencia y desamor a la patria, que se deja ver en muchos de nosotros. La falta de respeto a la ley; a las instituciones; al patrimonio nacional; a otros seres humanos, evidencian que en esos corazones --cuando niños--, no hubo la dosis necesaria de calidez para desarrollar en ellos la sensibilidad, la empatía y la misericordia.

Sea éste un Día de la Madre distinto, generador de conductas sanadoras. Sea éste el saldo a favor que nos deja la pandemia.
10 Mayo 2020 03:19:00
Saldo a favor
En esta fecha tan representativa habrá grandes textos prosísticos, que hablen de la figura de la madre, tan necesaria en estos momentos de crisis y dolor. Hay madres que enferman o que mueren; hay las que sufren por la enfermedad de sus hijos; las que trabajan por cuidar nuestra salud, y que tantas veces son vapuleadas. Hay madres que oran; otras más cuyas manos alivian muchas necesidades: las que colectan, preparan y reparten material y equipo, o alimentos. Hay madres que consuelan, y están las propias, que vienen a susurrarnos al oído que todo es parte de un renacimiento, y que pronto volverá la paz…

No es por coincidencia, sino más bien por “diosidencia”, que esta mañana me llegó un video intitulado Actitud. Presenta un muñequito que va caminando y en su andar comienza a enfrentar hoyos cada vez mayores, a los que va encontrando el modo de sortear. Brinca con el impulso necesario para enfrentar cada nuevo problema, hasta que, en la parte final, un hoyo inicial se va prolongando hasta convertirse en una zanja cada vez más larga, en la que el muñequito termina cayendo, a pesar de sus esfuerzos por evitarlo. No todo está perdido: emerge feliz, impelido por un par de alas que la necesidad le llevó a crear.

De este modo vamos enfrentando la vida todos los seres humanos.

No hay una sola persona que no encare problemas, desde el asunto más ordinario hasta el más complejo. Todos y cada uno, en el día a día, tenemos necesidad de tomar decisiones, desde qué vamos a desayunar hasta si invertimos nuestro capital en un negocio o no. Qué hacemos primero y qué después. 

Son decisiones tan cotidianas, que no nos percatamos de que cada una de ellas implica el proceso mental de enfrentar dos o más opciones, calcular riesgo-beneficio, y finalmente decidir.

Toda nueva experiencia nos provee de elementos para futuras decisiones; si el resultado fue exitoso la archivamos dentro de las estrategias útiles. Si fracasamos, habrá que analizar qué factores propiciaron dicho resultado. En esta vida, como en un concierto, el corazón es la partitura, la razón es la batuta.

En los momentos que enfrentamos, quisiera ser una especie de chef gourmet, para mezclar elementos que ni en sueños imaginaríamos combinados, para obtener un producto novedoso y único, pero apetitoso.

Así –con seguridad– se habrán descubierto muchos platillos de cocina internacional. Vivimos una situación inédita, enfrentamos una condición sanitaria jamás vista por quienes integramos la actual generación, salvo algún sobreviviente centenario que, de existir en 1918, habrá sido un niño pequeño.  No nos perdamos, volvamos a la situación inédita que nos ha mantenido, a la gran mayoría de nosotros, encerrados entre cuatro paredes reinventando el mundo.

En lo personal ha sido una oportunidad única para observar a la humanidad, tratando de imaginar cómo será esta una vez que se termine el encierro y volvamos a la vida habitual.

Quiero entender que dentro de cada uno se habrán gestado cambios que –venturosamente–, logren perpetuarse una vez pasada la emergencia. La parte nihilista de mí me dice: “olvídate, a la vuelta de semanas o meses retomaremos viejos patrones de comportamiento, actuando como si nada hubiera sucedido”. Pido a Dios que no sea así, por el bien del planeta y sus habitantes.

Justo aquí es donde, tras tantas vueltas, llego a la figura de la madre. Ella es la que tiene entre sus manos la rueca que va capturando las fibras de materia prima, primero para hilarla y teñirla, y más delante para producir con ella una obra única en la historia. Afuera de su círculo inmediato el mundo gira, las cosas suceden, los hombres piensan y deciden. Aquí, dentro de las cuatro paredes del hogar, palpita el corazón del mundo.

A partir de la industrialización y las dos grandes guerras del siglo pasado, la mujer hubo de alejarse de sus labores del hogar para introducirse al mercado laboral.

En un principio lo hizo como un deber patrio, posteriormente por la necesidad de autoafirmación; en la actualidad, en países como el nuestro, para completar el ingreso del hogar.

El temible coronavirus ha concedido, a una proporción de esas mujeres, la oportunidad de quedarse en casa y saldar parte de  tal deuda histórica.

Una deuda que –es lamentable– ha condicionado  parte de la indiferencia y desamor a la patria, que se deja ver en muchos de nosotros.

La falta de respeto a la ley; a las instituciones; al patrimonio nacional; a otros seres humanos, evidencian que en esos corazones –cuando niños–, no hubo la dosis necesaria de calidez para desarrollar en ellos la sensibilidad, la empatía y la misericordia.

Sea este un Día de la Madre distinto, generador de conductas sanadoras. Sea este el saldo a favor que nos deja la pandemia.
03 Mayo 2020 04:00:00
Seamos esas memorias
Sería poco realista considerar que en la vida existan situaciones totalmente negativas, en las que no hay un solo hecho alentador. Igual de imposibles los escenarios perfectos, telenoveleros, donde no parece existir una sola falla. En el plano real, la vida se desarrolla en tonos grises, en ocasiones más, en ocasiones menos, pero grises al fin. A toda situación difícil podremos encontrarle el punto alentador que nos permita seguir adelante.

Estas semanas de reclusión han sido un experimento social del cual se escribirán, con toda certeza, grandes tratados. Colocar en una misma área física un grupo de seres humanos, habitualmente relacionados por sangre, y ponerlos a convivir 24/7. Ello en el supuesto de que acaten el distanciamiento social conforme a lo indicado y se aíslen. Increíble reconocerlo, pero yo como madre he descubierto facetas de mi familia que no había identificado con anterioridad, o que simplemente no había analizado de manera detenida.

Divertido hablar de los abuelos, de esas historias que no se exploraron a profundidad y que, en esta etapa de mi vida, tal vez no tenga ya con quien consultar. Me descubro entonces con la doble responsabilidad de conservar la historia familiar, además de reinventarla, para cubrir esos huecos; improvisación de emergencia que nadie podrá señalarme. Es algo así como los tratados de historia que aprendimos en la primaria, centrados en determinados hechos prodigiosos, sacando de escena algunos inconvenientes, y encauzando personajes y gestas por el camino que, según la SEP y -en mi caso- la Iglesia católica, marcaban.

En estos tiempos priva lo inmediato, lo veloz, el vistazo sobre un contenido que a los 30 segundos hemos olvidado. La memoria pasa a ser pieza de museo, si tengo en la punta de los dedos una versión enciclopédica que todo me resuelve al instante. Cambian muchos paradigmas, pero hay valores fundamentales que sería catastrófico borrar. Valores que elevan y conectan a los seres humanos, como la honestidad, la lealtad, el respeto y el reconocimiento.

Sucede entonces, que cuando empezamos a hablar de dónde llegó el tatarabuelo, y qué lo transportó a estas tierras, nos sorprendemos trayendo a la memoria anécdotas e historias familiares, que alguna vez escuchamos en casa de los mayores. Relatos que dan cuenta de sus principios y capacidades. Surgen las preguntas de los más jóvenes; se activan los archivos mentales, en la tarea de establecer conexiones de un elemento con otros; de un tiempo muy remoto con otro más reciente; de algún objeto que viene a nuestra esfera de percepción y que nos hace preguntarnos dónde pudo haber quedado aquella fotografía en sepia. Todo ello provee de identidad y apego.

El tiempo es el mejor juez. Lo que ahora se percibe como una limitación de espacio y actividades, tal vez a la larga sea recordado como etapa de reconocimiento y feliz ensamblaje. La convivencia intensiva nos da la oportunidad de abordar los valores humanos; tanto a través de historias, como en nuestro trato mutuo. Aprender a aceptarnos unos a otros, cada uno con sus características propias, en un espacio del cual no es sencillo escapar físicamente.

La libertad es un ave con las alas extendidas, capaz de llevarnos a sitios que jamás hubiéramos imaginado. Todo es cuestión de permitirle que despliegue su fuselaje y emprenda el vuelo. Condiciones políticas, económicas, o -como en este caso- sanitarias, no han de impedir que nuestra libertad vuele tan alto como lo desee. Cuando enfrentamos una enfermedad física, el dolor nos detiene por un instante, mientras recorre nuestro cuerpo. En cambio, el temor nos paraliza. Tal vez se trate de un temor racional frente a una situación potencialmente peligrosa. Tal vez sea tan sólo la idea del temor, un escenario imaginado que bien puede jamás acontecer. En uno y otro caso, el temor nos atrapa, nos condena a la inmovilidad. Nos posee.

Hoy en día, nuestro mundo está muy necesitado de misericordia. Urgente que cada uno de nosotros lleve a cabo el ejercicio mental de colocarse en los zapatos del otro, con tanta vehemencia, hasta convencerse de que, si estuviera en esos zapatos, estaría haciendo lo mismo. En esta crisis las emociones tiemblan, se fragmentan, y en no pocas ocasiones caen hechas pedazos. Quienes más lo padecen son aquellos que, por razón de su actividad, no pueden quedarse en casa. Hablo en particular del personal de salud. Más que necesario resulta entonces, desarrollar en nuestra práctica cotidiana familiar, actitudes de empatía y solidaridad.

Como sugiere Elena Garro: Aquí y ahora, desde el confinamiento, seamos las memorias venturosas que de nosotros tengan nuestros nietos.
03 Mayo 2020 03:05:00
Las Campanas Doblan
Quienes el día de hoy estamos con vida, hemos ido discurriendo como agua a través del tiempo, a ratos sin poder precisar cuándo comienza o termina el día. Los que acostumbramos a echar mano de la fantasía para inundar de magia los espacios, a ratos nos sentimos como aquellos niños que, dentro de casa, navegaban sobre chorros de luz dorada y fresca.

En ese cuento, que ahora hallo profético, García Márquez nos ha regalado un trozo de resiliencia, como un pan recién horneado, que se degustará bocado a bocado, en la historia sin tiempo de nuestro propio encierro. Ello nos salva de morir exhaustos en medio de un desierto que, por más que caminemos, sigue luciendo inacabable a norte, a sur, a oriente y a occidente. Es la bendita cualidad que tienen las historias: nos permiten habitar en los espacios mágicos que cada una de ellas crea para nosotros, lectores.

Por cierto, determinada historia provee para cada lector un relato distinto; incluso, para el mismo lector, en diversos momentos, ofrece una lectura diferente. Leer es visitar el hogar de amigos muy queridos, a los que procuramos porque nos agradan. Es conversar con ellos y a través de esos diálogos, restaurarnos.

Para muchos el encierro ha sido desesperante, o quizá hasta deprimente. Al conocer uno de tales casos, recordé el poema de Donne Las Campanas Doblan por Ti, en cuyo título se inspiró Hemingway para bautizar su famosa novela Por Quién Doblan las Campanas, publicada en 1940. Esta obra habla del conflicto interno que padecía España durante la Guerra Civil, algo así como un preludio a lo que derivaría en la Segunda Guerra Mundial.

No pretendo hablar de la obra de Hemingway, sino del poema de Donne, el cual nos llama a darnos cuenta de una realidad: los seres humanos estamos unidos, independientemente de nuestra geografía. Constituimos un mismo ser total, de modo que lo que sucede a uno de nosotros, repercute en el resto. De momento nos remite al “efecto mariposa” descrito por Lorenz, el cual postula que, en un espacio cerrado como el universo, la vibración de un cuerpo genera ondas que repercuten finalmente en algún otro punto del mismo universo. Se cumpliría entonces la última parte del poema de Donne: “…nunca preguntes por quién doblan las campanas, doblan por ti”.

Es una dolorosa realidad que, a estas alturas del partido, haya quienes no han comprendido, o no han querido comprender la magnitud del problema sanitario que tenemos encima. Con la variedad de contenidos que hay en la red, hacen suya una “verdad” que les acomode, y se aferran a ella para racionalizar su conducta. Tenemos ejemplos de youtuberos que dieron positivo para Covid que contravienen las indicaciones médicas y asisten a sitios públicos, poniendo en riesgo a los demás. Hay quienes se aferran a la idea de que la pandemia es un mero ardid publicitario, una especie de montaje, con fines políticos o económicos. Hay también quienes, como adolescentes, desafían toda norma y convocan a eventos sociales, poniendo en riesgo a su persona y a su familia. Y –lo digo con conocimiento de causa– personas así de irresponsables, son las que más delante, cuando acuden al hospital con el familiar enfermo, exigen atención entre exabruptos, y atribuyen al personal de Salud las malas condiciones en que se llega el paciente. Así trabaja la culpa, proyectándose hacia los demás, porque dentro quema.

Todos estamos conectados con el resto de la humanidad, y lo que yo haga o deje de hacer, tiene efecto más allá de mi propia persona. Durante la semana fui testigo de cómo las necesidades específicas de un grupo de médicos residentes en determinado hospital han venido siendo subsanadas por apoyos individuales y grupales, económicos y en especie, de personas sensibles que decidieron contribuir a la causa con generosidad y trabajo. Un fenómeno muy común en redes, cuando se da a conocer una necesidad, es que comiencen a fluir buenos deseos, lindos emojis y los “porfis ayuuuden”, expresiones estériles que a nada conducen.

Otra cosa es definitivamente poner músculo a esos propósitos, moverse, buscar, conseguir y resolver con hechos esa necesidad. Fue maravilloso atestiguar, desde primera fila, cómo en cuestión de 12 horas, no más, se fueron enlazando voluntades, para vencer obstáculos y llegar al objetivo. Estoy segura de que se han ganado un lugar en el cielo.

Doblan las campanas, lo hacen en todo el mundo, a lo lejos, tal vez más cerca, no dejan de doblar. Nos llaman a reflexionar, a contar nuestras bendiciones, a ser parte de ese amor vivo que venimos descubriendo.

26 Abril 2020 04:00:00
Las campanas doblan
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad John Donne.

Quienes el día de hoy estamos con vida, hemos ido discurriendo como agua a través del tiempo, a ratos sin poder precisar cuándo comienza o termina el día.

Los que acostumbramos a echar mano de la fantasía para inundar de magia los espacios, a ratos nos sentimos como aquellos niños que, dentro de casa, navegaban sobre chorros de luz dorada y fresca. En ese cuento, que ahora hallo profético, García Márquez nos ha regalado un trozo de resiliencia, como un pan recién horneado, que se degustará bocado a bocado, en la historia sin tiempo de nuestro propio encierro. Ello nos salva de morir exhaustos en medio de un desierto que, por más que caminemos, sigue luciendo inacabable a norte, a sur, a oriente y a occidente. Es la bendita cualidad que tienen las historias: Nos permiten habitar en los espacios mágicos que cada una de ellas crea para nosotros, lectores. Por cierto, determinada historia provee para cada lector un relato distinto; incluso, para el mismo lector, en diversos momentos, ofrece una lectura diferente. Leer es visitar el hogar de amigos muy queridos, a los que procuramos porque nos agradan. Es conversar con ellos y a través de esos diálogos, restaurarnos.

Para muchos el encierro ha sido desesperante, o quizá hasta deprimente. Al conocer uno de tales casos, recordé el poema de Donne “Las campanas doblan por ti”, en cuyo título se inspiró Hemingway para bautizar su famosa novela “Por quién doblan las campanas”, publicada en 1940. Esta obra habla del conflicto interno que padecía España durante la Guerra Civil, algo así como un preludio a lo que unos meses después derivaría en la Segunda Guerra Mundial.

No pretendo hablar de la obra de Hemingway, sino del poema de Donne, el cual nos llama a darnos cuenta de una realidad: Los seres humanos estamos unidos, independientemente de nuestra geografía. Constituimos un mismo ser total, de modo que lo que sucede a uno de nosotros, repercute en el resto. De momento nos remite al “efecto mariposa” descrito por Lorenz, el cual postula que, en un espacio cerrado como el universo, la vibración de un cuerpo genera ondas que repercuten finalmente en algún otro punto del mismo universo. Se cumpliría entonces, la última parte del poema de Donne: “…nunca preguntes por quién doblan las campanas, doblan por ti”.

Es una dolorosa realidad que, a estas alturas del partido, haya quienes no han comprendido, o no han querido comprender, la magnitud del problema sanitario que tenemos encima. Con la variedad de contenidos que hay en la red, hacen suya una “verdad” que les acomode, y se aferran a ella para racionalizar su conducta. Tenemos ejemplos de youtuberos que dieron positivo para Covid, que contravienen las indicaciones médicas y asisten a sitios públicos, poniendo en riesgo a los demás. Hay quienes se aferran a la idea de que la pandemia es un mero ardid publicitario, una especie de montaje, con fines políticos o económicos. Hay también quienes, como adolescentes, desafían toda norma y convocan a eventos sociales, poniendo en riesgo -cada uno- a su persona y a su familia. Y -lo digo con conocimiento de causa- personas así de irresponsables, son las que más delante, cuando acuden al hospital con el familiar enfermo, exigen atención entre exabruptos, y atribuyen al personal de salud las malas condiciones en que se llega su paciente. Así trabaja la culpa, proyectándose hacia los demás, porque dentro quema.

Todos estamos conectados con el resto de la humanidad, y lo que yo haga o deje de hacer, tiene efecto más allá de mi propia persona. Durante la semana fui testigo de cómo las necesidades específicas de un grupo de médicos residentes en determinado hospital han venido siendo subsanadas por apoyos individuales y grupales, económicos y en especie, de personas sensibles que decidieron contribuir a la causa con generosidad y trabajo. Un fenómeno muy común en redes, cuando se da a conocer una necesidad, es que comiencen a fluir buenos deseos, lindos emojis y los “porfis ayuuuden”, expresiones estériles que a nada conducen. Otra cosa es definitivamente poner músculo a esos propósitos, moverse, buscar, conseguir y resolver con hechos esa necesidad. Fue maravilloso atestiguar, desde primera fila, cómo en cuestión de 12 horas, no más, se fueron enlazando voluntades, para vencer obstáculos y llegar al objetivo. Estoy segura de que cada uno de ellos ya se ha ganado un lugar en el cielo.

Doblan las campanas, lo hacen en todo el mundo, a lo lejos, tal vez más cerca, no dejan de doblar. Nos llaman a reflexionar, a revisarnos, a contar nuestras bendiciones, a ser parte de ese amor vivo que venimos descubriendo.
19 Abril 2020 04:00:00
Adopta una causa
Lo que no lograron los grandes iluminados de la historia, lo ha conseguido una micrométrica estructura llamada coronavirus. La humanidad metió freno de mano a su alocada carrera; las prioridades cambiaron en un corto período de tiempo, y todos comenzamos a vivir un estilo de vida que jamás habíamos experimentado, un encierro que aún va para largo. Vamos aprendiendo formulismos y, por supuesto –como en todas las tragedias—, hemos sacado la vena cómica para embromarnos. Lo más maravilloso, hemos puesto en práctica la generosidad.

El actual es un periodo de tiempo con invitados de diverso carácter, algunos son benévolos, otros indeseables. Nuestro espíritu se llena de buenos deseos para ordenar la casa, depurar guardarropa y terminar tareas pendientes. Destinamos un mayor tiempo a navegar en la red. Deseamos estar informados, y quisiéramos que en cualquier rato se anuncie con grandes titulares que se ha hallado la cura para la enfermedad. A ratos nos abate la desesperanza, o nos engañan los falsos milagreros. Exploramos en redes como una forma de reafirmarnos, de decir “aquí estoy”, de no sentirnos tan solos con nuestra angustia.

Hemos observado cómo, en distintas partes del mundo, la enfermedad ha rebasado la capacidad instalada de los hospitales. A la par, hemos sido testigos de casos de curación. Tal vez utilicemos las redes sociales para expresar nuestros estados de ánimo, procesar nuestro pasmo, ante el avance en el combate a la enfermedad, como yendo sobre arenas movedizas. Muy probablemente ahí nos quedamos, nos polarizamos, quizá nos violentamos contra aquellos que no coinciden con nuestra forma de pensar. Como dar golpes al saco de arena para sacar la ira. ¿Y después de eso, qué?..

Es maravilloso atestiguar cómo muchas personas con iniciativa han aprovechado la cuarentena para compartir lo que saben hacer. Hallamos en línea obras de teatro, música y literatura, o gastronomía para descargar. Hay gimnasia, yoga, sana alimentación… La lista sería interminable. Cada uno de los participantes ha asumido un papel activo para volver más ligero y productivo el encierro. Hay quienes se han puesto a elaborar mascarillas o cubrebocas para obsequiar al personal médico y paramédico, o bien, inician campañas de recolección de donativos económicos o en especie para los grupos más necesitados.

A poco más de cuatro semanas de iniciada la cuarentena, hemos entendido diversas realidades: Los humanos sí somos capaces de prescindir de elementos, que antes de la contingencia nos hubieran parecido indispensables. Aprendimos a recogernos dentro de las cuatro paredes del hogar y a conocer mejor a nuestros seres queridos, a convivir con ellos. La tolerancia ha sido un elemento crucial para sobrellevar diferencias de temperamento o de hábitos; surgen momentos de irritabilidad, junto a enormes recompensas emocionales. Lo más importante, esta ha sido una muy valiosa oportunidad de reencuentro de mí-conmigo.

De una u otra forma, todos debemos permanecer en el encierro. Aun así, hay mucho que podemos hacer desde casa por contribuir a hacer del planeta un mejor lugar, y de nuestra sociedad un espacio con más calidez. Bien puede ser ocasión de poner en práctica habilidades que siempre hemos deseado probar, pero jamás nos lo hemos permitido. Podemos capitalizar elementos que tenemos dentro de casa para convertirlos en algo que pudiera servir a terceros. Estar al pendiente de personas que viven solas, ya sea a través de una llamada, o hasta de un saludo de ventana a ventana. Compartir recetas de cocina; modos de resolver un problema; música que atrapa los sentidos. Podemos localizar o elaborar textos que inyecten entusiasmo a quien los lea.

Aunado al problema infeccioso que nos acomete, está el problema mediático, que han dado en llamar “infodemia”. Recibimos y tal vez compartimos –hasta con cierta urgencia--, contenidos de dudosa confiabilidad, que poco o nada apuestan a la paz mental. Mensajes caóticos, que llevan a la suspicacia, a sentir que nos estamos hundiendo más cada día. Se nos olvida que –por desgracia—hay mentes ocupadas en atormentar a otros, no sé si por un torvo placer o atendiendo a intereses económicos, pero están ahí para desacreditar y confundir, y a fin de cuentas generar la sensación de ser aún más vulnerables frente al virus, de lo que ya somos.

Propongo ocupar nuestro tiempo y nuestros afanes en hacer aquello que nos apasiona. Adoptar una causa hacia la cual canalizar las energías, algo que nos mueva a explorar, crear y compartir. Contagiar esa buena vibra con quien más pueda necesitarla.

La percepción del tiempo es de lo más subjetiva, éste pasa volando cuando nos hallamos ocupados.

Cada cual decide cómo vivir el encierro. ¿Tú qué eliges?
19 Abril 2020 03:10:00
Historias de mañana
Este tiempo ha sido ocasión de bajar el ritmo habitual de actividades y hacer aquello que, ordinariamente, no podemos llevar a cabo. Momento para una revisión personal y familiar que nos permitirá –Dios mediante– superar esta contingencia sanitaria enriquecidos y más humanizados.

La comunicación es una forma de catarsis; volcar al exterior nuestros estados internos, para visualizarlos con mayor lucidez, entender nuestros pasmos y salir adelante. Compartir lo propio con quienes tienen la voluntad de escucharnos, es liberar la carga de angustia que traemos dentro.

Más allá de la catarsis, viene el sentido de crear comunidad, de utilizar la palabra para generar un “nosotros” a donde guarecernos y salir fortalecidos. Apoyarnos unos a otros, cada cual desde su espacio personal, proveyendo a los demás de lo necesario. Así han surgido iniciativas maravillosas, como recaudar fondos o elaborar material y equipo para trabajadores de la salud; facilitar alimentos, transporte o alojamiento, a quienes se dedican a la atención de los enfermos. Resulta lamentable que la ignorancia y el temor, en fatal combinación, hayan propiciado ataques contra profesionales, quienes están –literalmente– dando su vida por salvarnos.

La materia prima está ahí, lista para ser trabajada: están las vivencias personales y familiares, y las propias de nuestra población. Momentos sublimes que jamás deben olvidarse. Hermosas manifestaciones de solidaridad, en las que ha campeado el amor por el ser humano, sin distingo de color, condición social o credo. Nos parte el alma enterarnos de situaciones que evidencian hasta qué nivel escala el temor, activando mecanismos de neurosis colectiva deshumanizantes. Y, todo lo contrario, llegan como bálsamo sanador acciones para rescatarnos, aliviarnos, permitirnos albergar una esperanza cada vez mayor, de que, espíritu y tecnología de la mano, conseguirán domeñar la enfermedad.

Vivimos una situación inédita. Nos hallamos en medio de una pandemia tan feroz como otras que señala la historia. Empero, esta vez tenemos a nuestro favor elementos que nos proveen de relativa comodidad para permanecer en casa; entretenernos; abastecernos de lo necesario, sin salir a la tienda. Contamos con recursos tecnológicos que facilitan estar conectados en forma permanente y enterarnos en tiempo real de lo que ocurre en otras partes del mundo. Cierto, también se corren riesgos con la hiperinformación, como caer en pánico atroz, o congestionar las redes, propiciando que sufran fallas o restricciones a causa de la sobrecarga.

Veamos las cosas de este modo: hoy, precisamente aquí, cada uno de nosotros está escribiendo las historias del mañana. Historias destinadas a contar la percepción que, en forma personal, cada cual tiene acerca de la pandemia y de las acciones que el mundo lleva a cabo para combatirla. Narraremos nuestros temores más íntimos, nuestra frustración; la forma como una partícula microscópica dio al traste con grandiosos planes y proyectos que teníamos preparados. Hoy estamos escribiendo esa historia con nuestras llamadas telefónicas, las videoconferencias; las canciones compuestas y recompuestas; los memes, los poemas; los cuentos y novelas que vayan a surgir –porque tienen que hacerlo– para salir adelante y trascender en el tiempo.

Si no lo hemos hecho antes, es momento de comenzar a organizar nuestra jornada: fijar la hora de levantarnos y de dormirnos; mantener las medidas básicas de higiene y cuidado, que no nos gane la depresión o la molicie. Elaborar un programa personal y familiar para cada día. Incluir un rato de convivencia en el cual platicar, rememorar, intercambiar opiniones. Se vale expresar nuestros temores; somos humanos, estamos asustados y a ratos paralizados. Hay que administrar ante quién lo expresamos y cómo lo hacemos; permitírnoslo ayudará a todos. Entender que hay elementos que escapan totalmente de nuestra voluntad, y que angustiarnos no hace nada por modificarlos. Asumir que en nuestra actitud radica buena parte del éxito de la jornada. Invocar a ese espíritu superior que mora dentro de nosotros, cada cual según lo conciba. Ponernos en paz con la vida y con nosotros mismos, y tal como deberíamos hacer día con día, pandemia o no, prepararnos cada mañana para morir, entendiendo que nadie conoce el justo momento en que su vida vaya a terminar.

Hoy escribimos las historias de mañana. Tenemos creatividad e inteligencia; vivencias que nos hermanan y otras que nos personalizan. Preciosa materia prima que habrá de volverse música, poesía, guiones, imágenes o texturas, colores y formas, maravillosas estructuras que desafíen al viento. Historias de nuestro tiempo que exclamarán a voz en cuello la consigna: “Vencimos”.

12 Abril 2020 04:00:00
Historias de mañana
Este tiempo ha sido ocasión de bajar el ritmo habitual de actividades y hacer aquello que, ordinariamente, no podemos llevar a cabo. Momento para una revisión personal y familiar que nos permitirá –Dios mediante—superar esta contingencia sanitaria enriquecidos y más humanizados.

La comunicación es una forma de catarsis; volcar al exterior nuestros estados internos, para visualizarlos con mayor lucidez, entender nuestros pasmos y salir adelante. Compartir lo propio con quienes tienen la voluntad de escucharnos, es liberar la carga de angustia que traemos dentro.

Más allá de la catarsis, viene el sentido de crear comunidad, de utilizar la palabra para generar un “nosotros” a donde guarecernos y salir fortalecidos. Apoyarnos unos a otros, cada cual desde su espacio personal, proveyendo a los demás de lo necesario. Así han surgido iniciativas maravillosas, como recaudar fondos o elaborar material y equipo para trabajadores de la salud; facilitar alimentos, transporte o alojamiento, a quienes se dedican a la atención de los enfermos. Resulta lamentable que la ignorancia y el temor, en fatal combinación, hayan propiciado ataques contra profesionales quienes están -literalmente- dando su vida por salvarnos.

La materia prima está ahí, lista para ser trabajada: Están las vivencias personales y familiares, y las propias de nuestra población. Momentos sublimes que jamás deben olvidarse. Hermosas manifestaciones de solidaridad, en las que ha campeado el amor por el ser humano, sin distingo de color, condición social o credo. Nos parte el alma enterarnos de situaciones que evidencian hasta qué nivel escala el temor, activando mecanismos de neurosis colectiva deshumanizantes. Y, todo lo contrario, llegan como bálsamo sanador acciones para rescatarnos, aliviarnos, permitirnos albergar una esperanza cada vez mayor, de que, espíritu y tecnología de la mano, conseguirán domeñar la enfermedad.

Vivimos una situación inédita. Nos hallamos en medio de una pandemia tan feroz como otras que señala la historia. Empero, esta vez tenemos a nuestro favor elementos que nos proveen de relativa comodidad para permanecer en casa; entretenernos; abastecernos de lo necesario, sin salir a la tienda. Contamos con recursos tecnológicos que facilitan estar conectados en forma permanente y enterarnos en tiempo real de lo que ocurre en otras partes del mundo. Cierto, también se corren riesgos con la hiperinformación, como caer en pánico atroz, o congestionar las redes, propiciando que sufran fallas o restricciones a causa de la sobrecarga.

Veamos las cosas de este modo: Hoy, precisamente aquí, cada uno de nosotros está escribiendo las historias del mañana. Historias destinadas a contar la percepción que, en forma personal, cada cual tiene acerca de la pandemia y de las acciones que el mundo lleva a cabo para combatirla. Narraremos nuestros temores más íntimos, nuestra frustración; la forma como una partícula microscópica dio al traste con grandiosos planes y proyectos que teníamos preparados. Hoy estamos escribiendo esa historia con nuestras llamadas telefónicas, las videoconferencias; las canciones compuestas y recompuestas; los memes, los poemas; los cuentos y novelas que vayan a surgir -porque tienen que hacerlo- para salir adelante y trascender en el tiempo.

Si no lo hemos hecho antes, es momento de comenzar a organizar nuestra jornada: Fijar la hora de levantarnos y de dormirnos; mantener las medidas básicas de higiene y cuidado, que no nos gane la depresión o la molicie. Elaborar un programa personal y familiar para cada día. Incluir un rato de convivencia en el cual platicar, rememorar, intercambiar opiniones. Se vale expresar nuestros temores; somos humanos, estamos asustados y a ratos paralizados. Hay que administrar ante quién lo expresamos y cómo lo hacemos; permitírnoslo ayudará a todos. Entender que hay elementos que escapan totalmente de nuestra voluntad, y que angustiarnos no hace nada por modificarlos. Asumir que en nuestra actitud radica buena parte del éxito de la jornada. Invocar a ese espíritu superior que mora dentro de nosotros, cada cual según lo conciba. Ponernos en paz con la vida y con nosotros mismos, y tal como deberíamos hacer día con día, pandemia o no, prepararnos cada mañana para morir, entendiendo que nadie conoce el justo momento en que su vida vaya a terminar.

Hoy escribimos las historias de mañana. Tenemos creatividad e inteligencia; vivencias que nos hermanan y otras que nos personalizan. Preciosa materia prima que habrá de volverse música; poesía; guiones; imágenes o texturas; colores y formas; maravillosas estructuras que desafíen al viento. Historias de nuestro tiempo que exclamarán a voz en cuello la consigna: “Vencimos”.
05 Abril 2020 04:00:00
Lo mejor de lo peor
A punto de cumplir 65 años, caigo en cuenta de que, desde que tengo uso de razón, no había percibido un alarma mundial mayor de la que se vive hoy, a causa del coronavirus. Como toda crisis, es un fenómeno que polariza opiniones y posturas, dispara lo mejor y lo peor.

Mis primeras memorias de la palabra escrita ocurrieron en la mesa del comedor de la casa paterna, a la hora del desayuno. No había aprendido a leer aún, de manera que me intrigaba ver a mi padre y a mi madre sumidos en unas hojas grandes impresas de papel revolución que me impedían contactarlos. Como hija única entonces, aquellos ratos de aburrimiento me condujeron a empezar a poner atención en el reverso de las planas que ellos leían. De ese modo descubrí que el mundo iba más allá de la puerta de la casa, o de mi familia, o de mi ciudad natal. Comencé a entender que en otros sitios lejanos ocurrían cosas distintas y en ocasiones graves. Que había iniciado una guerra en Corea; que Fidel Castro visitaría México, de modo que se repartieron muchas pegatinas con leyendas de “Este hogar es católico. Cristianismo sí, comunismo no”. Recuerdo la de la casa paterna adherida a una de las ventanas próximas a la entrada. De lo que ocurría en mi entorno cercano, quizá la única novedad sería la epidemia de poliomielitis que me llevó a entender por qué Miguelito y Lupita, compañeros de juegos de la infancia temprana, utilizaban aparatos ortopédicos.

Una vez que aprendí a leer pude elegir mis propias lecturas. Ya no dependía de la interpretación de pies de fotografía de los diarios impresos, que los mayores me obsequiaban. Ahora concluyo que mi vida estaría indefectiblemente asociada a los medios informativos. Se siguieron fenómenos mundiales como la guerra de Vietnam, la construcción del muro de Berlín, o la introducción de drogas sicotrópicas y la píldora anticonceptiva. Todo ello fue transformando al mundo, y avanzamos una decena y una más… A mediados de los años setenta, ocurre la epidemia de fiebre tifoidea en la ciudad de México, que percibí ya como estudiante de Medicina. Las vacunas fueron ganando terreno, se erradicó la viruela (conocida como “viruela negra”) en 1980, y algo similar se esperaba lograr para el sarampión en el 2015, pero ahí estamos, en el estira y afloja, gracias a los grupos antivacunas. Mientras tanto se derribó el muro de Berlín, se firmó la Perestroika, e inició la guerra de Medio Oriente.

Llegamos al siglo veintiuno con la estirpe viral SARS que nos ha puesto de cabeza en varias ocasiones. La pandemia actual, denominada Covid-19, registró su primer caso en China –de acuerdo con la OMS-- el 31 de diciembre del 2019. A partir de ese momento, y como si de ondas expansivas se tratara, la enfermedad se ha venido extendiendo por el mundo. Crecen, tanto la patología viral como la emocional que conlleva, que han denominado “infodemia”. Esta última en mucho alimentada por notas alarmistas en redes sociales.

Es una realidad que estamos ante un coronavirus más activo que ninguno de los que se tuviera memoria. Es una realidad que hay condiciones de riesgo que producen mayor daño en caso de infección. Es una realidad que se aplica la metodología del ensayo-error en distintos países, de diversas maneras, con la mejor de las intenciones, siempre teniendo como premisa “Primum non nocere” (“Antes que nada no dañar”).

Luego de esas tres realidades absolutas, comienzan a surgir otros elementos: Por una parte los supuestos, las leyendas, los intereses creados que se parapetan detrás de enunciados cual grandes verdades. Se conjuran remedios milagrosos, escudos mágicos, que flaco favor hacen al control de la enfermedad. En contraste con esos elementos perversos, aflora de manera plena la creatividad en todas sus formas. Corre la generosidad como gamo en libertad, para compartir ideas y enseñanzas en línea, propuestas de entretenimiento que sanan los ánimos, que nutren y enriquecen.

El juego de palabras con que intitulo la presente colaboración sugiere sacar lo mejor de lo peor. Nuestra mejor cara en una situación inédita, que a todos atemoriza. Una invitación a no acrecentar la incertidumbre, sino -todo lo contrario- fomentar un clima esperanzador. Cierto, lo peor es el riesgo de contagio, las dimensiones de la pandemia, el obligado encierro. Sea entonces lo mejor de nosotros activar la creatividad, el contentamiento, la armonía familiar. Mantener la comunicación con los amigos. Más allá de acrecentar la angustia que todos estamos sintiendo, vaya una propuesta a trabajar a favor de serenidad, resiliencia y paz. El escenario actual es caótico para todos, nuestro mayor demonio interno es el temor.

Actuemos a favor de un clima tranquilo y esperanzador, para superar la crisis con bien.
29 Marzo 2020 04:00:00
Espíritu
Continuamos atendiendo la cuarentena obligada para la salud. En otras emergencias sanitarias de la historia, la familia se encerraba junto con sus temores, y si acaso, de cuando en cuando, algún adulto asomaba la cabeza por absoluta necesidad. Hoy en día, aparte de la familia y sus temores, hay elementos que vuelven distinto el encierro. Fundamentalmente aquellos que tienen que ver con la tecnología.

Ante una situación que no admite alternativas, solo nos queda tener actitud. Esto es, hacer de nosotros y las circunstancias en que habitamos, un tiempo único y transformador.

Uno de los mayores problemas de quienes vivimos en el siglo 21, es que no aprendimos, o hemos olvidado, a disfrutar de la soledad. No solemos reconocer en nuestra vida algo interesante que no provenga del exterior. Platicar con nosotros mismos resultaba –hasta hace poco- ridiculez o locura. Cuando estamos solos nos sentimos perdidos, de esta manera desechamos buena parte de la vida, esperando que llegue algo o alguien capaz de volverla interesante. Con este asunto de la cuarentena, hablarnos a nosotros mismos, tal vez comienza a tener una función sanadora. Dentro de casa, o bien estamos físicamente solos como hongos, o en una convivencia obligada, que a ratos resulta fastidiosa. Nuestras alternativas son, continuar profundizando nuestro malestar, o comenzar a jugar con los elementos disponibles, para hacer algo positivo.

Hay infinidad de planes y proyectos para los que, habitualmente, nunca tenemos tiempo. Se nos va pasando la vida y llega un punto cuando volteamos hacia atrás, para descubrir que aquello que no fuimos haciendo de manera progresiva, ahora se visualiza como una tarea titánica, imposible de cumplir. La buena noticia es que, justo ahora, es el momento para hacerlo, organizar, diseñar, depurar… Poner orden a las memorias familiares, de modo que los más pequeños conozcan historias y anécdotas de sus mayores. Una de las grandes pérdidas que vivimos en este nuevo siglo, es precisamente la de la memoria familiar que refuerza la identidad. Si los hijos o los nietos no conocen sus orígenes, difícilmente van a identificarse con ellos para sentir que sus raíces cuentan.

Habrá en casa objetos que son parte del patrimonio familiar, pero tal vez los chicos no lo sepan. Ahora que estamos todos juntos, tomemos el tiempo para darles a conocer por qué algunos objetos resultan tan representativos. Revisemos con ellos fotos, cartas, libros antiguos…

La tecnología nos provee de excelentes canales de comunicación que permiten reforzar lazos afectivos con la familia y los amigos. Y hasta –por qué no- animar a personas que no conocemos y que casualmente se topan con los contenidos que hacemos circular. Aquí una súplica, si el contenido que difundimos tiene autor, reenviémoslo íntegro. Me han llegado 3 o 4 textos maravillosos con una leyenda de “anónimo”. Ese texto cuidado, escrito con tanta propiedad, alusivo justo a lo que el mundo está viviendo, no pudo volverse anónimo más que por un descuido de quien lo reenvía. ¡Y no se vale! Otorguemos a su creador el beneficio del justo reconocimiento.

Hay mucho por hacer: Permitamos a nuestro niño interior aflorar y volverse timonel de la nave. Nuestro escenario puede ser transformado una y otra vez, mientras las palabras fluyen como viento que empuja el velamen de nuestra embarcación. Navegamos en aguas de la imaginación; no alcanzamos a ver puerto, no podríamos calcular cuántas millas náuticas nos separan de nuestro destino. La consigna es mantenernos íntegros, a flote, y hacer de este, un tiempo que valga la pena recordar.

Justo hoy platicaba con mi hija. Ella decía que, como ha ocurrido con distintas plagas a lo largo de la historia, los niños de hoy recordarán mañana esta pandemia como un episodio que los marcó para siempre. Mi exhorto es a que no sea solamente el temor o la zozobra, o la muerte lo que nos marque, sino que hagamos de este un tiempo de reinvención.

Ray Bradbury tiene una vasta obra fantástica. Dentro de sus cuentos cortos hay uno intitulado: “There will come soft rains” (“Llegarán suaves lluvias”), futurista en 1950, muy actual para nosotros. Cuenta la historia de una casa habitación controlada por tecnología, para comodidad de sus habitantes, con el pequeño inconveniente de que no los hay. El narrador no nos cuenta qué fue de ellos, aunque sí se detiene a describir otros seres vivos, como la mascota que pretende continuar su rutina en aquella absoluta soledad. El desenlace caótico invita a pensar que la tecnología no lo es todo. Así entonces mi propuesta, vivamos esto con el mejor espíritu, teniendo como eje central el corazón. Siempre creativos, con la tecnología de música de fondo, no como director de orquesta.
22 Marzo 2020 04:00:00
Crisis y cambio
No ha habido –en la historia reciente—un tema que nos conecte más, que la pandemia por coronavirus, emergencia epidemiológica para el mundo, independientemente de nuestra geografía o condiciones socioeconómicas. A ratos nos apabulla tanta información que llega por los medios de comunicación, alguna proveniente de fuentes bien documentadas, otra cual leyendas urbanas nacidas de la imaginación. Dentro de este escenario dos cosas son ciertas: 1) Es una situación sanitaria desconocida, que no alcanzamos aún a medir, y 2) El confinamiento a que obliga la etapa preventiva de la misma, nos da oportunidad de reinventarnos.

A través de redes sociales, hemos visto la forma como vuelven a respirar parajes naturales y construcciones hechas por el hombre, libres por un rato del impacto que les causamos. Hay hermosas imágenes de los canales de Venecia y de los cielos en países orientales, que nos invitan a preguntarnos cuál es el costo que el desarrollo industrial nos está cobrando. O bien, hasta qué punto podemos actuar por vías más ecológicas y menos generadoras de daño al ambiente y a nosotros mismos.

Lo que hoy deseo enfatizar de manera especial, es lo relativo a ese espíritu de solidaridad que se percibe. Comenzó siendo como liebre en la maleza, asomando de cuando en cuando su cabeza, para convertirse en fenómeno mundial que nos hermana: Hay conciertos vocales entre condominios en países europeos; surgen videos y corridos que dan cuenta de lo divertido que llega a ser el confinamiento en casa. Aparecen colecciones universales de literatura; música; museografía o películas de todos los tiempos. Artistas generosos ofrecen acceso a su obra de manera gratuita e incondicional; como Alberto Chimal, gran escritor y maestro mexicano, maravilloso ser humano. Él habitualmente comparte en redes textos propios y herramientas de creación literaria. Esta vez se supera a sí mismo.

Absurdo querer comparar lo que estamos viviendo, con el confinamiento asfixiante que nos transmite José Saramago en su novela “Ensayo sobre la ceguera”. A través de sus páginas, la amenaza externa de la muerte lleva a los personajes a replegarse cada vez más, hasta quedar confinados a un pequeño espacio. De forma maravillosa, esos personajes anónimos, a los que particularizan solamente algunos rasgos peculiares, terminan por conformar un imaginario colectivo, mediante lazos de solidaridad.

Duro reconocerlo, pero sí, esta es la parte positiva de algo como lo que estamos viviendo: La solidaridad, finalmente, va borrando diferencias, hasta centrarnos en lo medular y significativo. Comenzamos así a darnos cuenta de que, después de todo, hay criterios que resultan innecesarios, y a ratos hasta absurdos, que solo llevan a alejarnos unos de otros, cuando en verdad somos tan semejantes. Comenzamos a redescubrir a los miembros de la propia familia, a convivir con ellos de una forma que probablemente nunca habíamos hecho, y a aquilatar más lo que cada uno de ellos representa en nuestra vida.

Hay muchas tareas pendientes para las que ahora sí tendremos tiempo, de modo de hacer de este confinamiento algo positivo en términos prácticos. Una cuestión interesante es, seguramente para muchos de nosotros, el encuentro con uno mismo, algo que en otras circunstancias no nos damos tiempo para hacer, o simplemente encontramos absurdo el intentarlo. Ahora, en esos ratos de soledad, surge una excelente oportunidad para comenzar a hablar con nuestro propio yo, amistarnos y enriquecer nuestra vida de hoy en adelante.

Respecto a la felicidad, hay un refrán popular que me agrada mucho. Habla de que ser feliz no depende de tener lo mejor, sino de hacer lo mejor con lo que tenemos. Vamos a vivir esta etapa de confinamiento con actitud, en primer lugar, porque puede salvar vidas, comenzando por la propia y la de nuestros seres amados. En segundo lugar, puesto que de una u otra forma, tenemos que cumplirla, vamos a hacerlo de la mejor manera. Abordemos nuestro propio hogar con mentalidad de descubridores, dispuestos a encontrar cosas que antes no habíamos visto, comenzando por el rostro que nos mira atento desde el espejo. Luego vamos a desempolvarnos, desintoxicarnos; depurar el ambiente, ventilar relaciones. Seamos creativos con aquello que nos gusta hacer, pero que difícilmente nos damos el tiempo para intentar. Vamos a experimentar, a modificar patrones y actitudes, a generar un mejor mundo desde nuestra pequeña parcela.

…Que, pasado el tiempo necesario para superar esta emergencia, salgamos a las calles con una actitud más humana, cuidándonos de evitar aquellos modos de reaccionar ríspidos, precipitados y agresivos.

Cada uno elige cómo vivir su vida. Este momento crucial, es buena oportunidad para decidirlo.
15 Marzo 2020 03:30:00
El exilio de la razón
¡Se acabó el papel de baño en el comercio! Lo atribuyen a la pandemia por coronavirus.

Acudí a una tienda departamental a surtir la nota. Entre otras cosas, buscaba un bote de gel antibacterial. Sucedió lo que me temí, no había un solo bote de este producto en toda la tienda y me sorprendió ver el pasillo donde se vende el papel higiénico, totalmente vacío. Ni un triste rollo huérfano de tan noble y humilde producto había quedado.

Recurrí a internet buscando información de otras partes del mundo; el fenómeno era el mismo. Un especialista se refirió a esto con un término que me pareció iluminador. “Efecto rebaño”, que se explica de muchos modos. Yo lo haré con un ejemplo de mi imaginación: digamos que estamos en crisis –como ahora– y de repente vemos a uno o dos clientes comprando grandes cantidades de velas aromáticas. En redes sociales, alguien dice que un doctor en Kazajistán publicó acerca de la curación mediante velas aromáticas. No nos queda claro cómo sucede esto, pero sí entendemos que hay que surtirnos de velas, antes de que venga el tumulto y se las lleve todas. Ya luego investigaremos la causa. A partir de lo que vemos, sin recurrir al pensamiento lógico, actuamos desde la mercadotecnia: si “todos” están llevando velas, yo también lo haré, y ¡zas!, en una mañana se vacían los estantes de velas aromáticas. Con seguridad algún experto esté ya adivinando que este efecto rebaño representa una maravillosa ventana de oportunidad.

Esa sensación tan extraña de vacío con que me vine de la tienda finalmente tomó nombre y apellido, y pude entenderla, y así hablar de ella. El ser humano del siglo 21 flota en un universo consumista que lo manipula. Una situación como la pandemia del coronavirus es un excelente escenario para entenderlo.

El ser humano actual se considera informado. Recurre a las redes sociales, googlea y da por hecho que tiene información de primera mano.

Poco o nada repara en qué se dice, quién lo dice, y desde dónde lo dice. El mejor ejemplo está aquí, ante nuestros ojos. No sé cuál se suponga que sea la función del papel higiénico frente al coronavirus. Tal vez piensen utilizarlo como mascarilla (el rollo entero, sobre nariz y boca, respirando a través del tubo como topos), o plegarlo para aplicarlo sobre la nariz). La utilización en las porciones anatómicas tradicionales no viene al caso, puesto que la transmisión es respiratoria, no digestiva ni urinaria. Alguien dijo “hay que comprar papel”, corrió a hacerlo, el otro lo vio y lo imitó, y detrás de él toda una comunidad, y otra y otra, hasta que se agotó el producto en las tiendas departamentales del mundo.

Henos aquí frente al espejo del coronavirus, sintiéndonos los grandes informados, pero actuando conforme a lo que otros determinaron que hiciéramos. ¡Vaya! ¿Y quiénes son estos otros? ¿Qué intereses económicos existen detrás de sus publicaciones?

Este es el mejor momento para sentarnos con calma, respirar hondo, hacer una lista de medidas para protegernos unos a otros. Guardar las expresiones afectivas para después, respetar el espacio vital de cada uno, evitar aglomeraciones. Lavarnos las manos, desinfectar superficies que todos tocamos, como barras de carritos de supermercado, pasamanos y demás. Aprender a toser y a estornudar “como Batman”, colocando el codo sobre nariz y boca. No compartir utensilios que van a la boca; no tocarse la cara. Pero, sobre todo, aprovechar este resquicio de tiempo para analizar cómo las redes sociales se han propuesto exiliar a la razón. Y lo más importante, saber si lo permitiremos.


08 Marzo 2020 03:30:00
Después del #9M
Desde que tengo memoria, han sido pocas las ocasiones cuando una movilización ha reunido tantas expectativas, como la de mañana, 9 de marzo, fecha en que las mujeres buscamos resignificarnos. El movimiento #9M está pensado para expresarnos, a través de una especie de huelga de brazos caídos, para demostrar cómo funcionaría el país si la mitad de su población se ausentara. De este modo, patentizando qué sucedería si continúa violentándose al sexo femenino como hasta ahora.

Para explicar la violencia contra las mujeres, hay elementos antropológicos, así como factores económicos y políticos, que actúan a manera de telón de fondo. Evidencian la desventaja que muchas de mis congéneres viven cada vez que salen a la calle.

Ciertos grupos buscan desacreditar el #9M argumentando que en México mueren muchos más hombres que mujeres. Este es un dato duro que no podríamos negar, en lo relativo a muerte violenta, por cada 4 hombres muere 1 mujer. La diferencia es que a esos hombres los matan otros hombres, y lo hacen en contextos de asaltos, delincuencia organizada, enfrentamientos callejeros, quizás asociados al consumo de alcohol o drogas. En el grupo de féminas la muerte violenta la provocan los hombres, y la razón fundamental se relaciona con su condición como mujeres.  

La normalización de la violencia en nuestro país ha llevado a un cambio terrible en los patrones de  ataque contra niñas y adolescentes. Los casos por desgracia se vuelven cada vez más frecuentes. Pequeñas violentadas y tal vez asesinadas de manera atroz, como si sobre su pequeña figura se descargara todo un mundo de crueldad.

La idea de un día sin mujeres en los centros de trabajo, escuelas, comercios, vía pública y redes sociales no es un día de campo, de ninguna manera. Es una forma de “ser no siendo”, como diría Lin Yutang. Crear conciencia del valor de una mujer a partir de su ausencia.

En torno al concepto original iniciado por el grupo veracruzano Las Brujas del Mar, como una gran atarraya ha ido sumando voluntades, se han tejido nuevas historias y se han insertado elementos distintos al sentido original del movimiento. Hay abortistas como antiabortistas; hay chicas que se descubren el torso para mostrar su inconformidad, como hay otras mesuradas.  Hay mujeres violentadas en su persona o en su familia, como hay activistas que dan voz a las que no están en condiciones de hablar. La cuestión es hallar el punto común que nos une a todas, y que –alejadas de cualquier afán separatista, de los que hoy tanto abundan –elevemos una voz común. El domingo 8 en las marchas, a todo pulmón; el lunes 9 desde la contundencia de nuestro silencio.

Es difícil adivinar el futuro y saber  qué pasará hoy o mañana. En lo personal, debido a lo que se ha visto en experiencias previas, me preocupa que en las marchas convocadas para este día ocurra la infiltración de grupos de choque dedicados a generar vandalismo y violencia, con el fin de desvirtuar el sentido original de la manifestación.

Por desgracia las redes sociales nos llevan fácilmente a dejarnos encender por las voces más convincentes, para volcarnos a favor de una causa u otra. No dudo que haya intereses encaminados a distorsionar el sentido original del #9M, para restarle fuerza.

De hecho, empresarios que originalmente expresaron su apoyo para las trabajadoras de su planta laboral, han cambiado de opinión, como se señala en boletines internos de sus empresas, en los que advierten que día no trabajado, será descontado.

01 Marzo 2020 04:00:00
Sensatez y covid-19
Al tiempo en que esto escribo, se ha confirmado en México un par de casos de infección por el COVID-19, o coronavirus de Wuhan. Sucede como en el 2009, cuando la influenza AH1N1: Nos invade una zozobra cercana al pánico. La influenza española de 1918 terminó con la vida de cerca de 50 millones de seres humanos. La cifra es difícil de precisar, puesto que no existían las condiciones para un registro sanitario confiable. Hoy, aparte del registro universal, vivimos la hiperinformación, lo que complica el asunto.

La aparición de la influenza AH1N1 permitió desarrollar protocolos de prevención. Colateralmente surgió una considerable cantidad de información sin bases científicas, o hecha a modo, que no dejó de alarmarnos. El panorama actual, ante el surgimiento de la infección por COVID-19 se presenta más complejo todavía. Hay factores económicos, políticos y culturales que dependen en forma directa de los gobiernos, y que, de no atenderse en forma adecuada, agravarían el problema. Hay otros elementos relacionados con la comunicación, que dependen mucho de nuestro modo de actuar como internautas. En seguida me explico, primero un dato para ilustrarlo:

Hace una semana tuve la oportunidad de participar en una sesión de taller virtual con Liliana Blum, extraordinaria narradora duranguense, quien acaba de publicar: “La tristeza de los cítricos”. Al referirse a la creación de personajes, hizo una simpática y clara alusión al maniqueísmo de los personajes de telenovela popular mexicana: Los buenos son siempre buenos en todo, y los malos son malvados, sin excepción. Nos llamó a no perder de vista que los personajes con los que nos sentimos identificados, están dados en tonos grises, con virtudes, pero también con defectos. Con aciertos y desaciertos, porque así es la vida. Fue un principio muy aleccionador para mí, en particular al tiempo de abordar asuntos relacionados con el uso que hacemos de la internet.

Cuando surge un evento potencialmente catastrófico, como sería una pandemia por COVID-19, afloran en redes sociales actitudes contrastantes: Aparecen comunicadores bien informados, con la debida autoridad moral; dominan el tema y parten de datos duros para escribir. Más delante están los entusiastas, que, bien intencionados, pero sin información confiable, pretenden alertar a los internautas, en ocasiones agregando ideas de su propia cosecha. Luego están aquellos que dan vuelo a cierta narrativa perversa con el fin de sembrar pánico; muchas veces parten de datos duros que manejan a modo; otras dan vuelo a su imaginación, atribuyendo el origen del virus a elementos fantásticos, o dictando medidas de prevención o manejo carentes de bases científicas. ¡De los mal informados y de los malvados, cuídanos, Señor!

Cuando la aparición de la influenza H1N1, el doctor Julio Frenk, entonces titular de la Secretaría de Salud, llevó a cabo un impecable protocolo de prevención, de manera que la enfermedad no alcanzó en absoluto niveles catastróficos. En todo momento estuvo respaldado por su especialización en el área de Salud Pública, así como el acatamiento puntual de las indicaciones dictadas por la OMS. Ello representó una garantía de control epidemiológico. El panorama que se presenta cuando surgen los dos primeros casos de COVID-19 es distinto: El Dr. Jorge Alcocer, titular de la Secretaría de Salud, no es especialista en Salud Pública. Confiemos en que se rodee de un equipo de epidemiólogos que marquen la ruta crítica; que prive la sensatez para atender a la OMS, y sobre todo que se dé el apoyo necesario de otros niveles, para acatar los lineamientos epidemiológicos de manera estricta. Una enfermedad como esta no puede tomarse a la ligera, con improvisaciones ni dando entrada a la sensiblería.

Volviendo a nuestra función como internautas: Ya a estas alturas las redes sociales se hallan inundadas de hipótesis, recomendaciones y vaticinios sobre lo que podría ser una amenaza de pandemia por el COVID-19. Se manejan asuntos varios, desde teorías de conspiración hasta rechazo a ciertos países por comer víbora, sopa de murciélago y algunos otros platillos. No ha faltado quien recomiende remedios: Qué tomar o no tomar; qué comer o dejar de comer, y con qué medicarnos. A ratos nos sentimos abrumados por un alud de contenidos que, una vez verificados, podrían estar muy alejados de la realidad.

Ante la información que recibamos a través de redes sociales, las recomendaciones que pudieran funcionarnos como internautas son: 1) Ser sensatos al leer como al reenviar, 2) No creer todo lo que se dice, 3) Desconfiar de notas alarmistas, 4) Procurar fuentes confiables de información, 5) No caer en pánico.

Que cada uno cumpla con lo que le corresponde, para bien de todos.
23 Febrero 2020 04:00:00
Condenas ociosas
Para desgracia de nuestro amado México, la realidad de la violencia ha crecido. Cambian escenarios, criminales y víctimas, pero nada más. Ahora fueron dos niñas, una raptada y violentada de manera cruel. La otra fallecida de forma accidental, cuyo cuerpo fue abandonado por su propia madre. Detrás de estos casos hay elementos que la educación puede modificar. Delante estamos nosotros con nuestro bagaje de reacciones, comentarios y juicios. Hacia estos puntos habría que enfocarnos.

Nuestra cultura ha sido de las medias verdades, tanto dentro de la familia, como en los centros laborales y en cualquier otra interacción social. Percibimos una situación desde la realidad que nos es propia, y justo desde nuestra perspectiva muy personal, formulamos un juicio: Señalamos –según nuestro parecer—cómo se hicieron las cosas, y como debieron haberse hecho. Lo comunicamos a nuestros cercanos y se genera un rumor que comienza a rodar como estepicursor por el desierto: Al rato nadie sabe de dónde vino ese dicho que para entonces resulta incontrolable. Mucho falta la calidad moral para expresar de frente nuestro parecer, indicar a la otra persona por qué no estamos de acuerdo con su modo de actuar… Lo habitual es: lanzamos la piedra y escondemos la mano.

En los últimos tiempos, a la par del rumor anónimo, surge la andanada masiva, en particular en redes sociales. Esto es, frente a una situación que nos incomoda, nos volcamos en expresiones de rechazo que llegan a los improperios, animados al percibir que otros muchos, al igual que nosotros, manifiestan un parecer similar. Linchamos verbalmente a quien sea el autor de tales hechos, tras lo cual sentimos que hemos cumplido con la vida.

El asunto es precisamente invertir tanto tiempo y energía en acciones ociosas, mientras dejamos de trabajar con eficiencia para buscar una solución real al problema. Con respecto a la violencia, pedimos algo más que la pena de muerte, si es que lo hubiere, para la pareja que atacó a la pequeña Fátima hasta terminar con su vida. No nos detenemos por un momento a analizar qué precipitó esa forma de actuar, y qué puede hacerse para evitar que otras pequeñas corran un riesgo similar. Tal pareciera que vemos el árbol y no el bosque; partimos desde nuestra perspectiva muy personal con un pensamiento que se estructura más o menos así: “Puesto que yo no haría algo parecido a una niña, los demás tampoco deberían”. Una reflexión tan absurda como inútil, puesto que cada ser humano es el resultado de diversas circunstancias que convergen en su persona, en su forma de actuar y en su manera de respetar o no, los derechos de otros.

Un elemento que campea en nuestros patrones de comportamiento es el narcisismo. Las mismas condiciones externas y el aislamiento social al que estamos sometidos en mayor o menor grado, nos llevan a querer interpretar el mundo de acuerdo con nuestro muy personal punto de vista. Por ello mismo establecemos expectativas respecto a la conducta de los demás, calculando qué tanto se asemeja Este al comportamiento propio. No parecemos dispuestos a dejar de lado lo particular, para abrirnos a tratar de entender lo ajeno, con la mejor voluntad de llevarlo a cabo.

Si soy líder dentro de una comunidad, mientras yo no entienda de fondo qué elementos propician determinada forma de comportamiento en otros, no estaré en condiciones de plantear estrategias para modificar las cosas. Los gobiernos que parten de su muy particular óptica para analizar un problema y proponer cambios que ayuden a resolverlo, estarán escribiendo en el agua.

La ola de violencia en México se antoja imparable. La vemos en todas las escalas, comenzando desde el hogar, por la forma como nos tratamos unos a otros, para seguir con las relaciones entre conocidos, amigos, o compañeros de escuela o de trabajo. Y más delante la interacción en distintos niveles de gobierno o instituciones. En tanto sigamos actuando a través de medias verdades, rumores o ataques masivos desde el anonimato, poco se logrará. Para un cambio de fondo es necesario ser claros y directos al señalar. Con miras a lograrlo, habrá que informarnos, romper el cascarón del egocentrismo, salir a conocer otras realidades, que no por distintas dejan de ser válidas. Lo último que funcionaría para una sociedad es que todos fuéramos iguales. Es la variedad lo que sustenta el enriquecimiento cultural, siempre y cuando el trato entre distintos se dé con respeto y tolerancia.

Esta semana fueron Fátima y Karol. La próxima serán otras distintas. Mientras no salgamos del pasmo para actuar, cuidando evitar el linchamiento ocioso, seguiremos rompiendo récord de violencia. Así poco o nada se logra para ese cambio que tanto nos urge a los mexicanos.
23 Febrero 2020 03:30:00
Condenas ociosas
Para desgracia de nuestro amado México, la realidad de la violencia ha crecido. Cambian escenarios, criminales y víctimas, pero nada más. Ahora fueron dos niñas, una raptada y violentada de manera cruel. La otra fallecida de forma accidental, cuyo cuerpo fue abandonado por su propia madre. Detrás de estos casos hay elementos que la educación puede modificar. Delante estamos nosotros con nuestro bagaje de reacciones, comentarios y juicios. Hacia estos puntos habría que enfocarnos.

Nuestra cultura ha sido de las medias verdades, tanto dentro de la familia como en los centros laborales y en cualquier otra interacción social. Percibimos una situación desde la realidad que nos es propia, y justo desde nuestra perspectiva muy personal, formulamos un juicio: señalamos –según nuestro parecer– cómo se hicieron las cosas, y cómo debieron haberse hecho. Lo comunicamos a nuestros cercanos y se genera un rumor que comienza a rodar como estepicursor por el desierto: al rato nadie sabe de dónde vino ese dicho que para entonces resulta incontrolable. En los últimos tiempos, a la par del rumor anónimo, surge la andanada masiva, en particular en redes sociales. Esto es, frente a una situación que nos incomoda, nos volcamos en expresiones de rechazo que llegan a los improperios, animados al percibir que otros muchos, al igual que nosotros, manifiestan un parecer similar. Linchamos verbalmente a quien sea el autor de tales hechos, tras lo cual sentimos que hemos cumplido con la vida.

El asunto es precisamente invertir tanto tiempo y energía en acciones ociosas, mientras dejamos de trabajar con eficiencia para buscar una solución real al problema. Respecto a la violencia, pedimos algo más que la pena de muerte, si es que lo hubiere, para la pareja que atacó a la pequeña Fátima hasta terminar con su vida. No nos detenemos por un momento a analizar qué precipitó esa forma de actuar, y qué puede hacerse para evitar que otras pequeñas corran un riesgo similar. Tal pareciera que vemos el árbol y no el bosque; partimos desde nuestra perspectiva muy personal con un pensamiento que se estructura más o menos así: “Puesto que yo no haría algo parecido a una niña, los demás tampoco deberían”.

Una reflexión tan absurda como inútil, puesto que cada ser humano es el resultado de diversas circunstancias que convergen en su persona, en su forma de actuar y en su manera de respetar o no, los derechos de otros.

Un elemento que campea en nuestros patrones de comportamiento es el narcisismo. Las mismas condiciones externas y el aislamiento social al que estamos sometidos en mayor o menor grado, nos llevan a querer interpretar el mundo de acuerdo con nuestro muy personal punto de vista. Por ello mismo establecemos expectativas respecto a la conducta de los demás, calculando qué tanto se asemeja este al comportamiento propio.

Si  soy líder dentro de una comunidad, mientras yo no entienda de fondo qué elementos propician determinada forma de comportamiento en otros, no estaré en condiciones de plantear estrategias para modificar las cosas.

En tanto sigamos actuando a través de medias verdades, rumores o ataques masivos desde el anonimato, poco se logrará. Para un cambio de fondo es necesario ser claros y directos al señalar. Con miras a lograrlo, habrá que informarnos, romper el cascarón del egocentrismo, salir a conocer otras realidades, que no por distintas dejan de ser válidas. Lo último que funcionaría para una sociedad es que todos fuéramos iguales. Es la variedad lo que sustenta el enriquecimiento cultural.

Esta semana fueron Fátima y Karol. La próxima serán otras distintas. Mientras no salgamos del pasmo para actuar, cuidando evitar el linchamiento ocioso, seguiremos rompiendo récord de violencia. Así poco o nada se logra para ese cambio que tanto nos urge a los mexicanos.



16 Febrero 2020 04:00:00
Juegos de muerte
Las formas se han diversificado al paso de los días, pero en esencia es lo mismo: Grupos de jovencitos de educación media o media superior en áreas escolares de recreo. De entre ellos un líder que actúa utilizando el factor sorpresa. Junto con un cómplice, convencen a un tercero de saltar en su mismo sitio; para hacerlo, primero ellos, flanqueando a la víctima, saltan a la vez. Al momento en que el incauto tiene ambos pies en el aire, y poco antes de que éstos toquen el suelo, los compañeros le meten zancadilla, consiguiendo que caiga de bruces. La otra variante, un grupo de chicas, entre las que destaca una que comanda y otra que actúa. Ésta última utiliza su suéter para lazar, desde atrás, las piernas de una compañera que está de espaldas, para hacerla caer de manera violenta hasta el suelo. En ambos casos el propósito de este “juego” perverso es que el incauto se precipite de manera abrupta, haciendo que su cabeza choque con el suelo. Desde el punto de vista médico, un mecanismo muy peligroso, capaz de provocar fractura de piso medio del cráneo. Por ahí se reporta en redes sociales el caso de un jovencito muerto debido una lesión de este tipo.

Vienen a la mente tantos retos que se han difundido en redes, y que dan cuenta de un vacío interior que no halla cómo llenarse. Ahora recuerdo los de apearse del vehículo y caminar o bailar al parejo del carro en marcha. O los de ingerir cápsulas con detergente ultra concentrado. O los de la asfixia erotizante. Todos ellos se desarrollan en un panorama desalentador, como si nada sobre el planeta Tierra fuera capaz de estimular a sus autores, que han de recurrir a eventos de elevado riesgo para sentirse vivos. Duro, doloroso, lamentable. A diferencia de los anteriores, el actual tiene un elemento perverso de nulo respeto a la vida y a la integridad de otros seres humanos. Podríamos llamarlo un “bullying” extremo, una forma de poder que se ejerce “a la mala”, en contra de los demás, valiéndose del factor sorpresa, para garantizar éxito en la acción.

De lo anterior surgen muchas preguntas que de momento no hallan respuesta satisfactoria. Leyendo entre líneas, adivinamos cuál es el estado emocional de esos jóvenes que planean el juego y organizan a su grupo de seguidores para llevarlo a cabo. Más delante eligen una víctima, van contra ella, la atacan, y al momento de verla caer contra el suelo se botan de la risa. Dentro del grupo no puede faltar alguien encargado de tomar video y subirlo a las redes.

De acuerdo con lo que sabemos, ésta es una forma grave de acoso escolar. De estupidez llevada al extremo. El líder emprende –o encomienda—una acción en contra de cierto compañero elegido como blanco. Se asegura que se lleve a cabo y se ufana por ello, pero no está dispuesto a hacerse responsable de las consecuencias de sus actos.

Viene entonces la reflexión a la que todos estamos invitados, como miembros de una sociedad que gesta dichas conductas perversas:

¿Por qué esos chicos tienen la necesidad de una inyección de adrenalina que cuesta vidas humanas? ¿Será que nunca nadie estuvo a su lado, para enseñarlos a gozar la vida de otra forma? Quizá crecieron rodeados de cosas materiales, pero hambrientos de reconocimiento, y tienen un hoyo negro en el pecho, que los auto consume.

¿Qué cruza por su mente cuando planean un acto así? ¿Con qué palabras verbalizan su gozo anticipado? Algo es obvio, ellos se sienten con pleno derecho de desgraciar la vida de otros. Es evidente que poco o nada saben acerca del derecho a la vida y a la integridad.

¿Qué emprenderán cuando este jueguito pierda su efecto estimulante? ¿Contra qué irán? Son mentes brillantes caminando por el desfiladero. Tarde que temprano terminan desbarrancados.

Una característica de estos líderes es su capacidad para controlar el entorno. Consiguen seguidores, además del silencio de testigos y autoridades. Priva el miedo; nadie los denuncia, nadie los sanciona. Aún más, ante la evidencia tácita, su grupo hallará la forma de justificarlos.

Cuando un ser humano pierde su capacidad crítica a causa del embeleso por un líder autocrático, habrá que revisar por qué su corazón se lo permite.

No se vale, como en tantas ocasiones hemos hecho, desviar la mirada a otro lado y hacer como si nada pasara. Son jóvenes vidas humanas que se dañan o se pierden por estos juegos perversos. Es la esfera emocional de nuestros chicos que urde tales formas de acoso. Son los futuros adultos en cuyas manos quedarán los destinos de nuestra nación.

Evitemos actuar como habitualmente hacemos: Leemos, nos alarmamos, y a la vuelta de una semana lo hemos olvidado, cuando la nota nueva y fresca desplace a la actual.

Debemos recordar: La solidez de un país no se construye a sobresaltos.
16 Febrero 2020 03:30:00
Juegos de la muerte
Las formas se han diversificado al paso de los días, pero en esencia es lo mismo: grupos de jovencitos de educación media en áreas escolares de recreo. De entre ellos un líder que actúa utilizando el factor sorpresa. Junto con un cómplice, convencen a un tercero de saltar en su mismo sitio; para hacerlo, primero ellos, flanqueando a la víctima, saltan a la vez. Al momento en que el incauto tiene ambos pies en el aire, y poco antes de que estos toquen el suelo, los compañeros le meten zancadilla, consiguiendo que caiga de bruces. Desde el punto de vista médico, un mecanismo muy peligroso, capaz de provocar fractura de piso medio del cráneo.

Vienen a la mente tantos retos que se han difundido en redes, y que dan cuenta de un vacío interior que no halla cómo llenarse. Ahora recuerdo los de apearse del vehículo y caminar o bailar al parejo del carro en marcha. O los de ingerir cápsulas con detergente ultra concentrado. O los de la asfixia erotizante. Todos ellos se desarrollan en un panorama desalentador, como si nada sobre el planeta fuera capaz de estimular a sus autores, que han de recurrir a eventos de elevado riesgo para sentirse vivos. A diferencia de los anteriores, el actual tiene un elemento perverso de nulo respeto a la vida y a la integridad de otros seres humanos. Podríamos llamarlo un bullying extremo, una forma de poder que se ejerce “a la mala”, en contra de los demás, valiéndose del factor sorpresa, para garantizar éxito en la acción.

Leyendo entre líneas, adivinamos cuál es el estado emocional de esos jóvenes que planean el juego y organizan a su grupo de seguidores para llevarlo a cabo. Más delante eligen una víctima, van contra ella, la atacan, y al momento de verla caer contra el suelo se botan de la risa.

De acuerdo con lo que sabemos, esta es una forma grave de acoso escolar. De estupidez llevada al extremo. El líder emprende –o encomienda– una acción en contra de cierto compañero elegido como blanco. Se asegura de que se lleve a cabo y se ufana por ello, pero no está dispuesto a hacerse responsable de las consecuencias de sus actos.

Viene entonces la reflexión a la que todos estamos invitados, como miembros de una sociedad que gesta dichas conductas: ¿Por qué esos chicos tienen la necesidad de una inyección de adrenalina que cuesta vidas humanas? ¿Será que nunca nadie estuvo a su lado, para enseñarlos a gozar la vida de otra forma? Quizá crecieron rodeados de cosas materiales, pero hambrientos de reconocimiento, y tienen un hoyo negro en el pecho, que los autoconsume.

¿Qué cruza por su mente cuando planean un acto así? ¿Con qué palabras verbalizan su gozo anticipado? Algo es obvio, ellos se sienten con pleno derecho de desgraciar la vida de otros. Es evidente que poco o nada saben acerca del derecho a la vida y a la integridad.

¿Qué emprenderán cuando este jueguito pierda su efecto estimulante? ¿Contra qué irán? Son mentes brillantes caminando por el desfiladero. Tarde que temprano terminan desbarrancados.

Una característica de estos líderes es su capacidad para controlar el entorno. Consiguen seguidores, además del silencio de testigos y autoridades. Priva el miedo; nadie los denuncia, nadie los sanciona. Aun más, ante la evidencia tácita, su grupo hallará la forma de justificarlos.

Cuando un ser humano pierde su capacidad crítica a causa del embeleso por un líder autocrático, habrá que revisar por qué su corazón se lo permite.

No se vale, como en tantas ocasiones hemos hecho, desviar la mirada a otro lado y hacer como si nada pasara. Son jóvenes vidas humanas que se dañan o se pierden por estos juegos perversos. Es la esfera emocional de nuestros chicos que urde tales formas de acoso. Son los futuros adultos en cuyas manos quedarán los destinos de nuestra nación.

Evitemos actuar como habitualmente hacemos: Leemos, nos alarmamos, y a la vuelta de una semana lo hemos olvidado, cuando la nota nueva y fresca desplace a la actual.

09 Febrero 2020 04:00:00
Impronta vital
Hace unos cuantos días falleció Kirk Douglas, uno de los grandes actores hollywoodenses del siglo pasado. Al margen de su notable participación en cintas de calidad, y de ser cabeza de una familia de actores, en lo personal me remitió a una parte de mi infancia que es grato recordar, y aquí les cuento:

Eran mediados de los años sesenta, cuando mi padre -ingeniero civil- fue invitado a participar en la construcción del auditorio de Durango, dentro del Parque Guadiana, en la capital de dicho estado. De esta obra se seguirían otras más, lo que llevó a que la familia moviera su residencia de Torreón a la Perla del Guadiana. Fue así como yo entré a cursar el cuarto año de primaria en un colegio de aquella ciudad donde, además del español se enseñaba el inglés. Ahí pronto descubrí que con frecuencia llegaban actores norteamericanos a filmar cintas del oeste en la región. Se hospedaban en el hotel Casa Blanca, justo en el corazón de la ciudad.

Dentro de las obras encomendadas a mi padre, estuvo el primer set de filmación para dichas películas, en la población de Chupaderos, a 14 kilómetros de la ciudad capital. En lo personal, siendo aún muy niña, me maravillaba ver cómo aquellas construcciones de madera se transformaban, con la magia del cine, en edificios en torno a los cuales, se desarrollaba la trama de la película en turno.

Unas de las situaciones más surrealistas que viví, entonces con mis nueve años, fue acompañar a mi padre al restaurante del Casa Blanca algunas mañanas de sábado. Mientras él hablaba con los personajes que le encomendaron la construcción, mi madre y yo, desde otra mesa, nos deleitábamos viendo desayunar a los grandes del momento, así como si nada. De igual manera recuerdo a John Wayne y a Kirk Douglas en un vehículo de la época de color azul (mentiría si tratara de indicar marca o modelo, no lo sé). La cuestión es que pasaban sobre la avenida Fanny Anitúa, en las proximidades del Parque Guadiana, frente a la esquina donde todas las chiquillas esperábamos el camión escolar. Lucían divertidos los dos señorones al percatarse de la alharaca que hacíamos las escolares uniformadas, cuando ellos nos saludaban a su paso.

Un recuerdo que viene también a mi memoria es el de Stella Stevens, cuando estuvo por allá filmando alguna película. Salía de la casa donde se hospedaba, a pasear a su perro sobre la misma avenida, situación que aprovechábamos los escolares a la salida de clases, para abordarla y practicar el inglés.

Ahora que falleció Kirk Douglas, todos esos recuerdos vinieron a mi mente en tropel. Habían estado en un limbo, puesto que no existía la necesidad de traerlos a la conciencia, salvo un par de veces cuando, visitando la hermosa ciudad de Durango, aparecieron, para pronto regresar a su escondite. Lo que sí me queda muy claro y me dio la pauta para escribir lo que hoy deseo compartir, es lo siguiente: Tal nitidez de hechos, personajes y momentos, pone en evidencia hasta qué grado los acontecimientos de la infancia son capaces de marcar la vida de un niño. Una realidad a la que poca atención ponemos. Solemos tomar la niñez como un lapso con igual valor que el resto de la vida, cuando en realidad es un periodo que con mucho nos marca.

Así como hoy, en un ejercicio de la voluntad, traigo a colación estas vivencias, habrá episodios de mi propia infancia que no logro hacer conscientes, pero que aún así han hecho mella en mí y me llevan a actuar de un modo determinado, sin que la razón alcance a dilucidarlo.

¡Qué maravilloso es voltear a nuestros primeros años y descubrir esos momentos mágicos, que al paso del tiempo no pierden su esplendor! ¡Ser capaces de revivir con la intensidad original dichas experiencias, a través de las cuales vivimos, en su momento, la magia de la infancia! Ahora, como adultos, habría que preguntarnos qué hacemos para favorecer en nuestros pequeños un cúmulo tal de experiencias inolvidables. Y bien, si acaso estuviéramos generando en ellos infancias planas, hacer lo correspondiente para vivificar esa experiencia única de ser niños. En realidad, no es tan complicado, significa desterrar por completo esa idea de considerarlos parte del menaje de casa, para comenzar a enfocarlos como individuos únicos, con gran potencial, cuyo desarrollo emocional se va abriendo en abanico. Los pequeños momentos que vive de niño, van teniendo mayor repercusión con el tiempo hasta la edad adulta. Esas memorias generan una impronta imborrable, que habrá de acompañar a cada uno, –de manera consciente o no—por el resto de sus días.

Descanse en paz Kirk Douglas, personaje que llega hoy para recordarnos la importancia de crear espacios mágicos en la infancia, a partir de los cuales los adultos nos vamos construyendo.
02 Febrero 2020 04:00:00
Huellas en el cielo
Falleció Don Antonio Gutiérrez, empresario y filántropo coahuilense. Fundó su empresa en la Región Carbonífera en 1961, y se fue ampliando desde Monclova hasta la franja fronteriza. Siempre generoso, con la gentileza y la sencillez de un caballero.

Leí un artículo de Franz De Paula, que invita a vivir la vida con pasión. A emprender aquello que nos llama, con entusiasmo y entrega, para cambiar el mundo. Pareciera como si las acertadas palabras del escritor estuvieran dibujando de cuerpo entero a Don Antonio, su entrega al trabajo, su definitivo compromiso con la comunidad. “Trabajar sin parar significa volverte inagotable, sobre todo cuando los tiempos sean difíciles. Esa es la prueba de fuego real”, palabras de De Paula que describen al empresario.

La conjunción de estos dos elementos, la partida física de Don Antonio y el dicho del escritor, abren un vasto abanico de reflexiones, más en estos tiempos en que con tanta facilidad tendemos al desaliento. Volteamos a mirar nuestro entorno en los diversos ámbitos, y sentimos que las cosas no van bien, o no van tan bien como deberían, de modo que nos invade una pesadumbre, que se adhiere a nuestra vida como una sombra. Hay momentos cuando pensamos ¿y para qué intentar tal o cual cosa, si lo más seguro es que no vaya a funcionar?

Pudiéramos decir que en la vida hay dos tipos de soñadores, aquellos que sueñan en conquistar elevados riscos, extienden las alas de la imaginación, pero no se atreven a desprender los pies de la tierra. Por otro lado, están aquellos que se proponen una conquista más sensata, extienden las alas y se lanzan con todo hasta alcanzar la meta propuesta. Con el tiempo a su favor, van conquistando una tras otra las salientes de la cordillera. No se detienen a regodearse con su primer logro ni a lamentarse por algún fracaso. Simplemente se levantan, se sacuden el polvo y vuelven a lanzarse de frente y con todo.

Coincidí en algunos eventos con Don Antonio, sin embargo, nunca estreché su mano o crucé palabra con él. Y como yo, seguramente habrá un buen número de ciudadanos que experimentaron algo similar, y que -aun así- hoy lamentan profundamente su partida. Las almas grandes dejan huellas imborrables en el cielo.

Algún canal televisivo anuncia con bombo y platillo el inicio de nuevas novelas con el tema del narcotráfico. Muy a pesar de opiniones que nos quieren vender las propias televisoras y sus aplaudidores, en lo personal considero que tales contenidos favorecen el fenómeno de “normalización” de la violencia. Y éste contamina el ambiente que todos respiramos. Si al niño, desde que es bebé lo ponemos en contacto con dicho material audiovisual, crece asumiéndolo como normal, ya que es parte del imaginario familiar. Más delante, los arquetipos que las novelas presentan influirán en la conformación de su propia identidad. ¡Vaya! Si los personajes se exhiben como prósperos y poderosos, ¿por qué no aspirar a ser como ellos? Entonces surge la violencia en todas sus formas y grados, con las consecuencias que después lamentamos.

Cuando hablamos de adicciones, sea del tipo que fueren, debemos tener muy en claro que el problema medular no está en la oferta de productos, sino en la compulsión interna por consumirlos. Si el interior de una persona está bien estructurado, así se halle en un sitio donde existe oferta, la adicción no sobreviene. Por el contrario, un adolescente que no ha tenido las condiciones óptimas para su desarrollo podrá iniciar con una adicción. O sea, no es la oferta la que desencadena la adicción, pero definitivamente sí la favorece, cuando en la esfera emocional existen condiciones que la propician.

Algo muy parecido sucede con la violencia. El chico que vive con esos contenidos metidos hasta la cocina todos los días y no encuentra los arquetipos ideales para el desarrollo de su personalidad, echará mano de lo que tiene cercano, que conoce y en cierta forma admira.

En un ambiente viciado como el que vivimos los mexicanos de estos tiempos, surge un personaje de la talla de Don Antonio Gutiérrez, quien apuesta a la creación de empleos, a la educación en todos los niveles y finalmente a la familia. Un líder que dice “sí se puede” y nos lo demuestra mediante los hechos, haciendo uso de su capacidad de crecimiento y de organización. Un ser humano que invita a trabajar para llegar tan alto como se proponga, y cuando así se consiga, nos recuerda no olvidarnos nunca del que viene abajo. Un ejemplo de mexicano con el amor a la patria tatuado en el alma.

Un abrazo a Doña Herminia, su viuda, así como a sus hijos, herederos de un gran legado de amor a la vida. Descanse en paz Don Antonio, sembrador de huellas en el cielo.
02 Febrero 2020 03:30:00
Huellas en el cielo
Falleció don Antonio Gutiérrez, empresario y filántropo coahuilense. Fundó su empresa en la Región Carbonífera en 1961, y se fue ampliando desde Monclova hasta la franja fronteriza. Siempre generoso, con la gentileza y la sencillez de un caballero.

Leí un artículo de Franz de Paula, que invita  a vivir la vida con pasión. A emprender aquello que nos llama, con entusiasmo y entrega, para cambiar el mundo. Pareciera como si las acertadas palabras del escritor estuvieran dibujando de cuerpo entero a don Antonio, su entrega al trabajo, su definitivo compromiso con la comunidad.

La conjunción de estos dos elementos, la partida de don Antonio y el dicho del escritor, abren un vasto abanico de reflexiones, más en estos tiempos en que con tanta facilidad tendemos al desaliento. Volteamos a mirar nuestro entorno en los diversos ámbitos, y sentimos que las cosas no van bien, o no van tan bien como deberían, de modo que nos invade una pesadumbre, que se adhiere a nuestra vida como una sombra.

Pudiéramos decir que en la vida hay dos tipos de soñadores, aquellos que sueñan en conquistar elevados riscos, extienden las alas de la imaginación, pero no se atreven a desprender los pies de la tierra. 

Por otro lado, están aquellos que se proponen una conquista más sensata, extienden las alas y se lanzan con todo hasta alcanzar la meta propuesta. Con el tiempo a su favor, van conquistando una tras otra las salientes de la cordillera. No se detienen a regodearse con su primer logro ni a lamentarse por algún fracaso. Simplemente se levantan, se sacuden el polvo y vuelven a lanzarse de frente y con todo.

Coincidí en algunos eventos con don Antonio, sin embargo, nunca estreché su mano o crucé palabra con él. Y como yo, seguramente habrá un buen número de ciudadanos que experimentaron algo similar, y que –aun así-– hoy lamentan profundamente su partida.  Las almas grandes dejan huellas imborrables en el cielo.

Algún canal televisivo anuncia con bombo y platillo el inicio de nuevas novelas con el tema del narcotráfico. Muy a pesar de opiniones que nos quieren vender las propias televisoras y sus aplaudidores, en lo personal considero que tales contenidos favorecen el fenómeno de “normalización” de la violencia. Y este contamina el ambiente que todos respiramos. Si al niño, desde que es bebé lo ponemos en contacto con dicho material audiovisual, crece asumiéndolo como normal, ya que es parte del imaginario familiar. Más delante, los arquetipos que las novelas presentan influirán en la conformación de su propia identidad. ¡Vaya! Si los personajes se exhiben como prósperos y poderosos, ¿por qué no aspirar a ser como ellos? Entonces surge la violencia en todas sus formas y grados, con las consecuencias que después lamentamos.

El chico que vive con esos contenidos  metidos hasta la cocina todos los días, y no encuentra los arquetipos ideales para el desarrollo de su personalidad, echará mano de lo que tiene cercano, que conoce y en cierta forma admira.

En un ambiente viciado como el que vivimos los mexicanos de estos tiempos, surge un personaje de la talla de don Antonio Gutiérrez, quien apuesta a la creación de empleos, a la educación en todos los niveles, y finalmente a la familia. Un líder que dice “sí se puede”, y nos lo demuestra mediante los hechos, haciendo uso de su capacidad de crecimiento y de organización. Un ser humano que invita a trabajar para llegar tan alto como se proponga, y cuando así se consiga, nos recuerda no olvidarnos nunca del que viene abajo. Un ejemplo de mexicano con el amor a la patria tatuado en el alma.

Un abrazo a doña Herminia, su viuda, y a sus hijos, herederos de un gran legado de amor a la vida. Descanse en paz don Antonio, sembrador de huellas en el cielo.



26 Enero 2020 04:00:00
Daño moral y fractura institucional
Lo expresado por el presidente Andrés Manuel López Obrador, respecto al Dr. Jaime Nieto Zermeño, director del Hospital Infantil de México, Federico Gómez, es asunto serio. Desde su investidura como Presidente de la República, es muy serio.

Si nuestra actuación rebasa el entorno personal, nos convertimos en figuras públicas, obligados a un dicho responsable, respaldado en datos duros. Mandatorio hacerlo, en especial para salvaguardar la calidad moral de las personas.

Después de un año nos hemos acostumbrado a las expresiones festivas y hasta ocurrentes, del ejecutivo federal. Atestiguamos su forma de celebrar el ocupar el cargo que hoy ostenta, ya sea a través de la mañanera, ya con los pobladores de los diversos lugares que visita.

Una cuestión muy distinta se presenta cuando se trata de fincar responsabilidades. En este caso, con respecto a la falta de medicamentos para niños con cáncer, el Mandatario sugiere la posibilidad de irregularidades en el abasto, por parte del director del Hospital Infantil. Como médico pediatra de provincia, no tengo el gusto de conocer en persona al doctor Nieto, pero sí sé de su trayectoria profesional, así como de la opinión que su desempeño dentro del Hospital Infantil merece a diversos pediatras formados en él. Por cierto, un nosocomio por el que guardo especial aprecio, puesto que uno de sus primeros especialistas, que llegó a ser mano derecha de su fundador Federico Gómez, fue Lázaro Benavides, un pediatra coahuilense de gran valía moral. Así, desde sus inicios en 1943, y a cargo de excelentes profesionales, dicha institución ha trabajado teniendo por consigna el interés superior de la niñez mexicana.

Una cuestión es manifestar el sentir propio en redes sociales, tantas veces bajo un seudónimo que permite atacar a otros sin consecuencias. Algo muy distinto es hacerlo desde una tribuna como figura pública, obligado a rendir cuentas a la sociedad. A partir del momento en que se sugirió por parte del ejecutivo, la posible responsabilidad del doctor Jaime Nieto en malos manejos, se han hecho escuchar diversas voces que lo refutan como un juicio temerario, sin fundamento, dicho tal vez para salir del paso en ese momento, como ha sucedido más de una vez en esta administración. Hoy sumo mi opinión a la de esos colegas que conocen al doctor Nieto, que han trabajado con él, y que manifiestan su rechazo a señalamientos hechos sin pruebas que los sustenten.

En el ejercicio periodístico, como función pública que es, cada expresión personal debe tener datos duros que la respalden, principio que aprendí en los albores de mi oficio. Así se trate de un artículo de opinión, no puedo escribir por simple corazonada; el periodismo y la fe no son compatibles, de manera que el “yo creo” no aplica al momento de hacer pública mi opinión. Tengo plena libertad de expresarla, sin lugar a duda, pero siempre más allá de mi particular parecer, con base en datos comprobables.

Atribuir desde una tribuna, determinada responsabilidad a una persona, sin la debida comprobación de hechos, equivale a una forma de daño moral. Como lo mencioné al inicio, es algo que repetidamente se hace en redes sociales, tantas veces desde el anonimato. Pero como figura pública desde una tribuna, estamos obligados a hacernos responsables de nuestro dicho.

Reconozco en usted, señor Presidente, una notable inteligencia interpersonal. De acuerdo con los principios expresados por Alex Grijelmo, en su magistral obra “La seducción de las palabras”, su mensaje ha sabido llegar a donde se necesita, al corazón de ciudadanos desesperanzados, hambrientos de un cambio. Ese encantamiento sigue vigente en gran parte de la población, al grado que algún tuitero expresó, con relación al problema del desabasto y en defensa suya, que “esos angelitos darán la vida por un México mejor”.

Los problemas de un país no se resuelven destruyendo sus instituciones. El doctor Nieto es muy claro en afirmar que la nación es lo primero, y vaya que lo dice desde la difícil situación que él y su familia están sufriendo.

Los médicos enfrentamos la enfermedad y la muerte cada día. Nuestra formación profesional nos aleja de ser indiferentes ante el sufrimiento del paciente o de sus familiares. Un especialista que ocupa la dirección de un hospital nacional de alto renombre, regido por un cuerpo de gobierno, difícilmente va a ser un ladrón insensible. Pero, si así se sospechara, antes de señalamientos públicos habría que hacer las diligencias por los canales correspondientes, con las pruebas en la mano.

Señor Presidente: Me preocupa la liviandad de sus declaraciones, tanto por el daño moral a un colega de excelencia, como por la fractura de las instituciones más sólidas que México tiene.
26 Enero 2020 03:24:00
Daño moral y fractura institucional
Lo expresado por el presidente Andrés Manuel López Obrador, respecto al Dr. Jaime Nieto Zermeño, director del Hospital Infantil de México Federico Gómez, es asunto serio. Desde su investidura como Presidente de la República, es muy serio.

Si nuestra actuación rebasa el entorno personal, nos convertimos en figuras públicas, obligados a un dicho responsable, respaldado en datos duros.

Después de un año nos hemos acostumbrado a las expresiones festivas y hasta ocurrentes, del Ejecutivo federal. Atestiguamos su forma de celebrar el ocupar el cargo que hoy ostenta, ya sea a través de la mañanera, ya con los pobladores de los diversos lugares que visita.

Una cuestión muy distinta se presenta cuando se trata de fincar responsabilidades. En este caso, con respecto a la falta de medicamentos para niños con cáncer, el Mandatario sugiere la posibilidad de irregularidades en el abasto, por parte del director del Hospital Infantil. Como médico pediatra de provincia, no tengo el gusto de conocer en persona al doctor Nieto, pero sí sé de su trayectoria profesional, así como de la opinión que su desempeño dentro del Hospital Infantil merece a diversos pediatras formados en él.

Una cuestión es manifestar el  sentir propio en redes sociales, tantas veces bajo un seudónimo que  permite atacar a otros sin consecuencias. Algo muy distinto es hacerlo desde una tribuna como figura pública, obligado a rendir cuentas a la sociedad. A partir del momento en que se sugirió por parte del Ejecutivo, la posible responsabilidad del doctor Nieto en malos manejos, se han hecho escuchar diversas voces que lo refutan como un juicio temerario, sin fundamento, dicho tal vez para salir del paso en ese momento, como ha sucedido más de una vez en esta administración. Hoy sumo mi opinión a la de esos colegas que  conocen al doctor Nieto, que manifiestan su rechazo a señalamientos hechos sin pruebas que los sustenten.

En el ejercicio periodístico, como función pública que es, cada expresión personal debe tener datos duros que la respalden, principio que aprendí en los albores de mi oficio. Así se trate de un artículo de opinión, no puedo escribir por simple corazonada; el periodismo y la fe no son compatibles, de manera que el “yo creo” no aplica al momento de hacer pública mi opinión. Tengo plena libertad de  expresarla, sin lugar a duda, pero siempre más allá de mi particular parecer, con base en datos comprobables.

Atribuir desde una tribuna, determinada responsabilidad a una persona, sin la debida comprobación de hechos, equivale a una forma de daño moral. Como lo mencioné al inicio, es algo que repetidamente se hace en redes sociales. Pero como figura pública desde una tribuna, estamos obligados a hacernos responsables de nuestro dicho.

Reconozco en usted, señor Presidente, una notable inteligencia interpersonal. De acuerdo con los principios expresados por Alex Grijelmo, en su magistral obra La Seducción de las Palabras, su mensaje ha sabido llegar a donde se necesita, al corazón de ciudadanos desesperanzados, hambrientos de un cambio. Ese encantamiento sigue vigente en gran parte de la población, al grado que algún tuitero  expresó, con relación al problema del desabasto y en defensa suya, que “esos angelitos darán la vida por un México mejor”.

Los problemas de un país no se resuelven destruyendo sus instituciones. El doctor Nieto es muy claro en afirmar que la nación es lo primero, y vaya que lo dice desde la difícil situación que  él y su familia están sufriendo.

Los médicos enfrentamos la enfermedad y la muerte cada día. Nuestra formación profesional nos aleja de ser indiferentes ante el sufrimiento del paciente o de sus familiares. Un especialista que ocupa la dirección de un hospital nacional de alto renombre, regido por un cuerpo de Gobierno, difícilmente va a ser un ladrón insensible. Pero, si así se sospechara, antes de señalamientos públicos habría que hacer las diligencias por los canales correspondientes.

Señor Presidente: me preocupa la liviandad de sus declaraciones, tanto por el daño moral a un colega de excelencia, como por la fractura de las instituciones más sólidas que México tiene.


19 Enero 2020 04:00:00
La gran obra
Esta ha sido una semana de reflexión sobre el proceso educativo. De manera dolorosa descubrimos que lo que tanto se ha escrito en libros, es cierto: Tener dentro del aula estudiantes que dominen cálculos trigonométricos, o que puedan citar todas las capitales del mundo, no garantiza que vayan a ser buenos ciudadanos. Para lograr este objetivo se requiere de la aplicación de recursos que van más allá del desarrollo intelectual de los alumnos, hacia la esfera afectiva.

Hemos querido responsabilizar a las escuelas por la adquisición de valores. Como si entregáramos a sus puertas un niño a manera de piedra en bruto, y al término de su proceso educativo recogiéramos un ciudadano ejemplar. Las cosas no ocurren de esta forma, lo sabemos, pero la molicie quisiera engañarnos. El aprendizaje es un proceso de largo aliento que inicia desde antes de que un niño nazca, y que termina con el último hálito de vida. Buscando cómo esquematizarlo, vino a mi mente el concepto de “lego”, esas piezas de plástico en forma de bloques, con las cuales pueden construirse diversas estructuras tridimensionales.

El término “lego” proviene de una frase danesa que significa “juega bien”. El concepto original fue creado por un carpintero de Dinamarca, llamado Ole Kirk Christiansen, quien, en 1932, en la Gran Depresión, comenzó a construir juguetes de madera. A partir de esa idea más delante inició la fabricación de juguetes de plástico, dando lugar a la industria que hasta la fecha ostenta dicho nombre. Las piezas de construcción de distintos colores estimulan la creatividad de pequeños y grandes; hay figuras que han alcanzado renombre por su maravillosa precisión. A la fecha existen en el mundo juegos, festivales, concursos y más, inspirados por el concepto original del bloque de construcción.

Justo así, como una gran estructura que se construye a partir de cero, con piezas pequeñas que van ensamblándose unas con otras en el tiempo, es la forma como el ser humano se construye -o se deconstruye-hasta constituir un adulto con necesidades propias, recursos únicos y visión particular. Un adulto capaz de encajar en la sociedad o de retarla hasta la muerte.

Considerando la pequeñez de las piezas en relación con el todo, podemos entonces entender que el proceso educativo es minucioso, puntual, y demandante. No es susceptible de improvisaciones, no puede hacerse en un día lo que no se ha venido haciendo en mucho tiempo. Además, hay algo fundamental: No se construye con palabras, sino con hechos. El ejemplo que dan los educadores al educando es la pieza fundamental en su formación. La incongruencia entre el ser y el decir, o entre el ordenar y el actuar, traba el proceso, mismo que debe funcionar como una fina maquinaria de relojería, con absoluta precisión.

Entonces viene la pregunta: ¿Cómo vamos a lograr esa precisión si somos de carne y hueso, y nos equivocamos? Cierto, no podemos colocarnos por encima de nuestra condición de humanos para educar. Tenemos que hacerlo a partir de ello, con la mente despejada y el corazón abierto. Alejando las nubes tóxicas de nuestro panorama; documentando nuestro plan de vuelo con información veraz y confiable, y echando mano de la honestidad. Como padres, reconocer una falla, decir “me equivoqué” no nos disminuye frente a los hijos, por el contrario, revela nuestro auténtico afán de mejorar. En cambio, una mentira, una mala intención, nos restan puntos frente a ellos, los alejan y desencadenan la espiral de desconfianza. Frente a los alumnos corresponde desarrollar la autoridad moral. No queramos imponer por la fuerza la autoridad formal, mandando el mensaje de que un puesto de trabajo es licencia para transgredir el orden que pretendemos exigir a otros.

Como piezas de lego, una a la vez, revisando que corresponda al sitio donde debe ir acomodada. Colocándola con sumo cuidado, sin perder de vista la gran estructura que imaginamos con la mente y cobijamos con el corazón. Revisando de tramo en tramo la solidez del avance; cualquier falla del ensamblaje, para enmendar en el momento, antes de que nos venza la inercia de una falla que no se corrige con oportunidad.

El gran arquitecto imagina, calcula, se prepara. Y hasta entonces comienza a construir lo que será su edificación. Las cosas tienen un orden lógico, el cual no puede alterarse a capricho. La obra habla por su autor; da cuenta de su capacidad; lo representa. Por dicha razón es cuidadoso en la selección de materiales, en la planeación y ejecución. Vigila el desarrollo de la estructura; mide su firmeza y resistencia. Y así, de este modo, trabajo y tiempo dan los frutos deseados.

Como si trabajáramos con piezas de lego, es como se emprende la formación de un ciudadano. No hay que olvidarlo.
12 Enero 2020 04:00:00
Nuestra casa común
Tragedia en Torreón: Un alumno de primaria ingresa a su escuela con un arma de fuego y dispara. Hay pérdidas humanas, hay heridos. Hay angustia e incertidumbre.

No es el momento de repartir culpas, como si de un juego de cartas se tratara. Tampoco de condenar ni de pontificar.

Lo que menos hace falta son personajes que se asuman como expertos, queriendo ilustrar al mundo con su verdad.

Ahora es tiempo de ejercitar la compasión. Actuar de manera solidaria, comenzando por barrer la propia casa.

Tiempos muy difíciles viven nuestros niños, en un mundo carente de un marco de referencia, donde nada se asume como bueno o malo. Todo será según el enfoque con que se mire.

Nosotros actuamos con tibieza frente a la responsabilidad de ejercer la autoridad. Hasta parece que la colocamos en manos de los niños y cerramos los ojos.

Quizá porque venimos de hogares rígidos, actuamos deseosos de cambiar el sistema educativo. La realidad nos sale de frente para decirnos que no es el mejor de los caminos.

Esa indefinición entre bien y mal ha llevado a la normalización de la violencia. Se evidencia en canciones, videojuegos o películas. Además, está presente en noticieros y redes sociales.

Existen las clasificaciones de contenidos, pero en realidad nadie parece obligado a acatarlas. Además, hemos dado a nuestros niños patente de corso frente a los mismos.

En casa los menores viven aislados en una burbuja transparente. Los vemos a la distancia, sumidos en su mundo digital y nos convencemos de que todo está bien, de que tienen la madurez para elegir.

Un factor adicional en la ecuación es la culpa. En un mundo que marca elevados estándares económicos, papá y mamá tienen poco tiempo disponible para tareas ajenas al ámbito laboral. Ello genera culpa que más adelante buscará redimirse.

En el mejor de los casos el chico se adecua a lo que se espera de él. No necesariamente corresponde a lo que bulle en su interior, que llega a ser como olla de presión amenazante.

En otros casos los chicos expresan su malestar mediante conductas desafiantes. De ser así, nos tranquilizamos bajo la premisa de que son cosas de la edad, que ya pasarán.

Si dicha conducta filial llega a provocar un altercado, siempre habrá manera de intervenir para justificar y reparar el daño hecho.

El niño necesita arquetipos que orienten su conducta. Si no están accesibles en la realidad, los buscará entre los personajes de ficción, esos que se abren camino en la historia retando al sistema. Constituyen antihéroes a los cuales emular e imitar.

Algo preocupante, que da cuenta de lo anterior: En esta temporada navideña, las armas de fuego de juguete tuvieron muy alta demanda. Frente a dicha lectura habría que preguntarnos: ¿Por qué el niño quiere jugar a matar? Si el juego es un ensayo de la vida, ¿cómo la está visualizando?

Un comercial del siglo pasado anunciaba un medicamento en presentación infantil con la expresión: “El niño no es un adulto chiquito”.

Me parece buen momento para medir nuestra actuación ante dicho concepto. Alertarnos como educadores que todos somos, sacudiéndonos esa molicie que nos tiene paralizados, frente a elementos que llegan a nuestros niños para deformar su concepción del mundo.

Seguirá existiendo la normalización de la violencia, en tanto no actuemos como sociedad para evitar aquellos factores que la generan.

Los contenidos televisivos y digitales sobre narcotraficantes continuarán, siempre que haya mercado que los sustente. Mientras se sigan considerando historias interesantes para el público.

El niño seguirá soñando con ser sicario para tener mucho dinero, en la medida en que perciba que ese es el principal objetivo por alcanzar en la vida.

Los chiquitos necesitan padres y madres cercanos, cariñosos, que tengan tiempo para estar con ellos. Papás que expresen de manera tácita el amor que tienen a sus hijos. Los niños requieren vivir de forma cotidiana, el concepto de que las cosas más importantes de la vida no las da el dinero. Solo así conseguirán asimilarlo.

Las experiencias positivas y negativas de los pequeños no son “boberas” sin importancia. En su mundo cada una de ellas ocupa todo su espacio y deja marca para siempre. Nos corresponde estar a su lado y acompañarlos.

Dios conceda a las familias laguneras afectadas por la tragedia, reparación y consuelo. Nos corresponde actuar de manera solidaria para con ellos, pero, ante todo, introspectiva hacia nosotros mismos. Nuestros niños no son adultos chiquitos. Más vale que lo entendamos y actuemos en consecuencia. Necesitamos descubrir qué es aquello que cada uno de nosotros puede hacer, para contribuir al bienestar de la casa común. Una casa fundada por padres y abuelos, de cuyo avance somos arquitectos, y que justo ahora se tambalea.
12 Enero 2020 01:46:00
Nuestra casa común
Tragedia en Torreón: un alumno de primaria ingresa a su escuela con un arma de fuego y dispara. Hay pérdidas humanas, hay heridos. Hay angustia e incertidumbre.

No es el momento de repartir culpas, como si de un juego de cartas se tratara.

Ahora es tiempo de ejercitar la compasión. Actuar de manera solidaria, comenzando por barrer la propia casa.

Tiempos muy difíciles viven nuestros niños, en un mundo carente de un marco de referencia, donde nada se asume como bueno o malo. Todo será según el enfoque con que se mire.

Nosotros actuamos con tibieza frente a la responsabilidad de ejercer la autoridad. Hasta parece que la colocamos en manos de los niños y cerramos los ojos.

Quizá porque venimos de hogares rígidos, actuamos deseosos de cambiar el sistema educativo. La realidad nos sale de frente para decirnos que no es el mejor de los caminos.

Esa indefinición entre bien y mal ha llevado a la normalización de la violencia. Se evidencia en canciones, videojuegos o películas. Además, está presente en noticieros y redes sociales.

Existen las clasificaciones de contenidos, pero en realidad nadie parece obligado a acatarlas. Además, hemos dado a nuestros niños patente de corso frente a los mismos.

En casa los menores viven aislados en una burbuja transparente. Los vemos a la distancia, sumidos en su mundo digital y nos convencemos de que todo está bien, de que tienen la madurez para elegir.

Un factor adicional en la ecuación es la culpa. En un mundo que marca elevados estándares económicos, papá y mamá tienen poco tiempo disponible para tareas ajenas al ámbito laboral. Ello genera culpa que más adelante buscará redimirse.

En el mejor de los casos el chico se adecua a lo que se espera de él. No necesariamente corresponde a lo que bulle en su interior, que llega a ser como olla de presión amenazante.

En otros casos los chicos expresan su malestar mediante conductas desafiantes. De ser así, nos tranquilizamos bajo la premisa de que son cosas de la edad, que ya pasarán.

Si dicha conducta filial llega a provocar un altercado, siempre habrá manera de intervenir para justificar y reparar el daño hecho.

El niño necesita arquetipos que orienten su conducta. Si no están accesibles en la realidad, los buscará entre los personajes de ficción, ésos que se abren camino en la historia retando al sistema. Constituyen antihéroes a los cuales emular e imitar.

Algo preocupante, que da cuenta de lo anterior: en esta temporada navideña, las armas de fuego de juguete tuvieron muy alta demanda. Frente a dicha lectura habría que preguntarnos: ¿por qué el niño quiere jugar a matar? Si el juego es un ensayo de la vida, ¿cómo la está visualizando?

Un comercial del siglo pasado anunciaba un medicamento en presentación infantil con la expresión: “El niño no es un adulto chiquito”. Me parece buen momento para medir nuestra actuación ante dicho concepto. Alertarnos como educadores que todos somos, sacudiéndonos esa molicie que nos tiene paralizados, frente a elementos que llegan a nuestros niños para deformar su concepción del mundo.
05 Enero 2020 04:00:00
Dentro y fuera
Con el inicio del nuevo año todo va retornando a su estado habitual. Las fiestas terminan con la rosca de Reyes y los regalos para los niños. Las luces multicolores comienzan a apagarse, antes de ir a dormir un merecido sueño, en algún rincón de casa, bajo la oscuridad de una caja marcada en su exterior con la leyenda “Navidad”. Esos mismos adornos que lucieron calles y parques, comienzan a ser recogidos para el siguiente año. Volteamos atrás para examinar lo que fueron las dos o tres semanas de la temporada, y nos damos cuenta de que -una vez más-todo ha pasado, y la maquinaria de las rutinas vuelve a calentar sus motores por el siguiente período.

Al margen del sentido cristiano, núcleo de nuestras fiestas decembrinas, el punto en el que coincidimos todos, amén de las personales convicciones religiosas, es la convivencia con los seres queridos. Resulta una costumbre común que las familias se reúnan en la casa paterna, llegando a congregarse grupos de más de cincuenta o sesenta, descendientes de varias generaciones, para el reencuentro. Algo similar sucede con los amigos o colegas. Tal vez no coincidamos con ellos en el curso del año, pero la temporada decembrina constituye la mejor oportunidad para esa anhelada convivencia y actualización.

El paso del tiempo da cuenta de las diferencias que notamos en familiares y amigos. No en vano han pasado doce meses, o tal vez más, desde la última vez que nos vimos. Descubrimos entonces, y con gracia, que hay más niños, menos viejos; más canas y arrugas, o algunos kilos extra. Vamos viendo la aparición de bastones, andadores, prótesis y pastilleros. Dentro de nuestra mente cotejamos la imagen actual con la que conservamos de tiempo atrás, y entendemos que no en vano transcurre la vida. Lo más simpático del caso es que observamos todo aquello desde nuestra propia persona, esto es, cada uno de nosotros es el eje en torno al cual se despliegan los seres amados y sus cambios. Poco nos percatamos de que, para cada uno de ellos, nuestra propia persona forma parte de ese imaginario humano que, de igual manera, se habrá transformado con el tiempo. Dado que nos enfrentamos diariamente con nuestra propia imagen en el espejo, poco nos percatamos de las sutiles modificaciones que vamos experimentando. Del mismo modo, puesto que las limitaciones que va marcando la edad, son progresivas y lentas, no estamos conscientes de nuestra propia declinación en el tiempo.

De lo anterior viene la reflexión de que la vida pasa, y pasa para todos. Los niños crecen, los jóvenes terminan sus estudios, comienzan a trabajar o se casan. Los adultos van logrando sus propias metas, en tanto los mayores comenzamos un proceso de aminoramiento de nuestras propias capacidades. Frente a los amigos nos aceptamos con todo el equipaje como siempre ha sido; ante los colegas respecto a los cuales, en su momento, llegó a existir celo y afán de competencia, nos va ganando la tranquilidad y el buen humor. Cuando hemos andado una distancia considerable en el camino de la vida, entendemos que lo esencial está más allá de los logros materiales.

Dentro y fuera de nosotros mismos, éste es un excelente momento para medir lo logrado y dar gracias al cielo por ello. De la misma manera, es buen tiempo para reconciliarnos con la vida y admitir con simpatía las limitaciones que la edad va imponiendo.

Ahora es la ocasión de acercarnos a los jóvenes para animarlos a trazarse un proyecto de vida y seguirlo con fidelidad. A su edad es dado pensar que el tiempo no avanza, y que todo puede esperar. Muchas veces, para cuando se descubre que no es así, se habrán desperdiciado grandes oportunidades.

Buen momento para contagiarnos de la alegría de los más pequeños. Dejar de lado los rígidos prejuicios y comenzar a aprender de ellos la capacidad de vivir el aquí y el ahora, a profundidad, con sabiduría, como el único tiempo que en realidad nos es dado poseer.

Dentro y fuera del hogar, llevando un poco de ese espíritu de convivencia familiar a quienes más lo necesitan. Compartiendo algo de lo que nos es dado en abundancia. De este modo nuestro goce se multiplica. Los obsequios no tienen que ser costosos ni muy elaborados: Una palabra de aliento; una felicitación de temporada; un pequeño gesto de solidaridad para el que menos tiene y más disfrutará.

Dentro y fuera, hallando el verdadero sentido de la festividad que acabamos de celebrar. Que de ella quede algo aparte de desechos llevados por el viento o cosas que caducan. Sea la llama permanente que nos mueva a albergar el amor de Dios en nuestros corazones. A ponerlo en práctica mediante pequeñas, calladas obras cotidianas, a fin de cuentas, las más valiosas.
05 Enero 2020 03:31:00
Dentro y fuera
Con el inicio del nuevo año todo va retornando a su estado habitual. Las fiestas terminan con la rosca de Reyes y los regalos para los niños. Las luces multicolores comienzan a apagarse, antes de ir a dormir un merecido sueño, en algún rincón de casa.

Volteamos atrás para examinar lo que fueron las dos o tres semanas de la temporada, y nos damos cuenta de que –una vez más– todo ha pasado, y la maquinaria de las rutinas vuelve a calentar sus motores por el siguiente período.

Al margen del sentido cristiano, núcleo de nuestras fiestas decembrinas, el punto en el que coincidimos todos, amén de las personales convicciones religiosas, es la convivencia con los seres queridos. Resulta una costumbre común que las familias se reúnan en la casa paterna, llegando a congregarse grupos de más de 50 o 60, descendientes de varias generaciones, para el reencuentro. Algo similar sucede con los amigos o colegas. Tal vez no coincidamos con ellos en el curso del año, pero la temporada decembrina constituye la mejor oportunidad para esa anhelada convivencia y actualización.

El paso del tiempo da cuenta de las diferencias que notamos en familiares y amigos. No en vano han pasado 12 meses, o tal vez más, desde la última vez que nos vimos. Descubrimos entonces, y con gracia, que hay más niños, menos viejos; más canas y arrugas, o algunos kilos extra. Vamos viendo la aparición de bastones, andadores, prótesis y pastilleros. Dentro de nuestra mente cotejamos la imagen actual con la que conservamos de tiempo atrás, y entendemos que no en vano transcurre la vida.

Lo más simpático es que observamos todo aquello desde nuestra propia persona, esto es, cada uno de nosotros es el eje en torno al cual se despliegan los seres amados y sus cambios.

Dado que nos enfrentamos diariamente con nuestra imagen en el espejo, poco nos percatamos de las sutiles modificaciones que experimentamos. Del mismo modo, puesto que las limitaciones que va marcando la edad, son progresivas y lentas, no estamos conscientes de nuestra propia declinación en el tiempo.

De lo anterior viene la reflexión de que la vida pasa, y pasa para todos. Los niños crecen, los jóvenes terminan sus estudios, comienzan a trabajar o se casan. Los adultos logran sus metas, en tanto que los mayores comenzamos un proceso de aminoramiento de nuestras capacidades. Frente a los amigos nos aceptamos con todo el equipaje como siempre ha sido; ante los colegas respecto a los cuales, en su momento, llegó a existir celo y afán de competencia, nos va ganando la tranquilidad y el buen humor. Cuando hemos andado una distancia considerable en la vida, entendemos que lo esencial está más allá de los logros materiales.

Dentro y fuera de nosotros, es un excelente momento para medir lo logrado y dar gracias al cielo por ello.  De la misma manera, es buen tiempo para reconciliarnos con la vida y admitir con simpatía las limitaciones que la edad impone.

Ahora es la ocasión de acercarnos a los jóvenes para animarlos a trazarse un proyecto de vida y seguirlo con fidelidad.  A su edad es dado pensar que el tiempo no avanza, y que todo puede esperar. Muchas veces, para cuando se descubre que no es así, se habrán desperdiciado grandes oportunidades.

Buen momento para contagiarnos de la alegría de los más pequeños. Dejar de lado los rígidos prejuicios y comenzar a aprender de ellos la capacidad de vivir el aquí y el ahora, a profundidad, con sabiduría, como el único tiempo que en realidad nos es dado poseer.

Dentro y fuera del hogar, llevando un poco de ese espíritu de convivencia familiar a quienes más lo necesitan. Compartiendo algo de lo que nos es dado en abundancia. De este modo nuestro goce se multiplica. Los obsequios no tienen que ser costosos ni muy elaborados: Una palabra de aliento; una felicitación de temporada; un pequeño gesto de solidaridad para el que menos tiene y más disfrutará.

Dentro y fuera, hallando el verdadero sentido de la festividad que celebramos.  Que de ella quede algo aparte de desechos llevados por el viento o cosas que caducan. Sea la llama permanente que nos mueva a albergar el amor de Dios en nuestros corazones. A ponerlo en práctica mediante pequeñas obras cotidianas, a fin de cuentas, las más valiosas.

29 Diciembre 2019 04:00:00
Frente al tiempo
Fin de año: Un cruce de caminos. Momento para detener la marcha, medir el rumbo de los propios pasos y reorientar el destino.

Ocasión de plantarme ante el reloj para evaluar el año que concluye. Definir lo que ahora soy, en contraste con lo que fui hace justo un año. Todo ello frente al yo ideal que pretendo alcanzar.

Las horas del año que fenece huyen escurridizas, como evitando el momento de llevar a cabo este examen de conciencia, de cara al que debe de ser el juez más estricto: Mi propio yo.

Quiero medirme por el cumplimiento de los propósitos que me planteé hace doce meses. Hasta qué punto culminé en hechos lo que me prometí. Las buenas intenciones son como una alfombra de hojas secas colocada encima de una oquedad de muerte. Al momento de pisarla, nos hundimos.

…Ocasión de determinar si aquello que pretendí hacer por los demás, partió del amor propio. Si supe prodigar lo necesario para mí, antes de salir a tender puentes más allá de mi propia persona. Cuidando para que no sean puentes sin anclaje, que se vendrían abajo.

Hoy requiero evaluar si mis acciones han nacido de la auténtica generosidad, alejadas del bullicio escandaloso de la autocomplacencia. Determinar si mis pasos fueron silentes y mi boca discreta.

Es tiempo de medir cuánto he aprendido de la vida, a través de sus variados maestros: La naturaleza; los libros; los ancianos; los niños; los compañeros de camino que guían mi ruta; los que van a mi lado. Cada uno posee su propia verdad de la cual mucho se aprende.

Deseo saber cuántas horas he pasado en la labor de dominar algo nuevo, y cuántas he desperdiciado rumiando asuntos que me son ajenos, y que finalmente no me corresponde juzgar. Entre más noble el corazón, más ocupada la razón, y más gentil la lengua.

Hoy es el mejor momento para evaluar el nivel de gratitud, hacia todos aquellos que me han permitido llegar hoy a este cruce de caminos: En primer lugar Dios; la familia que me trajo al mundo y la que me sostiene; las manos que trabajan porque yo pueda tener lo necesario en tiempo.

Quiero dar gracias por los amigos transparentes y leales, cuya presencia es bálsamo gozoso. Mediante su acompañamiento entiendo cómo es que el cielo se vale de algunos seres humanos, para hacerse presente en la vida de otros, de la mejor manera.

Así mismo quiero dar gracias por quienes me han hecho trastabillar y dudar. A través de sus acciones puse a prueba mis recursos, y aprendí a conocerme de un modo aún más profundo. Hoy los bendigo por ayudarme a crecer.

Gracias doy a la vida por la palabra, vehículo que me permite expresar ideas y sentimientos. Espejo frente al cual aprendo más de mi propia persona y de la vida. Medio a través del que he procurado tocar la vida de otros. Difícil saber si lo logré, así que me ocupo en seguir intentándolo.

Frente al tiempo y la muerte, entiendo que nuestro paso por este mundo es transitorio, y que en cualquier momento la vida se interrumpe, así nada más, sin pedir permiso. De este modo nos corresponde amanecer cada mañana con la capacidad de asombro del niño pequeño, para vivir a profundidad. Y al caer la noche, irnos a dormir con la serenidad bendita de un bebé de brazos, habiendo cumplido por ese día.

Para el tiempo que venga, quiero aprender a recibir cada jornada como quien recibe el mejor regalo. Hacer de ella una oportunidad de crecimiento, y una vez que transcurre, cerrarla con santa alegría.

Quiero enfocarme en los aspectos positivos, y desestimar aquellas cosas que no siempre salen como se espera. Que no sean motivo de pesadumbre.

…Aprovechar todo momento como ocasión para descubrir cosas que vuelvan la vida más rentable, de modo de invertir lo que soy con entusiasmo, y recibir réditos que acrecienten mi gozo.

Quiero tener la capacidad para sustraerme de la vorágine consumista, para recordar que lo mejor de este mundo tiene un valor tan alto, que no se mide en pesos y centavos.

Darme a la tarea de agradecer cada bendición que llega a mi vida. Hacerlo de manera oportuna, sin escatimar, evitando caer en la soberbia actitud de quien cree que todo lo merece.

Cada día que pasa estoy más cerca de la meta final. No quiero que esta me sorprenda con la mochila vacía, sin haber aprovechado el tiempo en prepararla.

Que el paso de los siguientes meses vuelva dócil mi corazón y prudente la razón, hasta entender que los apegos anclan, tanto así, que llegan a impedir al espíritu elevar el vuelo.

Termino el año con una sonrisa de agradecimiento, e inicio el nuevo con una más de entusiasmo: Por la vida y la oportunidad de ser más feliz cada día, del tiempo que me sea prestado. Quiero poder desarrollar al máximo un firme propósito: Aprender el arte de vivir justo así, con el gozo inagotable de los niños pequeños.

¡Feliz 2020!
22 Diciembre 2019 04:00:00
La mejor Navidad
La Navidad está aquí, a unos cuantos días. Calles y comercios lucen atestados con motivo de las compras de último minuto. Las delicias culinarias comienzan a aparecer sobre las bien adornadas mesas familiares; la dieta se toma un receso, al menos de aquí a fin de año. La ilusión de los niños cintila con los foquitos multicolores del pino navideño. ¡Vaya! hasta el frío más extremo es recibido con beneplácito, como parte de la estampa navideña que habremos de coleccionar, para recordar dentro de cierto tiempo, a veces con nostalgia, ante la imagen de alguno de nuestros seres queridos que para entonces se habrá adelantado en el camino.

Así es la Navidad, época del año en que la fantasía tiene permiso de liberarse de la sujeción del sentido común, y vagabundear libre, llevada por los sonidos, las luces y el bullicio de temporada. Los olores a canela del ponche navideño, o los tamales recién salidos de la olla, son de esas delicias que difícilmente habrán de faltar en cualquier hogar mexicano. Entre algunas familias son resultado del ahorro a lo largo del año, de la generosidad de unos para con otros, o quizá se han costeado mediante un préstamo que habrá de pagarse en el tiempo venidero.

La navideña es temporada para recordar, que es válido permitir a nuestro niño interior aflorar, asombrarnos y reír por las cosas más simples. En ocasiones pareciera que el resto del año se halla cancelado cualquier permiso para divertirnos, así que aprovechamos al máximo nuestras vacaciones en el calendario de la formalidad, ése que habrá de regirnos por los siguientes once meses.

En medio de la algarabía de temporada, nuestro corazón nos conduce hacia el origen de la celebración: El amor más grande que nos invita a hacer lo mismo a partir de nuestra condición imperfecta. Llama a hacerlo, a lanzar la nave desde el puerto del amor propio, enfocados en mirar a otros a partir de su propia realidad, no de la nuestra, para entregarnos a ellos con profundidad. Nochebuena nos convoca a despojarnos de los elementos frívolos, para vivir a profundidad la empatía, hacerlo mediante acciones tangibles, más allá de las buenas intenciones. Donar algo de lo que somos y tenemos, --algo valioso, no lo que nos sobra-- que signifique un elemento del que cuesta desprenderse. Una donación que se hace con amor, desde el silencio, sin mayores anuncios. Dar algo que a otra persona va a hacer mucho bien.

Habría que recordar las navidades de nuestra infancia, aquellas en las cuales nos aproximábamos al nacimiento con un asombro que sólo a los niños es dado albergar. Nos maravillábamos al recorrer con la vista una por una las figuras que simbolizan los personajes propios de la temporada: María y José; los pastores y las bestias, los tres sabios de oriente. Más allá el pozo de agua, la fogata, el lago con sus patos; en esencia, todos las criaturas más sencillas que acuden al llamado del cielo. Sobre el pesebre de paja el ángel que anuncia la venida del Mesías, y al fondo la infaltable estrella de Belén.

Así, con ese asombro infantil, libre de las sujeciones de la razón, se vive la mejor Navidad. Dispuestos a compartir un poco de aquello que, para nuestra fortuna, se nos ha dado en suficiencia. Siempre hay ocasión de ser generosos, en particular hacia quienes menos tienen. Es un simple acto de reciprocidad frente a la vida, una manera tangible de expresar nuestro agradecimiento por lo que tenemos en nuestra familia, dentro del hogar, sobre la mesa.

Demos un receso a la competitividad, a la ostentación, al afán de comprar más y más, como si cada nueva adquisición nos definiera, para descubrir más delante que no es así, y quedarnos con una sensación aún mayor de vacío. En el silencio frente a Jesús niño entendamos que en la vida no hay mejores o peores seres humanos. Venimos de una misma casa y hacia allá vamos, cada uno por diferente camino, hallando a lo largo del mismo, magníficas ocasiones para el crecimiento interior. Con el asombro de un niño pequeño entendamos, de una vez por todas, que medirnos por lo material es caer en el terreno de lo intrascendente, a manera de deslumbramientos instantáneos que pronto caducan.

Hagamos de ésta una celebración que recordemos por siempre, no en una fotografía sino con el corazón. Una fecha distinta, vivificante, transformadora. Descubramos que, en la alegría de dar y compartir, crece nuestra abundancia de lo único que, finalmente, habremos de llevarnos cuando muramos.

¡Felices fiestas
15 Diciembre 2019 04:00:00
Comunicar y crecer
“No se puede amar lo que no se conoce” reza el refrán popular. Estoy de acuerdo con esta expresión, máxime ahora que vivimos tiempos que dejan poca oportunidad para el conocimiento. Nos hemos convertido en una cultura “light” con relaciones superficiales, gustos superfluos y cambiantes, que en el fondo dan cuenta de un alto grado de insatisfacción personal.

Tal vez solo los monjes tibetanos consigan zafarse de la influencia de la comunicación digital, en la que la humanidad se halla inmersa. De una u otra forma, todos guardamos una relación con los contenidos y las vías de transmisión.

Hace un par de días, en cierto canal televisivo dedicado a la gastronomía, una conductora lanzó un par de pifias preocupantes. Hablaba sobre el noroeste de nuestro país, y mencionó a la letra: “Los estados de Hermosillo y Sonora”. Me pareció producto de la distracción más que otra cosa, sin embargo, un rato más delante, al hablar sobre el recorrido del tren conocido como “El Chepe”, mencionó que salía “de la ciudad de Chihuahua en el estado de Coahuila”. Resulta una inocentada para quienes somos mexicanos e identificamos el error, no obstante, hay que tener en cuenta que el programa se transmite en diversos países, y que –como medio de comunicación—está obligado a mantener un elevado nivel de calidad.

La tecnología digital ha generado en nosotros urgencias, distracciones y prisas. Los jóvenes de hoy en día no se explican cómo es que antes, cuando no existía la telefonía móvil, nos comunicábamos unos con otros. Cierto, en esos tiempos la palabra tenía un peso específico mucho mayor que hoy en día. Si decíamos “a las 5 de la tarde en la puerta del cine”, era a esa hora y en ese lugar, ya que, de otra forma, se generaba un problema para todos. Cierto, había sus excepciones, personas muy informales, pero en general todos cumplíamos más que en los tiempos actuales.

Tal vez el inicio de la televisión obligaba a tomar las cosas muy en serio. Las primeras telenovelas --teleteatro--, a inicios de los años sesenta, se transmitían en vivo, y durante la actuación había interrupciones para publicidad comercial. Desde atrás de la mampara del fondo, aparecía un personaje con el producto por anunciar. Así recuerdo a Jorge Lavat haciendo publicidad a “Glostora”, un fijador de cabello en gel. Es de los pocos recuerdos que conservo de tales programas, para los cuales no tenía permiso paterno para ver. En la actualidad subir contenidos a la red es muy sencillo; casi cualquier persona puede hacerlo. Se pierde la formalidad de otros tiempos y se multiplican las formas de alejarse de la verdad, ya por desconocimiento o falta de cuidado, como el caso de la conductora que mencioné, ya porque se imprima un sesgo informativo que beneficie a determinados intereses.

No deja de sorprenderme la forma automática en que una persona mantiene su vista fija en la pantalla de su equipo digital, y cómo atiende de manera inmediata cualquier mensaje entrante. Su actitud sugiere que se ha sacado la lotería y espera ser notificada dónde cobrarla. Es tal la utilización de redes sociales, que termina por descuidarse lo que se dice y como se dice, dando pie a mensajes confusos y en ocasiones contradictorios. El lenguaje con frecuencia es limitado, poco preciso, y no da cuenta del estado de ánimo de quien lo envía. Se concreta a formulismos telegráficos que no proporcionan mayor idea del contenido de fondo y todo aquello que lo rodea. Ahora bien, en cuanto a la veracidad de los mensajes, nos corresponde ser lectores con cierto grado de malicia, para no dejarnos embaucar por cuestiones alejadas de la realidad. El término “fake news” que puso a circular Donald Trump, bien vale la pena entenderlo y contar con elementos suficientes para detectar un mensaje apócrifo. Ya sea porque lo que dice no es cierto, ya porque hay en el fondo una verdad, pero en la forma de presentarla está el gancho para inducir nuestra respuesta en un sentido que le interesa al autor lograr.

Cuando no tenemos mayores elementos de juicio para discriminar entre un sitio auténtico y uno falso, nos lanzamos como el marino sin compás magnético, a navegar por mera intuición, lo que no garantiza en absoluto un feliz arribo a puerto.

Es menester leer, no simplemente pasar la vista por lo escrito, sino emprender una lectura de comprensión. Cuando logramos poner en palabras propias lo leído, podemos decir que hemos entendido un texto, antes no. Expresarnos con claridad, cuidando la ortografía y la sintaxis, permite intercambiar contenidos claros entre unos y otros. De otra forma, cuando hablamos a medias y de manera descuidada, corremos el riesgo de ser malinterpretados.

Crezcamos como sociedad mediante la forma como nos expresamos.
08 Diciembre 2019 04:00:00
Karen y el efecto “bola de nieve”
Vivimos en un país con elevados índices de violencia contra las mujeres. Semana a semana continúan aumentando los casos de feminicidio, mujeres que terminan muertas de una forma terrible, en ocasiones a manos de sus propias parejas. Los casos difícilmente son atendidos como se debería; en muchas ocasiones se esgrime el argumento de que la mujer “se lo buscó”, lo que ha condicionado rechazo y protestas por parte de la mitad de la población que vive en riesgo. Ahí tenemos las manifestaciones masivas que se asociaron a daño patrimonial, y por otro lado están las expresiones colectivas civilizadas, las cuales han sido bien acogidas por la ciudadanía.

La variedad de agresiones es incontable, y no vendría al caso enumerarlas. Sabemos que se presentan en la vía pública, en los servicios de transporte y dentro del hogar, principalmente. Dado que en todos estos casos subyace el núcleo de la violencia, cualquier motivo constituye un detonante para que se exprese en sus diversas modalidades, ya sea mediante la palabra, el ataque físico o la agresión sexual. La cifra de feminicidios en nuestro país se ha cuadruplicado en los últimos años, lo que convierte a México en un sitio de alto riesgo para el sexo femenino. Las alertas Amber se multiplican mediante redes sociales para difundir la información de una posible mujer desaparecida. Por desgracia muchas de ellas, luego de algunos días, son localizadas sin vida.

En dicho tenor, en el curso de esta semana, se difundió el caso de Karen, una joven mujer de la ciudad de México, quien abordó un taxi por la noche. En un punto de su recorrido envió un mensaje a su madre mencionando que el conductor actuaba de forma sospechosa. La madre le solicitó su ubicación, misma que ella envió; eso fue lo último que se supo. A partir de ese momento se generó una serie de comunicaciones a través de redes sociales, que, gracias al efecto “bola de nieve” terminaron por incrementar aún más la angustia de los familiares y la indignación de los internautas, que la creyeron violentada. Finalmente se supo que Karen nunca estuvo en riesgo, como todo México llegó a pensar. Simplemente tomó una decisión irreflexiva que tuvo graves consecuencias.

Lo anterior me hizo recordar aquella transmisión por radio que llevó a cabo Orson Welles en 1938. Durante su programa radiofónico decidió leer fragmentos de la novela “Guerra de los mundos” de H.G. Wells, cuya trama habla sobre la invasión de marcianos a nuestro planeta. El actor y locutor leía un fragmento y en seguida metía algo de música. Fue algo que hizo en varias ocasiones, sin percatarse de que, quienes sintonizaron el programa ya comenzado, dieron por ciertos los hechos que narraba. Ello produjo una psicosis en la ciudad de Nueva York, donde la onda sonora alcanzaba a llegar.

Algo similar ocurrió en el caso de Karen, en un escenario que –por desgracia-- nos predispone a todos a pensar mal, en particular a partir del desafortunado mensaje que la joven envió a su madre, antes de apagar su teléfono celular. Ahora, cuando la verdad se sabe, el linchamiento va en sentido opuesto, contra la mujer, por haber condicionado la crisis que se generó.

Esta coyuntura es un momento inmejorable para que cada familia establezca un código de seguridad, que permita detectar cualquier situación de riesgo para alguno de sus integrantes. Y en un dado caso, actuar con sensatez para que el daño sea mínimo. En lo personal me sorprende el número de ocasiones en que un asalto con violencia termina en trágica muerte, porque el propietario del bien que se busca robar se opone al hurto. Nada hay en este mundo que tenga un valor superior a la propia vida. Si en casa se hace hincapié en ello, podremos actuar de la mejor manera en todo momento. Ahora bien, con relación al riesgo de ser levantado o lesionado, una buena forma de saber dónde anda el que está fuera de casa, es compartiendo la ubicación desde el aparato celular. Cuando se trata de menores de edad, la aplicación debe estar activada de manera continua. En el caso de los adultos, al menos en los trayectos. Otra buena estrategia es desarrollar el hábito de reportarnos unos con otros durante el día. Y una cosa más, hablar con la verdad. Cuando se trata de adultos decir “estoy en un bar” o “estoy en una fiesta”, como son las cosas, nada más. Que haya confianza, prudencia y verdad entre los integrantes de la familia.

Estas cuestiones son de vida o muerte. Frente a ellas nos corresponde actuar de manera responsable. Para fortuna nuestra nos hallamos en un tiempo en el que la tecnología apuesta a nuestro favor, y así habrá que sacarle provecho. Utilizar el móvil de manera inteligente, como una verdadera herramienta de seguridad.

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01 Diciembre 2019 04:00:00
Consumir o trascender
Ha comenzado la temporada navideña. En mayor o menor grado, todos nos vamos contagiando de ese espíritu festivo, más allá de la conmemoración cristiana de la venida de Jesús. Las casas comerciales están preparadas para la ocasión, ofrecen mercancía de temporada para todos sus clientes. El consumismo se expresa más que en ninguna otra época del año, se vuelve contagioso como el sarampión. Difícil zafarnos de la tendencia que impulsa a comprar y comprar. Somos víctimas de trampas mercadológicas. Nos dejamos llevar por símbolos utilizados para potenciar nuestro consumo. No es tanto la necesidad como el ánimo gastalón lo que nos mueve, cuando estamos en medio de una masa de compradores que pepena cuanto tiene al alcance.

Vivimos en la cultura de lo desechable, desde calcetines hasta mansiones. Esta señala que ahora es tiempo para renovar o actualizar elementos de uso personal o doméstico que aún funcionan, pero que la onda mercadológica llama a sustituir. Imágenes capturadas en el llamado “viernes negro” norteamericano, dan cuenta de la forma como esos afanes consumistas, convierten a los compradores en una marejada incontenible, que arrastra todo a su paso. Los incidentes reportados para esa fecha, en aquel país, arrojan datos preocupantes, de personas lesionadas e inclusive muertas, a causa del caos humano dentro de las tiendas. Ello, al margen de lo que implica el gasto y la generación de basura en torno a esas compras de locura. En nuestro país no ocurre algo tan dramático en el llamado “Buen Fin”, no obstante, es un hecho que, a lo largo de la temporada navideña, gastamos más de lo que teníamos contemplado hacer. Como si el afecto se midiera en términos de pesos y centavos. O lo que es peor, tal vez hacemos compras sin estar conscientes de la razón por la que adquirimos dicha mercancía.

Lo que ocurre allá afuera es reflejo de lo que se desarrolla dentro de nuestros hogares. Salir con el manojo de billetes en las manos, para ver en qué los gastamos, indica que algo nos está faltando en otras esferas. Buscamos la gratificación en esos objetos que nos lanzamos a comprar, tantas veces sin una razón utilitaria. Caemos víctimas de los intereses de productores y vendedores, sin detenernos por un momento a reflexionar cuál es la razón por la que compramos esto o aquello. Tal vez dentro del hogar no estamos encontrando reconocimiento, quizá las vías de comunicación se han descuidado, y la casa se vuelve más una posada que un hogar vivificante. Comprar constituye una forma de sentirnos vivos, al menos por un rato.

El planeta enfrenta una grave contaminación. Los humanos generamos mucha basura, que contribuye de manera terrible a incrementar los niveles de contaminación del medio ambiente. Entre dichos desechos “pienso” están en un primerísimo lugar los plásticos y los electrónicos. Cuando echamos a la basura aparatos, estamos contribuyendo a contaminar agua y suelo con elementos tóxicos, que permanecerán ahí en forma indefinida. De acuerdo con el Observatorio mundial de los residuos electrónicos 2017, en México se consume un promedio de 10 kilogramos de desechos de este tipo por habitante, de los cuales no llega ni a la quinta parte la cantidad de los que son recogidos y reciclados. El abaratamiento de aparatos de comunicación e información genera en forma directa un mayor consumo, y por ende un incremento en la basura electrónica.

En esta temporada navideña, es bueno preguntarnos cada uno de nosotros, qué necesitamos para celebrar con los seres queridos. Qué planeamos comprar. Qué quisiéramos adquirir, pero en realidad no nos hace falta. Luego, organizar la economía en torno a ello. Y, sobre todo, enfocar la celebración como lo que en realidad es, una ocasión para la reflexión personal, para el reencuentro, la alegría y la creación de memorias que perduren con el tiempo. Podemos hacer un pequeño ejercicio: Recordar nuestras propias celebraciones familiares de infancia, e identificar dentro de ellas, qué elementos fueron los más importantes. Revisemos si en realidad era el precio de los regalos, o más bien aquello que rodeaba al acto de regalar. Descubramos si las viandas en la mesa familiar nos proporcionaban un goce de acuerdo con lo que costaron, o si en realidad fueron otros elementos como la armonía, el hecho de ser tomados en cuenta como niños, la camaradería entre primos o vecinos… ¿Qué contienen esos recuerdos de temporada, que aún hoy siguen vivos en nuestro interior…? Una cosa es cierta, cualesquiera que hayan sido, no se compraron con dinero. ¿Qué tal si esta vez los regalamos a nuestros seres queridos para tejer memorias imborrables?.

Privilegiemos en esta temporada los sentimientos. El único regalo sin fecha de caducidad.

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24 Noviembre 2019 04:00:00
Ver con otros ojos
Cierto conocido expresó que aprender una nueva lengua está pasado de moda, cuando la tecnología nos facilita la traducción de un idioma a otro sin mayores dificultades. Mi lectura es distinta: Aprender una lengua nos permite explorar a profundidad nuevas culturas, que de otra manera no habríamos tenido oportunidad de conocer. Proporciona la ocasión de entender los estilos de vida de países que hablan la lengua que se estudia, de modo de ampliar nuestro horizonte, y por qué no, entablar relaciones interpersonales que mediante un traductor digital no podrían haberse desarrollado.

Ha sido de ese modo como hace un par de años, poco más, me inicié en el aprendizaje del idioma francés, actividad que gozo enormemente. Como una forma de ampliar los conocimientos, me he suscrito a algunos sitios francoparlantes, y ha sido en uno de ellos donde me hallé una nota que dio pie a la presente colaboración. En una población de la región de Auvergne, Francia, el padre de un alumno de preparatoria amenazó a uno de los maestros, de manera que toda la plantilla de enseñantes decidió acogerse al “derecho de desistimiento”, una figura jurídica de la Ley Laboral francesa, que faculta a los ciudadanos para actuar frente a una amenaza que ponga en peligro la salud o la vida. De este modo los profesores asistirán a sus labores, pero permanecerán en silencio toda la jornada. La nota viene acompañada de una fotografía en la que aparecen todos los maestros solidarizándose con el afectado. Expresan que la amenaza a un profesor es una falta seria, razón por la que buscan evitar que hechos como ese se repitan a futuro.

Se antoja como una forma altamente civilizada de solidaridad, manifestar el respaldo al problema de un compañero de trabajo, sin apasionamientos que puedan derivar en violencia. Lo contrasto con casos de linchamiento presencial o digital que hemos tenido en nuestro país. A partir de una supuesta falta, un grupo de individuos ejercen represalias contra quien o quienes se consideran responsables de la misma. Ha habido lamentables casos de personas muertas en linchamientos, que posteriormente se descubre que eran inocentes. Los ánimos se caldean de modo irracional, y el actuar en forma colectiva provoca dos fenómenos singulares: La acción se intensifica y la culpa se diluye, de manera que el grupo se convierte en una criatura monstruosa capaz de acabar con aquel o aquellos a quienes se les ha señalado como autores de determinado delito.

Una forma novedosa de linchamiento es la digital. Difícilmente, quien participa en redes sociales, podrá aseverar que nunca ha estado involucrado en algo así. Todo comienza cuando se atribuye determinada conducta a una figura pública, y a partir de ello comienza la andanada de críticas que rápidamente escalan de nivel, hasta tornarse sumamente agresivas. En el espacio digital se constituyen dos partidos opositores, uno formado por quienes tachan a la figura pública, y el otro por quienes la defienden. Cuando revisamos el hilo de estas conversaciones, podemos identificar el momento en que se pasa de lo directamente relacionado con la conducta que inició el señalamiento, al terreno personal o familiar de los participantes.

En el Congreso de Periodismo Cultural celebrado en la provincia de Santander, España, el pasado mes de abril, se catalogó el hostigamiento digital como un debate social cargado de “furia tóxica”, que contamina personajes e instituciones, destruye reputaciones y representa una especie de campo minado. En poco más de quince años de existencia de las redes sociales, lo que originalmente se contempló como algo capaz de ampliar la comunicación interpersonal, se viene convirtiendo en un circo romano. La furia y el resentimiento son los grandes protagonistas.

El excesivo manejo de hechos de violencia, a través de los medios de comunicación, nos va volviendo insensibles con el tiempo. Si los canales informativos nos saturan de manera constante, con noticias que dan cuenta de las acciones más hostiles entre humanos, llega un punto en que tales hechos dejan de sorprendernos. De manera paradójica, como que vamos necesitando una dosis mayor de violencia, para que aquello que se está comunicando capture nuestra atención. Algo similar sucede en redes sociales. En uno y otro caso, la censura es muy relativa, de modo que esa “normalización” de hechos sigue creciendo en nuestra mente, llevándonos a interpretar que dicha violencia forme parte integral de nuestra sociedad.

Expandir nuestro horizonte al conocer otras formas de vivir, y de resolver problemas, nos provee de mejores herramientas para enfrentarlos. Viajar, leer o aprender una lengua son excelentes modos de comenzar a ver las cosas con otros ojos.

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17 Noviembre 2019 04:00:00
El buen principio
Desde el 2011 existe “el Buen Fin”. Programa que permite al comercio incrementar sus ventas, en tanto al cliente le facilita adquirir a mejor precio un producto. Hay lamentables excepciones como sería encarecer la mercancía previo al Buen Fin, para luego “rebajarla” tramposamente.

A lo largo de la temporada prenavideña, inmersos en un sistema capitalista, es difícil sustraernos de la tendencia al consumo. En el mejor de los casos se compra aquello que previamente se planificó adquirir y que va acorde con nuestro bolsillo. Lo que en realidad suele suceder, es que el canto de las sirenas nos embelesa y terminamos gastando más de lo previsto, ya sea porque compramos mercancía que en realidad no necesitamos, ya sea porque nos excedemos del presupuesto destinado para un artículo en particular. Con el Buen Fin inicia ese canto seductor que invita a vaciar los bolsillos y las cuentas bancarias, más ahora que las empresas adelantan parte del aguinaldo decembrino a noviembre para que el trabajador cuente con liquidez para sus compras.

El buen fin es un término persuasivo. Más que a fin de semana, considero que este eslogan hace referencia a “finalidad”, y de manera secundaria a inteligencia. Así entonces, comprar en estos días significa que somos personas brillantes que saben hacerlo, pues destinan su dinero para una finalidad de gran valor. Nos envuelve el mercantilismo de este modo para colocarnos en la dirección de los centros comerciales a comprar artículos que en realidad no pensábamos adquirir. Cierto, hoy en día muchos productos vienen de fábrica con una vida media corta que nos obliga a sustituirlos después de determinado tiempo de uso. Los puestos de “reparación de licuadoras y de planchas” son piezas de museo, junto con aquellos otros dedicados al zurcido de medias de seda, o a la colocación de medias suelas. La tendencia consumista es adquirir, utilizar y desechar, ya sea porque el artículo es irreparable, ya sea porque pasó de moda y el sistema nos lleva a comprar el modelo que recién acaba de salir. ¡Y luego nos sorprende la gran cantidad de basura que hay en el mundo! Un ejemplo personal, mi teléfono móvil cumplió 3 años de uso y ya está presentando fallas. Difícilmente conseguiré quién pueda repararlo, además de que permanecer 3 días sin teléfono, mientras lo revisan, me complica la existencia. ¿Lo más práctico? Adquirir otro aparato, y si es en este fin, más barato y con diversidad de formas de pago. Entonces iré a sacar uno nuevo y botaré el anterior. Cosa curiosa, mi plancha, de manufactura nacional que acabo de sustituir, duró casi 25 años.

El consumismo tiene por consigna crear necesidades en el consumidor: Algo mejor, más grande, más potente, más bonito. Algo distinto para estar al último grito de la moda. Algo que refleje nuestra clase. ¡Y caemos!

Todos conocemos esa sensación de dejarse llevar sin preocupación. “Sans souci”, como la canción. Sin embargo, dichos ratos de deleite pueden resultar muy costosos a la larga, sobre todo cuando descubrimos, poco tiempo después, que hicimos una compra compulsiva, y que ahora tenemos en casa algo que no utilizamos, que resulta hasta estorboso, el cual terminará en un rincón, o en un bazar de caridad.

Atendiendo las leyes de la física, en el extremo opuesto al fin está el principio, donde todo comienza. Habría pues que preguntarnos qué sucede si modificamos el principio, planificando nuestras compras, tanto de consumibles como de no consumibles. Y para estos últimos establecemos prioridades, conforme al costo o a la utilización de los productos. Ya entonces decidimos qué vamos a comprar, en qué momento y cómo se pagará.

No es tarea fácil zafarnos de las garras del consumismo. Convertirnos en una especie de monjes tibetanos para practicar el desapego respecto de los bienes materiales. Nos hallamos en un sistema acostumbrado a tasar lo que somos en función de lo que tenemos, o bien conforme a nuestro poder adquisitivo. Una función básica del ser humano es la de reconocimiento, desarrollamos el apremio de ser reconocidos por los demás, y si el modo de conseguirlo –según dicta el sistema económico—es adquiriendo, pues entonces adquirimos. De este modo basamos, falsamente, la valía humana de acuerdo con elementos externos, y en tener o carecer, irán variando nuestros estados de ánimo, de la euforia a la profunda depresión.

El buen principio: Conocernos a nosotros mismos. Descubrir qué es aquello que nos distingue de los demás y nos vuelve únicos. Luego utilizarlo para relacionarnos con otros, tender puentes, construir y crecer. Rodearnos de personas que piensan de forma similar, para así fortalecernos. A partir de ello generar sociedades con más valores intrínsecos y menos apegos materiales.

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10 Noviembre 2019 04:00:00
Niños en la mira
Dentro de una sociedad hay principios que se consideran universales. Una serie de eventos recientes, nos demuestran que esto ha perdido vigencia, que son otras las prioridades que dirigen el rumbo de la nave llamada México.

Uno de tales casos, es el de la familia Le Barón. Aquel principio que indicaba “mujeres y niños no se tocan”, se pulverizó. La varonía de los hombres que se enfrentaban unos a otros, huele a podrido cuando se dirige contra madres de familia y sus hijos pequeños. Surgen argumentos en un sentido y en el otro, algunos para señalar que miembros de esta comunidad mormona estaban involucrados en actividades ilícitas. Aún si ese fuere el caso, el principio de excluir de la lucha armada a las mujeres y sus familias, sigue vigente. Por simple dignidad.

La escalada de violencia en nuestro país ha avanzado a niveles que jamás hubiéramos imaginado. Uno de los elementos que más daño viene provocando, es la “normalización”. Esto es, debido a su frecuencia, nos parece normal lo que antes hubiera encendido todas las alarmas sociales. No es el primer caso de poblaciones a las que se ataca en la parte más sensible de sus congregados. Ejemplos hay, sobre todo cuando contabilizamos hasta 100 muertos por día en el territorio nacional. Me atrevo a suponer que lo que vuelve diferente del resto, lo ocurrido en Chihuahua, es que la emboscada estuvo dirigida a un grupo compuesto por esposas e hijos, sin ningún hombre adulto, lo que da cuenta de que se les atacó habiendo pleno conocimiento de causa. No dudo que hayan existido en el país otros casos similares; quede el beneficio de la duda.

Ya se exhibió la cómoda salida que se sacan de la manga las autoridades cuando se ven en aprietos. “Una confusión” como origen del acribillamiento y posterior incineración de los vehículos. Poco faltó para que afirmaran que los niños constituían una célula delictiva y que en vez de biberones cargaban cuernos de chivo.

En años recientes ha habido ajustes al Código de Procedimientos Penales de la Federación, con el fin de garantizar la protección de identidad, además de hacerlo con los menores de edad, también con los presuntos delincuentes. Los medios impresos y digitales se esmeran en aplicar estas medidas para salvaguardar los derechos humanos de estas personas. Por otra parte, se desprotegen individuos vulnerables. La centenaria comunidad de Galeana, Chihuahua, integrada por un grupo de mormones, contaba desde tiempo atrás con la protección de las fuerzas del orden, misma que se redujo sustancialmente hace poco tiempo. Esto, en mayor o menor grado habrá contribuido a la masacre ocurrida en días pasados. Es indispensable conocer entonces, qué criterio se aplicó para disminuir esta protección, lo que precipitó los fatídicos resultados.

De acuerdo con un comunicado de prensa de UNICEF, en diciembre del 2017, países como Iraq, Siria, Yemen, Nigeria, Sudán del Sur y Myanmar se consideran aquellos en los que se vulneran abiertamente los derechos de los niños. Los menores son utilizados como escudos humanos en zonas de guerra, o bien terminan siendo reclutados como soldados, o resultan víctimas de tráfico humano o sexual. Las cifras que reporta ese comunicado fechado el 28 de diciembre son alarmantes. Doloroso decirlo, pero si se actualiza para el 2019, con seguridad México ya estará incluido en la lista de esos países, en los que la vida de un niño tiene escaso valor más allá del utilitario, para las facciones en pugna.

Niños en la mira: un signo de alarma para México. Y lo más grave, todavía hay personajes de la vida cultural del país, que expresan su satisfacción por la muerte de los pequeños mormones, argumentando que la merecían.

Como capas de cebolla, están los problemas sociales y políticos de nuestro país. Debajo de la capa violenta hay una corteza llamada “descomposición social”. Bajo la misma surgen como furúnculo a presión los graves problemas de corrupción e impunidad, que se agravan con esas lecciones de moralidad que llaman a enfrentar las ráfagas de metralleta con abrazos. La siguiente capa, más que económica, yo la llamaría de valores. Pretendemos definir el éxito como seres humanos en términos de poder adquisitivo, con dos palabras que en mis tiempos de niña se llamaban “ambición y codicia”. Una y otra, en grado desmedido, son capaces de llevarnos a los actos más abyectos que podamos imaginar. Quizá como núcleo de la gran cebolla yo colocaría en el centro un elemento cultural, que jamás nos ha permitido sentirnos cómodos en nuestra propia desnudez. Necesitamos acaparar de manera desmedida e insaciable, buscando sentirnos bien. Dicho sea de paso, algo que jamás se logra por este camino. Es hora de sacar la brújula y reorientar la navegación.


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03 Noviembre 2019 04:00:00
Soledad se escribe con eme
Nuestros niños y jóvenes son los más comunicados en la historia de la humanidad. Paradójicamente, se hallan cada vez más solos.

La generación de los “millennials” vino a romper con una serie de constructos sociales que fuimos creando a lo largo del siglo veinte, y que no resistieron el cambio de milenio. Infinidad de arquetipos se han ido desgastando desde la segunda mitad de ese siglo, en particular tras las grandes guerras que cimbraron al mundo. Sistemas económicos que develaron una realidad muy costosa desde el punto de vista social: En diversos países la riqueza se polarizó, para favorecer a unos cuantos, y desamparar al resto, aún dentro de sistemas que se han hecho llamar de izquierda.

Para los últimos decenios del siglo veinte, buena parte de las familias en nuestro país, se hallaban desarticuladas: Las condiciones impuestas por un sistema económico neoliberal provocaron disminución del poder adquisitivo. Fue necesario que ambos padres salieran del hogar a trabajar. Este cambio intrafamiliar nos cobró la factura, los niños se quedaron solos en casa, con escasa o nula supervisión de un adulto. En los años setenta bajo el influjo de la televisión, y de los noventa a la fecha, dicho aparato fue sustituido por la tecnología digital, a través de la cual se tiene fácil acceso a un mundo virtual tan vasto como carente de calidez.

Los fenómenos provocados por esta apropiación de la tecnología digital son muy variados, y, de hecho, no han sido del todo estudiados. O bien, conforme se analiza uno, van surgiendo nuevas modalidades que obligan a emprender estudios sobre cómo influye el mundo virtual en el real. Para el asunto que nos ocupa, encontramos niños y jóvenes que se sienten solos. Tanto como tienen de destrezas para manejar la tecnología de la información y comunicación, carecen de habilidades para establecer una relación presencial satisfactoria. No poseen la experiencia necesaria para detectar los guiños en la mirada o en el tono de voz que sirven para conocer el estado de ánimo o la coincidencia entre dos personas. Estos guiños sirven de guía para determinar cómo abordar a otro ser humano, para una comunicación. Estos chicos carecen de habilidades para desarrollar empatía, y le tienen miedo a la intimidad personal. En línea podrán desnudarse, tanto emocional como físicamente –ahí tenemos lamentables casos de sexting y de grooming-- pero en la comunicación cara a cara se perciben a sí mismos como torpes e inseguros, quizás hasta incompetentes, tanto que prefieren evitar los riesgos que, para ellos, conlleva una relación personal directa.

La UNICEF ha venido estudiando el suicidio en adolescentes a partir de los últimos años. Se observa claramente un incremento; en gran medida el problema de fondo que lo dispara es una sensación de soledad. Jovencitos provenientes de hogares disfuncionales o en los que existen altos niveles de violencia intrafamiliar, cuyas relaciones afectivas son frágiles, y a la primera de cambios se fracturan, generando una crisis existencial en el adolescente. Si el trasfondo familiar lo había llevado a sentirse poco, la crisis emocional propia de su edad, le hace cuestionarse qué tanto vale la pena luchar, cuando la vida no parece ser la gran cosa. Por citar un ejemplo, entre 1990 y el 2017, de acuerdo con cifras de la UNICEF, en Argentina se triplicó el número de suicidios en adolescentes. En México, entre 1990 y el año 2000, la incidencia creció un 1.5 en menores de 14 años, y la mitad de dicha cifra en jóvenes entre 15 y 29 años.

Soledad se escribe con eme de “Millennials”, esos chicos a la vez hiper comunicados pero aislados. Ellos mismos no logran precisar qué les hace falta más allá de su dispositivo electrónico, que mantienen constantemente con ellos, como un elemento que les provee de seguridad y les permite sentirse vivos. A ratos los imagino como aquellos que no saben que existen otras latitudes en el planeta. Nunca han tenido acceso a información que les indique que más allá de su entorno personal y su aparato, hay seres humanos con los que pueden establecer relaciones amicales, platicar, reír y jugar, sin la necesidad de mantener los sentidos prendidos de una pantalla. A pesar de su libre y amplio acceso a contenidos digitales, parecen constreñirse a unos cuantos, lo que finalmente ahonda esa sensación de soledad. No han descubierto el mundo que existe del otro lado de las redes sociales, mismas que atentan contra la autoestima. Como si se tratara de un arma muy potente, un solo clic respecto a una publicación podría pulverizarlos.

Es necesario trabajar para eliminar ese aislamiento en el que se hallan muchos de nuestros niños y jóvenes. Mostrarles que más allá de la pantalla hay elementos que funcionan para proveerles de satisfactores que apuntan a la plenitud.

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27 Octubre 2019 05:00:00
“El moro” para siempre
Estamos hechos de fragmentos de memorias. En nosotros se encuentra esa impronta familiar que nos otorga sentido de pertenencia. Una razón para trabajar cada día. Un sello particular a través del cual nos sentimos parte del mundo.

Mi señor padre fue ingeniero civil de profesión. Para él la figura paterna siempre estuvo lejana; mi abuelo fue un personaje en la vida intelectual del país, quien no tuvo intención de ocuparse de su vástago. Adentrándome en la historia de mi padre, imagino que sabría más de su progenitor por los medios informativos que en forma directa. Conservo del abuelo algunos objetos, libros y misivas, que pasaron de mi abuela a mis manos, haciendo breve escala en las de mi padre; de entre ellos un tintero que el propio Don Porfirio le regalara. Hay que decirlo, fue porfirista, y tuvo que salir de México rumbo a La Habana, durante ese mayo de 1911, cuando Don Porfirio abordaba el Ypiranga rumbo al exilio.

La estrechez económica familiar obligó a mi padre a trabajar para pagar sus estudios. Ingresó al recién inaugurado IPN, a la Escuela Superior de Construcción, que pronto cambiaría de nombre. Sus tres grandes maestros fueron José Antonio Cuevas Montes de Oca, Manuel González Flores y Kurt Groenewold Guerra. Este último tuvo a su cargo la construcción del edificio “El Moro”, que hasta hoy alberga la Lotería Nacional, institución que está por desaparecer. Groenewold fue su maestro de Geometría Descriptiva, y tomó bajo su báculo a mi padre, quien con frecuencia llegaba tarde a clase, por razón de sus compromisos laborales. Entró como practicante en su oficina, y fue así como le tocó participar de manera directa en la construcción del icónico edificio, del cual –por cierto- el maestro José Antonio Cuevas tuvo a su cargo la cimentación, con una técnica particular, a modo de prevenir futuros hundimientos por razón de su peso.

Cada vez que visito la ciudad de México y paso frente al imponente edificio, me llaman los ecos de aquellas memorias casi centenarias. Cuando miro una fotografía recuerdo la anécdota que contaba mi padre, de una noche cuando la estructura en construcción comenzó a crujir y él a sudar, ante el riesgo de que aquello se viniera abajo. Son pedazos de memoria con los que estoy hecha, y que del mismo modo espero transmitir a mis hijos y nietos.

Uno de los grandes problemas de México es el aislamiento familiar. Vamos dejando de reunirnos para tejer aquella maravillosa urdimbre de historias comunes que forman tradiciones, con que las nuevas generaciones construirán sus propias historias. Las voces de nuestros mayores se van perdiendo en el silencio del barullo; nuestros oídos se vuelven cada vez más sordos, y el espíritu se constriñe poco a poco. Cuando menos pensamos, nos sentimos desnudos e indefensos en medio del desierto. Ya no sabemos para dónde vamos ni de dónde venimos. Comenzamos a volvernos uno con la arena, que de cuando en cuando se levanta en riadas. Para ese momento, el cosquilleo que provoca el polvo en la piel es todo cuanto sentimos. El resto de los sentidos se ha apagado.

Rescatar las memorias, comunicarlas. Armar con ellas nuevas historias. Reconstruirnos. Descubrir elementos inéditos en la persona de nuestros viejos, que, por desgracia, en muchos casos se hallan arrinconados, como despojos, arrancada su dignidad. Olvidamos que alguna vez fueron ellos quienes iniciaron nuestra familia y dieron raigambre a las robustas ramas que hoy somos nosotros.

Al final del día nuestro mayor tesoro es aquel que llevamos en el corazón, ese en el que hemos puesto voluntad, tiempo y cariño: La familia, los amigos auténticos, aquello que da sentido a la existencia. ¡Que no venga el consumismo a vendernos falacias! ¡No caigamos en salir a comprar la felicidad en una feria de vanidades! Conocer el esfuerzo que nuestros mayores tuvieron que invertir para lograr lo que hicieron, es valorarlos en la justa medida, reconocer en ellos la dignidad que se merecen. Por este camino iremos generando un círculo virtuoso que se perpetúa en el tiempo. Que contribuye a desarrollar un ámbito familiar en el cual nuestro vapuleado México pueda sanar y reestructurarse. Los delincuentes que matan por cien pesos ponen en evidencia que no conocen el valor de la vida. Nadie se las enseñó de pequeños, envolviéndolos en un abrazo, al tiempo de susurrar un “te amo”, de esos que marcan para siempre.

Gracias, Agustín, mi querido padre, contador de historias, por esos fragmentos que hoy me ayudan a construir las mías propias. Gracias por tu esfuerzo, por tu coraje para salir adelante cuando tenías tanto en contra. Guardo de ti lo mejor. Queda “El Moro” en mi corazón por siempre, así los elementos del exterior pretendan borrarlo de mi imaginario.

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20 Octubre 2019 04:00:00
¿Y sus derechos…?
Impactante. Acabé con un nudo en la garganta. De nada sirvieron –en ese momento—tantos años de contacto con hospitales. Vi hecho pedazos el gran principio “Primum non nocere”, piedra angular de la práctica médica. Un quirófano, una joven en posición ginecológica, un diestro cirujano. La auxiliar localiza el latido del corazón del feto, este tiene 13 semanas de vida, su imagen aparece nítida en la pantalla. Comienza el procedimiento, la sonda que habrá de succionar todo, incursiona abruptamente en la cavidad uterina. El cirujano la dirige hacia el cuerpo del feto, quien trata de rehuir al artefacto. Intentos infructuosos, la sonda atrapa con la fuerza de la succión sus pequeños pies, y progresivamente va engullendo al feto. Es evidente cómo ese pequeño ser humano se esfuerza por evitar ser aspirado. En la etapa final, cuando quedan en la cavidad uterina su cabeza y un brazo, este último trata de aferrarse al espacio que hasta entonces había sido su nicho de vida. Para terminar, se percibe un sonido seco, cuando el cráneo del feto entra por la sonda de aspiración y acaba en el contenedor, junto con el resto de las porciones fetales, en un cruento caldo.

Es un video que impresiona a cualquiera. Agradecí al buen amigo que me lo hizo llegar; aunque por mi parte, lo reenvié a muy pocos. Cuando las imágenes rebasan el mensaje, este se pierde. En lugar del video como tal, decidí compartir la reflexión que me dejó.

Conocí este material justo el día cuando en la capital sinaloense se desataban los demonios, tras la captura de un narcotraficante de segunda generación. Las imágenes y los sonidos recorrieron el mundo. Fueron tomados por civiles que –de forma temeraria—dejaron constancia de los hechos, a riesgo de su propia vida. Unas horas después, del mismo modo como lo capturaron, lo dejaron en libertad. ¿El argumento? Evitar poner en riesgo a más personas, resguardar sus derechos. Quede para la historia como un capítulo de una mala planeación frente a la delincuencia organizada. Midieron fuerzas, y fue claro, al menos por esta ocasión, que el cartel detrás el detenido, demostró más poder que las fuerzas castrenses.

Volviendo a lo nuestro: La era postmoderna enarbola, entre otras muchas causas, la lucha por los derechos civiles: Niños, mujeres, personas mayores, migrantes; discapacitados, comunidad LGBT. Osos polares, perros callejeros, ganado estresado; tortugas; vaquitas marinas; aves zanconas… Sería poco menos que imposible enumerar todas las criaturas que esta lucha contempla: Se defienden sus derechos a una vida digna, libre de amenazas ajenas a su condición natural. Dentro de la cadena alimenticia el predador ataca al herbívoro. Lo hace dentro de un orden básico que permite mantener el equilibrio en el ecosistema. No nos corresponde modificarlo; ya hemos visto lamentables casos de plagas silvestres provocadas por la intervención humana. No obstante, se aboga por que las especies cuenten con un hábitat apropiado para sus necesidades.

Pregunto entonces: Para el niño no nacido, ¿dónde se inscriben sus derechos? ¿qué ley los protege? Más bien percibimos lo contrario, proliferan leyes que pugnan por el derecho de la mujer al aborto. Los congresistas que lo logran lo celebran con vítores. Por las calles mujeres jóvenes con el torso desnudo, expresan que su cuerpo les pertenece y ellas deciden qué hacer con él.

En mis tiempos de adolescente, la sexualidad se aprendía de manera confusa, con una impresionante carga de culpa. Alguna vez estuve frente a una colección de embriones y fetos, y a pesar de mi naciente vocación médica, seguía sin entender cómo aquellas figuras céreas flotando en un líquido de olor intenso, podían tener relación con la vida humana. No fue hasta la preparatoria, durante mis primeras incursiones hospitalarias, cuando vi en forma directa al producto de la concepción humana. Después de un aborto espontáneo terminaba en un recipiente, y ahora sí le hallaba forma de bebé. Hoy en día la tecnología nos lleva a la intimidad del claustro materno, para atestiguar de qué modo vive un feto, cual si en un limbo bendito. Y de igual manera, cómo llega a ser arrancado de su mundo con dos o tres movimientos quirúrgicos, para desaparecer.

En 1989, cuando el derrame de petróleo del Exxon Valdez en Alaska, circularon diversas imágenes. Recuerdo la de un norteamericano con un traje protector blanco, tratando de retirar el petróleo del plumaje de un pelícano. El hombre lloraba copiosamente, lo que me hizo pensar en la paradoja: “Lloran por pelícanos y focas, pero no por los humanos abortados”.

Permita la tecnología de punta, una toma de conciencia. Comenzar a incluir al ser humano en formación, en la lista de esas causas que se defienden con toda la pasión.

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13 Octubre 2019 04:00:00
Un mundo ideal
Durante mi adolescencia los Beatles estaban en todo su esplendor. Debo confesar que en ese período de tiempo no me agradaban. Por mi temperamento y formación familiar, me identificaba con música más tradicional. Los mensajes del cuarteto de Liverpool resultaban hasta irreverentes. Tuvieron que pasar muchos años para valorar lo que dejó ese grupo en el corazón del mundo.

Si tuviera que quedarme con una sola canción de alguno de ellos, elegiría “Imagine”, de John Lennon. Salió al aire treinta años después del “boom” del grupo. En lo personal su letra me dice mucho. No es mal momento para retomar su mensaje.

Si algo no tenemos en estos tiempos, es tranquilidad. Somos seres humanos inquietos, ruidosos, acelerados y explosivos. Rehuimos al silencio y a la soledad, y nos saturamos de barullo exterior, como para no escucharnos a nosotros mismos. Tanto ha de ser el miedo que sentimos de mirarnos desnudos al espejo.

“Imagine there’s no heaven”: Una excelente paradoja de Lennon. Partiendo de que hay un cielo, los seres humanos seguimos lo que dicta nuestra propia religión para alcanzarlo. Colateralmente suponemos que seremos nosotros, nada más, los que alcancemos el paraíso. Cualquiera que no profese la misma doctrina, irá a parar al infierno. Así pues, habrá que evitar a esa persona, para no contaminar el espíritu con su inmundicia. Lennon hace una clara propuesta de paz, algo así como: ¿Qué les parece si llevamos la fiesta tranquilos y nos respetamos? De modo que cada cual, con sus propias convicciones, logre avanzar por el camino que elija, sin juzgar o atacar a otros por razón de sus creencias. Más que pretender convertir ateos, o a quienes profesan otra religión, la canción propone hermanarnos en el amor, en la buena voluntad.

“Imagine all the people living for today”: Una invitación al desapego. A no estar pensando en acumular bienes materiales para un tiempo que no es el presente. Una propuesta de austeridad y contentamiento. Buscar aquello que se consigue gratis en la vida. Los afanes consumistas reflejan una gran sensación de vacío dentro de la persona. Como si, frente a la premisa de que valemos por lo que tenemos, sea obligado acumular más y más. No ha descubierto su riqueza interior. Sonriendo y con pasos ligeros por el camino, se avanza más rápido. Las posesiones nos atan, vuelven lenta la marcha.

“Imagine there’s no countries”: Detrás de la lucha por conquistar otras tierras, acechan intereses materiales, cual carnívoros disfrazados con pieles de oveja. La ambición lleva a buscar valerse de otros seres humanos, convirtiéndose unos en feroces enemigos de los otros; capaces de atacar de manera terrible, pero además cobarde, escudándose en motivos supuestamente nobles. Así se hace entre países y entre ciudadanos; entre familias y entre esposos, echando mano de recursos poco dignos para obtener una ganancia que en realidad no correspondería tomar.

“Imagine all the people/sharing all the world”: Cualquiera de nosotros, calificará este enunciado como descabellado, imposible de lograr. A lo largo de los años hemos visto comunidades que buscan aislarse del resto, como grupos independientes en los que prive la hermandad. Luego de un tiempo, las cosas, por su avance natural, terminan dando marcha atrás, para llegar al punto de la no convivencia. Los mexicanos somos muy dados a manejarnos a partir de una consigna tan dolorosa como cierta: “De que me amuele yo, a que se amuele mi compadre, pues que se amuele mi compadre”. Traemos la impronta del mestizaje –quiero suponer—, de modo que actuamos para ir siempre un paso delante del vecino, procurando impedir que nos saque ventaja.

Vivimos tiempos confusos y sórdidos. Los límites se desdibujan. Resulta difícil aplicar la ley, ya que no logran diferenciarse los derechos de unos y de otros. Pareciera que tiene más derechos quien más poder detenta. Por ese camino quedan desprotegidos los que más necesitan de una justa aplicación de los derechos humanos, convirtiéndose la convivencia en una cena de negros.

La época postmoderna privilegia la imagen, hasta volvernos sus esclavos. Le rendimos tributo como a un dios. Invertimos todo en ella, como si se tratara de una apuesta vital. Perdemos demasiado tiempo en desarrollarla, en disimular el paso de la edad, en alcanzar un ideal de ficción, desde nuestra frágil condición de humanos. Como diría el poeta, importa más el continente que el contenido.

La diferencia entre lo que pronto se olvida y lo que queda para siempre, radica en que pueda aplicarse en distintas circunstancias. Lo que Lennon escribió hace 30 años está vigente, y seguirá siéndolo dentro de muchos años más. Tal vez nos ha faltado escucharlo con atención. No es mal momento para hacerlo.

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06 Octubre 2019 04:00:00
Pena que no es ajena
Ante la violencia en las calles lo más sencillo es echar un vistazo al escenario, señalar con índice de fuego, pontificar y culpar, para al final retirarnos con la peregrina idea de que nosotros somos mejores que ellos. Proceso estéril que no lleva a nada.

Lo racional sería analizar lo que sucede, generar empatía con los actores, tratar de interpretar esa furia con la que acechan y atacan. Tal vez entonces podremos comenzar a desmadejar el ovillo de la historia actual, con miras a entenderla.

Utilizo la palabra “empatía” no para significar que estoy de acuerdo con la violencia con que actúan, sino para sintonizarme en su misma frecuencia, buscando entender los motivos que llevan a determinado proceder, que acaba perjudicando a otros en forma directa, o mediante lo que eufemísticamente se ha denominado “daño colateral”.

En los extremos de las semana que concluye, la ciudad de México ha sido escenario de dos momentos de violencia callejera, que hablan mal de los mexicanos, en el concierto mundial. Primero fue la llamada “Ola verde” a favor de la despenalización del aborto, y luego la marcha en memoria de la matanza de Tlatelolco. En ambas manifestaciones hubo infiltración de provocadores que se dedicaron a vandalizar edificios públicos y privados, y que atacaron en forma directa a quienes -inermes y sin capacitación alguna- intentaban contener tales actos violentos.

Les han llamado “anarquistas”, y algunos personajes públicos pretenden compararlos con los hermanos Flores Magón. Quienes así se expresan ponen en evidencia su falta de conocimiento sobre historia universal y de México. La palabra “anarquista” es un traje que les queda muy grande a estos vándalos de pacotilla. Dudo mucho, pero mucho mucho, que actúen movidos por ideología alguna. Más bien se comportan como un grupo de niños dentro de una cristalería, que tienen permiso para hacer cuanto destrozo deseen. Nadie los frenará ni tendrán que rendir cuentas, algo así como traviesos a los que además les pagan.

Ahora bien: Es obligación de todos los mexicanos entender qué genera ese cúmulo de ira con la que se les mira actuar. Me hace recordar la técnica terapéutica de “la silla vacía”, en la que, bajo la supervisión del profesional, el participante, de frente a una silla vacía, imagina al personaje de su vida que le genera conflicto. Puede ser el padre, la madre, el cónyuge… Alguien cuya cercanía y forma de proceder causan conflicto en el participante. Este, bajo la conducción del guía, se dirige a la figura que tiene frente a sí, volcando todo lo que no ha podido verbalizar antes, hasta resolver el conflicto. El tono de la voz va subiendo, para generar una catarsis de emociones que finalmente provocarán alivio. Algo similar pareciera ser lo que vuelcan los jóvenes violentos, en contra de íconos que simbolizan aquellos elementos que -ellos sienten- les han dañado.

La idea de los “cinturones de paz” de Claudia Sheinbaum representó una forma de poner a personas no capacitadas, a ejercer funciones que son propias de las fuerzas del orden, exponiéndolas a riesgos que no tienen por qué correr. Ya amenazó con reproducir el modelo en futuras ocasiones, esperemos que no sea así. Es una absurda paradoja tener un país militarizado hasta los dientes, pero con las manos atadas, y en lugar de que actúen las fuerzas del orden, lanzar como carne de cañón a civiles ajenos a dicha función.

En días pasados, por invitación de unos queridos amigos, tuve la oportunidad de asistir a un encuentro de la Comunidad Japonesa en el Noreste del país. Fue un evento interesante, cargado de emoción, con grandes planes a futuro. El conferencista principal, Dr. Shinji Hirai, es un antropólogo social de carrera, oriundo de la nación nipona. Él se ha dado a la tarea de contactar a descendientes de segunda y tercera generación, de japoneses llegados a México durante el siglo pasado, con sus raíces en oriente. Dentro de las maravillas que presentó de su tierra natal, dio un dato que me dejó impactada: Durante el 2018 en todo Japón, hubo un total de 10 crímenes. Esto es, menos de uno al mes, en un país cuya población en el 2018 fue equivalente a la de México para el mismo período de tiempo.

Una terrible realidad es que, con la normalización de la violencia, no nos sorprendería si acá esos mismos 10 crímenes se reportaran en un solo sector de una ciudad, en el curso de un mes. Lo leemos y pronto pasamos a otra cosa más interesante, como sería la herencia de José José, o los cocodrilos de Trump.

Lo que sucede en las calles de la Ciudad de México para nada es “de pena ajena”, sino propia, muy propia. Es una responsabilidad de cada uno de nosotros como mexicanos. ¿O vamos a esperar a que vandalicen nuestro domicilio, para pensar en actuar?

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29 Septiembre 2019 04:00:00
Greta y Ricky: Del respeto a la paz
Concluyó de manera exitosa la Cumbre de Premios Nobel de la Paz en la hermosa ciudad de Mérida, Yucatán. Evento dentro del cual se otorgó el “Premio por la Paz” a Ricky Martin, músico, cantante, escritor y activista por los derechos humanos, en particular de la comunidad LGBT. De manera simultánea, la adolescente sueca Greta Thunberg tuvo una brillante participación en Nueva York, en la Cumbre del Clima convocada por la ONU, con un discurso directo y claro, en el que reclama al mundo adulto su apatía ante el calentamiento global. Quienes tratamos de estar al tanto de las cosas, fijamos la atención en ambos personajes, sacamos conclusiones y –de manera ideal—, emprendimos algún cambio frente a los problemas señalados. La otra parte de la humanidad siguió impasible, sufriendo las consecuencias sin alcanzar a plantearse un “¿por qué?”.

Hablar de homosexualidad no es fácil para los que nacimos previamente a la generación de los “Millennials”. Quienes llegamos al mundo antes de los años ochenta del siglo pasado, crecimos con arquetipos muy rígidos en nuestra educación. Lo que no era blanco era negro, sin admitir términos intermedios, así de simple. En contraste, los jóvenes nacidos en la proximidad del nuevo milenio tienen una mentalidad mucho más flexible e incluyente. Han roto con las rigideces que a nosotros nos paralizaban, y están en capacidad de aceptar más que comparar; de acoger sin tanto juicio ni pasmo.

Con relación a la orientación sexual en individuos adultos, el primer estudio serio lo llevó a cabo el biólogo Alfred Kinsey en el estado norteamericano de Indiana, a mediados del siglo pasado. Los resultados indicaron que parte de la población estudiada, no era totalmente heterosexual como su perfil social lo indicaba. A la luz de lo que observamos a 70 años de distancia, descubrimos que, después de todo, Kinsey no andaba tan perdido en sus conclusiones, y lo que entonces se consideró descabellado, hoy se acerca a la verdad, a partir de la libertad que hay para manifestar la orientación sexual. Ahora bien, lo que busca Ricky Martin como activista y filántropo, es que más allá de las diferencias entre unos y otros, nos esforcemos en construir la paz, una paz para todos, independientemente de los rasgos identitarios de cada cual.

Es muy fácil colgar etiquetas, discriminar y dividir. Lo difícil es precisamente, colocarnos por encima de los prejuicios para encontrar las coincidencias, más allá de las diferencias que podamos tener por razón de nuestra raza, color de piel, condición social, orientación sexual, o doctrina religiosa o política. Ser capaces de aceptar y respetar los derechos de los demás, del modo como nosotros queremos ser aceptados y respetados, es tomar el camino hacia la paz.

Greta Thunberg, por su parte, ha tenido que sobreponerse a otro tipo de prejuicios, antes de hacerse escuchar: Es portadora del síndrome de Asperger, condición dentro del espectro del autismo que no vuelve fácil la convivencia con los demás. En muchos casos el paciente con Asperger tiene una capacidad intelectual muy por encima del promedio, y este parece ser el caso de Greta. Debe aclararse que la ciencia moderna habla de “inteligencias múltiples”, y descarta aquel demoledor coeficiente intelectual que –dicho sea de paso—constituía una herramienta más de esos arquetipos maniqueos del siglo pasado, que nos partían la vida en dos.

Greta es la voz de niños y jóvenes a quienes estamos dejando sin futuro. El cambio climático viene a ser el resultado del manejo irresponsable que nosotros, los adultos, hemos hecho de los recursos naturales. Desde el popote plástico hasta los reactores nucleares; desde la bolsa de un solo uso en la tienda de conveniencia, hasta la mala planeación del transporte urbano. Desde el consumo excesivo de carne de res, hasta la extinción del rinoceronte blanco debido al tráfico de marfil. Todo ello deriva de la enfermiza ambición a la que el consumismo nos ha llevado. Un consumismo que plantea la falsa verdad de “vales por lo que tienes”.

El presidente norteamericano Donald Trump ha desestimado de fea manera los reclamos de Greta, pese a ello, la chica no ha cedido un centímetro tras dichas denostaciones. Posición de la cual hay mucho que aprender: ¿Qué tal si empezamos a fijarnos menos en cómo son los demás, y más en la forma como los tratamos? ¿O si asumimos desde nuestra inteligencia, que no hay personas mejores ni peores, sino distintas? ¿Y si antes de levantar el dedo para descalificar, nos asomamos a nuestro interior? Lo más probable es que, con ello, dejemos de juzgar tan duramente a otros.

Hacia un mundo de paz y de respeto: O le entramos todos, o nos extinguimos por la vía rápida. Al fin que encaminados ya estamos.

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22 Septiembre 2019 04:00:00
Del otro lado de la lente
En el momento cuando cada ciudadano de la aldea global se colocó tras la lente creyéndose capaz de cambiar al mundo con sus tomas, todo se complicó.

A principios de semana Khaseen, de 16 años, fue apuñalado en el pecho a las afueras de un comercio en la ciudad de Nueva York. Del medio centenar de quienes presenciaron el ataque ninguno lo socorrió, todos se limitaron a tomar video.

Por desgracia no es algo novedoso. Se repite en muy diversos escenarios alrededor del mundo. Ante cualquier emergencia, natural o provocada por el hombre, asumimos nuestro carácter de reporteros del mundo y comenzamos a grabar. Quizá lo realicemos sintiendo que es una obligación, por estar en el lugar y en el momento preciso, para levantar una crónica de los hechos. Algún otro tal vez lo haga teniendo en mente las ganancias económicas que su material puede generar. La mayoría actuará por simple inercia, porque es lo que se hace de forma cotidiana. Detrás de todo lo anterior está una faceta más de nuestra pérdida de sensibilidad como humanos.

Es un fenómeno que ha venido creciendo en los últimos años: el periodista espontáneo que, ante una tragedia, se ocupa de transmitir lo que ocurre. Ejercicio que de manera acertada algún comunicador español ha denominado “voyerismo digital”, mezcla de fascinación ante los acontecimientos y falta de empatía. Detrás hay mucho que explorar, sucede que, a través del lente, aquello que observamos es percibido como imágenes virtuales, ajenas a la realidad, como sería una película que abrimos en cualquiera de los canales digitales. Por ende, lo que captura nuestra lente es tenido, en un primer pensamiento, por mera ficción. Desde la perspectiva de lo emocional, representa un mecanismo inconsciente que cumple dos funciones: nos pone a salvo de salir dañados por intervenir de manera directa, además de que nos libera de responsabilidad frente a lo que ocurre, como si, ante un hecho que implica riesgo, nuestro deber fuera tomar video, tal como sucedió en el caso de Khaseen.

Un mundo basado en imágenes presenta complejidades importantes. Nos vuelve esclavos de la imagen que proyectamos, de modo que actuamos para volverla más atractiva, a cualquier costo. Diría Zygmunt Bauman, que lo hacemos para convertirnos en una mercancía más rentable en el mundo digital. Utilizamos todo tipo de recurso para mejorar lo que mostramos a otros, así el resultado llegue a ser un mero holograma. Las imperfecciones de nuestra condición humana resultan inaceptables en un mundo virtual donde todo llega a verse tan cercano a la perfección como logremos presentarlo. Porque, ¡vaya que si tenemos temor a ser vulnerables a causa de nuestras imperfecciones! Lo hacemos partiendo de la idea de que, alrededor nuestro, todo es perfecto.

La salida fácil sería atribuir a la tecnología nuestro cambio de actitud. En algo influye, definitivamente, pero no es la sola causa de este fenómeno de indiferencia, frente a la desgracia que otro ser humano está pasando. Hay razones intrínsecas que desencadenan este modo de actuar, de entrada, habría que considerar que el escenario descrito se despliega sobre un telón de fondo de baja autoestima.

Los elementos que participan en el desarrollo de la autoestima en la etapa infantil se han visto rebasados por otros ajenos, que los apabullan. Esto es, el niño crece en un mundo de adultos ocupados, en el que tiene pocas oportunidades de recibir la atención que necesita. Alrededor suyo hay algunos mayores, cuyo tiempo se reparte entre labores de subsistencia fuera del hogar y actividades dentro del mismo, en ocasiones tan limitado, que al pequeño le toca poco. Además, con la inversión de la pirámide poblacional y la inseguridad, alrededor hay pocos niños o ninguno. En cierta forma él ha de vérselas por sí mismo para muchas de las necesidades más allá de las de subsistencia, y esa falta de “clic” con otros seres humanos durante los primeros años de vida, habrá de cobrar la factura más delante.

Por cuestión de edad, quedamos pocos que hayamos vivido una infancia libre de medios de difusión masiva, en que, dentro del hogar, cuando mucho había un aparato de radio. A través suyo la familia se enteraba de lo que ocurría en el mundo. Eran tiempos en los que se privilegiaba la comunicación cara a cara; en casa había más niños, y los adultos tenían tiempo para atenderlos. Así la empatía se generaba en forma natural, y la solidaridad era moneda de cambio corriente entre familiares y vecinos.

Habría, pues, que humanizar nuestras relaciones personales. Guardar la cámara y sintonizar el corazón. Abandonar la inercia y abrir los sentidos. Aplicar la regla de oro, ya que mañana podríamos ser nosotros o uno de los nuestros, quien se halle del otro lado de la lente.

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15 Septiembre 2019 04:00:00
Cuestión de fe
Dios hizo un mundo distinto para cada hombre, […]en ese mundo, que está dentro de nosotros mismos, es donde deberíamos intentar vivir. Óscar Wilde

En mi opinión, los dos temas en los que los humanos nunca llegaremos a ponernos de acuerdo son la religión y la política. Se invierte tanta pasión en debatirlos, que difícilmente podremos cambiar de opinión.

Para hablar de religión, de entrada, habría que diferenciar lo que es la creencia en un poder superior, de lo que es la filiación de cada cual a una iglesia. El principio creador recibirá distintos nombres de acuerdo con la doctrina que una persona profese, pero en esencia es lo mismo. Hablamos de una entidad que está fuera de nuestro alcance como humanos. Puede ser Yahvé de los judíos; la Santísima Trinidad de los cristianos; Alá de los musulmanes; Vishnú para los hinduistas, o el eterno principio de los seguidores de Buda. Un principio superior a nuestra condición humana en el cual depositamos la absoluta confianza.

Con relación a las religiones, la cosa cambia. Estas representan las formas en las que interpretamos ese principio creador, las diversas maneras de aproximarnos a él, de reconocerlo, rendirle tributo y actuar conforme a aquello que nos dictan los cánones de nuestra propia iglesia. En lo que a religiones cristianas se refiere, me gusta imaginar que todos convergiremos en un destino final único, y que avanzamos como equipos, y que a cada equipo lo distingue su color de camiseta, distinto al color que portan los otros equipos, nada más.

Las expectativas frente a un poder superior son de lo más variadas: Dependen del temperamento de cada individuo, de la formación familiar y religiosa que haya recibido, así como del momento que está viviendo. Hablando propiamente de religiones, no es el mismo el Dios de alguien que nació bajo cierta denominación, que del converso que da testimonio con desbordante entusiasmo. No es el mismo el Dios del templo ante el cual no corresponde más que inclinar la cabeza para adorarlo, que el Dios del campo que se muestra a través de imágenes, sonidos y exultantes maravillas. No es el mismo el Dios de la figura severa que se impone con amenazas, que el de los niños pequeños y de Sabines, un amigo con el cual podemos travesear. Finalmente, no es el mismo mi Dios íntimo que me acompaña cuando busco entender su obra, que aquel ante el que se llega a orar a punto de levitación cada domingo, pero al cual olvidamos en cuanto ponemos un pie fuera del recinto sagrado.

En lo personal me tranquiliza la convicción de que hay un poder superior, poseedor de una razón para cada evento que toca mi vida. Un ser al que, cuando algo resulta contrario a lo deseable, le pido luz para entender y fortaleza para conducirme. Un gran señor en cuyas manos deposito mi confianza plena, como hace un niño pequeño en brazos de su padre.

Tengo un amigo muy querido que se proclama ateo, postura que defiende en toda circunstancia. Ello resulta en interesantes debates por las diferencias de opinión, más cuando se agrega al mismo un tercero, fiel católico practicante. Visualizo su camino bastante dificultoso, pues a ratos ha de sentirse como un atlante con todo el peso del mundo encima, sin tener dónde tomar un respiro. Entiendo que él, como científico, busca entender a Dios antes de considerar la posibilidad de creer en su existencia. A sus ojos las maravillas que nos rodean son el resultado matemático de una secuencia de eventos fisicoquímicos, así, de un modo frío, sin la hermosura de una inspiración divina, que infunda su ánima en cada uno de los fenómenos de la naturaleza, para convertirlos en milagros. Su escepticismo de ateo se basa en la razón pura, la que determina que aquello que no puede comprobarse científicamente, no existe. Me temo que habrán de ser difíciles sus horas de incertidumbre, de dolor, de enfermedad, cuando habrá de sentirse muy solo, al no hallar a nadie más fuerte que él para apoyarse, consolarse y descargar su dolor. Pido a mi Dios por él, aunque sé que acogerá mi súplica con singular ironía. Pido porque algún día, quizás ante una eventualidad mayor, que lo lleve en búsqueda de respuestas, vuelva sus ojos hacia su propio interior, y descubra en las fibras de su corazón, un Dios que vive en cada latido, como principio impulsor de la vida. Una vida que nos permite acoger las dificultades terrenas que todos habremos de enfrentar, tarde o temprano, con la mansedumbre de un hijo, que sabe que a él le toca poner su mayor esfuerzo, y ya Dios se encargará del resto. En la confianza de que nuestro fin último como humanos, no radica a dos metros bajo tierra, sino que, movidos por la fe, estemos en capacidad de acatar los rigores de esta vida, con la esperanza de que valió la pena hacerlo.


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08 Septiembre 2019 04:00:00
Tu derecho, mi derecho
Mediante un pequeño ejercicio de autocrítica, he concluido que debería de escribir un libro intitulado: “Memorias de supermercado”. Cualquier sitio público atrapa mi atención, como un gran foro en el cual los humanos interactuamos tal cual somos, sin embargo, lo que observo en el supermercado resulta todavía más representativo de nosotros como sociedad. A la tienda van los pobladores de una localidad, cada uno con sus propias características, a volcar en esos largos pasillos su particular quinta esencia, que les vuelve seres únicos sobre el planeta.

Llamaremos a nuestro personaje “Chica X”. El primer contacto que tuve con ella fue en el estacionamiento de la tienda. Estoy estrenando un vehículo semi-seminuevo, por cierto, muy bien cuidado, de modo que me estaciono lejos de las puertas de acceso, tratando de evitar un rayón. Semi-seminuevo, pues me lo pasó un familiar, quien a su vez lo adquirió en una agencia como seminuevo, lo que da pie al juego de palabras.

Mi afán de cuidar la pintura de la carrocería implica atravesar todo el estacionamiento. Delante de mí iba una vagoneta Avanza color arena. Para cuando llegué a la puerta de la tienda, se había estacionado en un cajón azul, muy próximo a la entrada. Traía placas que indican que su propietario tiene discapacidad, hasta ahí todo bien. Del vehículo descendió una mujer en sus treintas, bien arreglada, en tacones altos. Supuse que llegaba para recoger de la tienda a su madre o a su abuela; no imaginé que las cosas pudieran ser de otra manera. Acto seguido, Chica X avanzó a grandes zancadas para tomar un carrito de supermercado. Luego de traspasar el umbral de entrada, giró a la izquierda hacia frutas y verduras, y así, una detrás de la otra, comenzamos a recorrer departamentos y pasillos, desde arroz y aceite vegetal, hasta salchichonería. Por más que esperaba verla “renquear” –como decimos por acá-, eso nunca ocurrió. Volvimos a coincidir en las cajas, y –con franqueza- ella seguía luciendo tan sana y entera como en un principio, la discapacidad no se hizo evidente en absoluto.

Vinieron a mi mente una serie de ideas, como bólidos que pasan dejando un leve rastro, que, si no aprehendemos de inmediato, se habrán ido para siempre. Quiero creer que Chica X tiene un familiar con discapacidad, y por ello la camioneta tiene placas con el logo correspondiente. Vaya, porque ahora recuerdo el caso de un jovenazo que utilizaba placas de discapacidad en un convertible deportivo, en el que, si por azares del destino alguien de mi edad subiera, no vuelve a salir ni con abrelatas. Pero no, no quiero pensar mal, ella debe de tener un familiar que, en un momento dado, requiere estacionarse en los cajones que garantizan el fácil acceso a un edificio. Surge una nueva duda: Entonces, si ella sabe lo que sufre su propio familiar con discapacidad, ¿cómo es que le falta la sensibilidad como para dejar libres dichos cajones, para quien verdaderamente los necesita?...

Me resistía a aceptarlo de entrada, pero tuve que reconocer algo que nos caracteriza a los mexicanos. La Chica X utiliza un espacio que en ese momento no necesita. Lo hace amparada por un símbolo que se lo permite. No habrá poder humano que la quite de ahí. Ella hace uso de un privilegio que en ese momento no le corresponde. Supongo que actúa así, porque no tiene la conciencia ciudadana para hacerlo de otra manera. Quien cuenta con un familiar con discapacidad, conoce las dificultades que implica tener que caminar mayores distancias. En dicho caso, si hoy Chica X no trae a ese familiar con discapacidad, evitaría hacer uso de un cajón que en ese momento no necesita. Amén del logo del vehículo.

Visto en términos prácticos, el problema es muy simple: Prevalece mi derecho a la comodidad sobre tu legítimo derecho por motivos de salud. Lo mío está antes que lo de los demás, independientemente del peso específico de uno y otro. No actúo con base en un principio de conciencia, sino valiéndome de un artilugio para mi personal confort.

Ahora bien, ¿vamos a colocar un policía en cada cajón de estacionamiento para garantizar que se actúe de manera debida? ¿Qué quien se estaciona sepa hacerlo bien, para que no raye mi semi-seminuevo? ¿Qué quien trae logo que indica discapacidad haga buen uso de este? La solución no radica en vigilar y sancionar, sino en crear conciencia. Ser empáticos con las necesidades de los demás, sacrificar un ápice de comodidad en aras de facilitar la vida de quienes –de suyo-, la tienen bastante más difícil.

El cambio que requiere México se dará a través de un proceso educativo de raíz, en el hogar, mediante el ejemplo. Que los principios de casa sean sólidos, para salir a enfrentar un mundo de paradojas, en donde la indolencia se viste de poder.

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01 Septiembre 2019 04:00:00
La pieza faltante
Las imágenes poblaron pantallas de todo tipo y dimensiones: Como ha sucedido con anterioridad en la Ciudad de México, esta vez tocó a Monterrey y su zona conurbada, sufrir por la presencia de verdaderos ríos de agua sucia que anegaron importantes vías de circulación. El escenario se antojaba como sacado de una cinta postapocalíptica, algunos vehículos eran llevados por la corriente de agua, en tanto otros apenas alcanzaban a mostrar sus techos, inmóviles en aquel cúmulo de agua. La primera pregunta: ¿Cómo estarán los ocupantes de esos vehículos?..

Me comuniqué con algunos amigos que viven en aquella urbe para comprobar que se hallaran en buenas condiciones. Pilar, una querida amiga y colega, lo resumió de la manera más simple (transcribo): “Llovió 2-3 horas y todo inundado, el caos vial increíble. Es que como siempre, el desagüe no funciona, o se tapa, pero siempre es igual”.

En situaciones como esta, llego a sospechar que, en el proceso de conformación de los mexicanos -como si de un rompecabezas se tratara-, se extravió una pieza. Una pieza llamada “lógica”, cuya falta nos genera tantos problemas. Veamos lo siguiente:

La basura de los hogares es de tipo orgánico e inorgánico. De esta última hay basura reciclable a base de cartón, vidrio o PET. Toda ella puede ser recogida por los servicios urbanos de limpieza. Sin embargo, hay otro tipo de basura, como son ropa, llantas, electrodomésticos y cacharros, hasta perros o gatos muertos, que la gente lanza al lecho de canales de desagüe. Esta se junta con la basura “hormiga”, que tiran los ciudadanos mientras caminan o van dentro de un vehículo, y a causa de ambos tipos de basura, esos sistemas de desagüe se taponan, y dejan de funcionar. Es una cuestión lógica que no medimos cuando terminamos de consumir la bebida o la fritura, y arrojamos los envases a la vía pública, tal vez animados por aquello de “qué tanto es tantito”. Sin embargo, ese tantito individual de toda una ciudadanía, genera un problema de dimensiones mayúsculas. La situación se agrava, pues además de lo referido, tenemos una costumbre inveterada, tan mexicana como los sombreros de charro: Salir de casa equivale a ir comiendo o bebiendo algo, como si fuera manda. Al doblar la esquina, los adultos se detienen en el primer puesto de bocadillos para aprovisionar al chamaco con algo que le lleve a mover la quijada durante toda la mañana o la tarde, según sea el caso. De esta manera los problemas de salud, así como los de basura urbana, se disparan. Eso sí, al momento cuando ocurren los taponamientos del drenaje pluvial, de inmediato culpamos al gobierno. Yo me pregunto, ¿es acaso el gobierno responsable de lo que ocurre?...

Otro caso en donde aplica esa misma falta de lógica ocurrió hace unos días en un plantel de CONALEP en Hermosillo: Un alumno es captado golpeando a otro. El agresor se halla de pie y el agredido sentado en su lugar. Se volvió viral en redes, porque la madre del agresor acudió al plantel a pedir que se retirara el video de redes sociales, porque pone en riesgo a su hijo. En esta película hay alguien que no aprendió en secundaria la Tercera Ley de Newton, que dice que a cada acción corresponde una acción de igual intensidad, pero en sentido contrario. Alguien no asimiló aquello que habla sobre las consecuencias lógicas de los actos. Esto es, si yo hago algo indebido, no es lógico esperar un premio. Si mi hijo ataca a un compañero de clase, no es lógico suponer que todo siga como si nada. Cierto, la corrupción y la impunidad dentro de nuestro sistema son un atentado contra la lógica elemental que, por desgracia, muchas de las veces se vuelve ley. Pero ello no da carta de naturalización al delito.

En ocasiones pretendemos manejarnos privilegiando el quién soy por encima del cómo actúo. Y cuando mis actos tienen consecuencias que después no me agradan, me propongo que la Tercera Ley de Newton se reedite, para conseguir resultados distintos como respuesta a mi conducta alejada del orden público.

En el caso de los taponamientos al sistema hidráulico: Los mexicanos privilegiamos lo inmediato en detrimento de lo perdurable. Lo fácil sobre lo dificultoso. Lo cómodo por encima de lo correcto. Estamos muy lejos de conseguir la conformación de una gran comunidad que participe y coopere haciendo lo justo, no más ni menos. Más bien actuamos como un conjunto desorganizado de islas donde cada una de ellas espera sacar beneficio de las demás.

La grandeza de los pueblos parte de las pequeñas acciones de sus ciudadanos. Cuidar, proteger y no dañar, acciones emprendidas por cada uno, derivarán en un panorama distinto para todos. Todo ello comenzará a suceder a partir de cuando logremos asimilarlo como un modo de vivir que sí funciona.

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25 Agosto 2019 04:00:00
Detrás de la intolerancia
El pasado día 23 se conmemoró por primera ocasión el Día Internacional de las Víctimas de Violencia, Motivada por la Religión o las Creencias. Buen momento para revisar la intolerancia, conducta creciente en nuestros tiempos.

A lo largo de la historia hay ejemplos de masacres que comparten este mismo origen, aunque en general suelen asociarse además factores económicos. En “Imagine”, John Lennon esboza el ideal de humanidad. Para 1971, año del lanzamiento de la canción, aquello de “Imagine there’s no heaven” habrá resultado una herejía, aun cuando Lennon se refiere con ello a abolir esas diferencias absurdas, que llevan a enfrentarse entre hermanos, por razón de sus credos. Y de aquí partimos para nuestra revisión:

Una cosa es el concepto de Dios, y otra muy distinta es la religión. No necesariamente se corresponden uno a otra. Dios, Jehová, Mahoma o Visnú, simbolizan la figura del eterno principio, el ideal que persigue el hombre sobre la tierra.  Conceptos como el amor al prójimo, el servicio a los demás, y la no violencia son elementos que –al menos en teoría—comparten las distintas doctrinas religiosas. El “qué” es el mismo, sin embargo, en el “cómo” surgen las diferencias. Diferencias que han desencadenado grandes guerras.

Ciñéndonos al apasionamiento que produce la propia convicción religiosa, y dejando de lado cualquier otro elemento que pudiera influir en los conflictos por la fe, habría que tratar de entender qué lleva a un individuo a abrazar de ese modo una convicción religiosa, al grado de ser capaz de atentar contra la vida de quienes tienen creencias distintas.

Detrás de todo fanatismo hay una fórmula en desequilibrio. Cuando se deposita todo, en una figura más allá de la propia persona, se corre el riesgo de no percibir los límites entre el bien y el mal. El no comprender que atacar a otro ser humano es un delito, indica que algo está fallando en el interior de esa persona.

A lo largo de la historia están los ejemplos de adoctrinamiento masivo que pagaron un alto coste en vidas humanas. Sin ir más lejos tenemos el nazismo, que llevó a un convencimiento a gran escala acerca de la aniquilación de individuos de ascendencia judía. Hitler condensó creencias deshilvanadas del imaginario colectivo, que sugerían que las desgracias que sufría Alemania tras su derrota en la Primera Guerra Mundial se debían a la presencia de judíos, por lo que era menester deshacerse de ellos. Fue así, con esa promesa de limpieza étnica, como Hitler, que había luchado en el frente de batalla en la Primera Guerra, asumió el poder absoluto en 1934. La población necesitaba con urgencia un líder portentoso en el cual creer, lo que le valió al líder para posicionarse como un dios ante el proletariado, el cual deseaba salir de las condiciones económicas que imponían, tanto la posguerra, como la recesión económica de finales de los años veinte.

Desde allá nos podemos trasladar hasta nuestros tiempos, para descubrir que detrás de cada atentado contra templos y creyentes de otras denominaciones, se identifican dos elementos: La creencia vital en un poder superior ante el cual complace rendirse, y la necesidad de justificar dicha pertenencia al clan, mediante acciones significativas. Es así como un adolescente de 14 años no duda en adosarse una carga de explosivos al cuerpo, para emprender un ataque suicida. Está convencido de que así satisface a esa figura poderosa que promete premiar su lealtad. Y es del mismo modo, como muchos jovencitos occidentales se afilian a grupos subversivos de oriente que les adoctrinan. O bien, chicos solitarios que, desde su aislamiento, van construyendo historias que les doten de una razón para existir. Lo hacen con elementos tomados de aquí y allá, que los llevan a buscar su propio sitio en el escenario histórico, y de acuerdo con lo que aman o detestan, se van llenando de odio por todo lo que sea distinto, o que no cumpla con el ideal que han imaginado. No dudan un momento, pues, en salir y destruir esos elementos contrarios.

Dicho odio es el ancla que impide que su nave emocional se vuelque en el inmenso océano de la vida. Aunque –hay que decirlo- esa sensación es transitoria, puesto que, si el origen de todo es un desequilibrio emocional, la aparente estabilidad se pierde y la nave finalmente se va a pique.

Detrás de la intolerancia hay dolor y falta de adaptación. Se actúa desde el apasionamiento, en defensa del ideal que su mente ha concebido. Por desgracia nuestro mundo produce niños solos, carne de cañón para activar dicho mecanismo.

Honremos a las víctimas, pero sobre todo actuemos. Hagámoslo por el fomento a la paz, independientemente de dónde provengan nuestras convicciones personales. Ya lo dijo Gandhi: Dios no tiene religión.

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18 Agosto 2019 04:00:00
Hasta el corazón
A los mexicanos nos asalta la ceguera de la costumbre. Dejamos de percatarnos de las riquezas de nuestro territorio, la diversidad de ecosistemas, desde Tijuana hasta Tuxtla Gutiérrez, pasando por cordilleras, montes, valles, volcanes, costas y mesetas. Además de la flora y fauna que vuelven esta variedad de suelos una maravilla capaz de provocarnos el regocijo más hondo.

Viajar es una excelente oportunidad para tomar conciencia de esas maravillas naturales que, en el extranjero que nos visita, provocan un asombro particular. Ir a otras latitudes nos permite atestiguar de manera directa los esfuerzos que se llevan a cabo por preservar dichos ecosistemas.

Voy regresando de un venturoso viaje por el estado de Jalisco. El pasar de nuestras amadas arideces norestenses a la exuberancia de montañas y trópicos hacia las costas de Jalisco y Nayarit, es llenar las pupilas de imágenes, olores, sonidos y sabores que se recrean una y otra vez para recordar lo bendecidos que somos como mexicanos.

El principal propósito de mi viaje se cumplió a cabalidad: Reunirme con esa parte de la familia con la cual el factor distancia no permite convivir de manera directa. No estuvimos todos, pero sí una buena parte, lo que representa vivencias preciosas que se atesoran para siempre. La otra parte, --turística—se vio cumplida con creces. Unos días en la Riviera Nayarita recargan las pilas para un buen rato. En particular, de todo lo vivido durante esa estancia, hay un momento que hoy deseo compartir con ustedes:

Desde el octavo piso del condominio que ocupamos en Nuevo Vallarta, la vista era fabulosa: El amanecer con sus incipientes amarillos difusos, y su luna azul y grande que desaparecía a corta distancia sobre el nivel del mar, como si se fugara. Los atardeceres luminosos, que se negaron a vestirse de escarlata en todos esos días. El vaivén de las olas que parecían enrollarse cada una sobre sí misma, para luego romper en carcajadas espumosas y blancas. La placidez de la arena clara, donde a primera hora aparecía un tlacuache insomne en busca de alguna mínima presa para desayunar antes de dormir. Algún cangrejo pequeño nunca volvió a su agujero, a causa del desordenado marsupial. Las aves marinas en todas sus variedades, las golondrinas de alas de charol y vientre amarillo haciendo giros y piruetas; los pelícanos solemnes y calmos, aislados o en grupos de hasta cuatro. Las gaviotas y aves zanconas, cada cual explorando su propio nicho. En fin…

Lo que me cautivó de manera particular fue lo ocurrido en la tarde del tercer día: Desde el balcón comenzamos a observar que las personas sobre la playa se iban alineando a uno y otro lado de lo que se veía como un bulto gris, mismo que de manera ocasional se movía, levantando algo de arena. Pronto descubrimos que se trataba de una tortuga en proceso de desove. Rápidamente nos integramos al grupo de paseantes de todas las edades, que de la manera más respetuosa observaban en silencio aquel milagro de vida.

No alcanzan las palabras para describir la emoción que me embargó mientras observaba a la hembra, agotada por el esfuerzo, tomando aire, pujando para liberar parte de los huevos, y en seguida cubrir con arena que movilizaba con sus patas traseras, aquella camada. Descansaba un poco, para volver a emprender la misma tarea una y otra vez. Sentí una conexión especial con ella, con su esfuerzo que bien podía costarle la vida, y con su firme propósito de colocar a su progenie en condiciones tales, de asegurar su supervivencia. Terminado el proceso de desove, apisonó la arena con sus gruesas patas, con tal fuerza, que se escuchaban los golpes contra la arena. Como pediatra habré asistido a varios miles de nacimientos, la diferencia entre aquellos y esto es que mi presencia junto a la fatigada madre ahora era de simple observadora. No me correspondía hacer otra cosa que sintonizarme con su encomienda y asombrarme con toda la emoción puesta en ello, por su enorme esfuerzo.

Hay que reconocer y aplaudir la actitud de todos los observadores, en silencio, respetuosos. Todos sintiéndonos afortunados por ser parte de aquel momento. Se contó con la presencia de una bióloga del programa de Conservación y Protección de la Tortuga, quien vigiló en todo momento que nuestra presencia no obstaculizara la tarea del desove.

Cada vez que pedimos una bolsa de plástico. Cada vez que abusamos de vasos y platos desechables. Cada vez que tiramos a la basura la malla plástica de los “six” de cerveza o refresco, sin antes cortar cada uno de los anillos que sostuvieron las latas, estamos dañando al ecosistema marino, entorpeciendo su función, siendo que nos corresponde crear conciencia de nuestro papel. Enseñar a los niños con nuestro vivo ejemplo, el orgullo de ser mexicanos.

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18 Agosto 2019 03:49:00
Hasta el corazón
A los mexicanos nos asalta la ceguera de la costumbre. Dejamos de percatarnos de las riquezas de  nuestro territorio, la diversidad de ecosistemas, desde Tijuana hasta Tuxtla Gutiérrez, pasando por cordilleras, montes, valles, volcanes, costas y mesetas. Además de la flora y fauna que vuelven esta variedad de suelos una maravilla capaz de provocarnos el regocijo más hondo.

Viajar es una excelente oportunidad para tomar conciencia de esas maravillas naturales que, en el extranjero que nos visita, provocan un asombro particular. Ir a otras latitudes nos permite atestiguar de manera directa los esfuerzos que se llevan a cabo por preservar dichos ecosistemas. 

Voy regresando de un venturoso viaje por el estado de Jalisco. El pasar de nuestras amadas arideces norestenses a la exuberancia de montañas y trópicos hacia las costas de Jalisco y Nayarit, es llenar las pupilas de imágenes, olores, sonidos y sabores que se recrean una y otra vez para recordar lo bendecidos que somos como mexicanos.

El principal propósito de mi viaje se cumplió a cabalidad: Reunirme con esa parte de la familia con la cual el factor distancia no permite convivir de manera directa. No estuvimos todos, pero sí una buena parte, lo que representa vivencias preciosas que se atesoran para siempre. La otra parte, --turística—se vio cumplida con creces. Unos días en la Riviera Nayarita recargan las pilas para un buen rato. En particular, de todo lo vivido durante esa estancia, hay un momento que hoy deseo compartir con ustedes:

Desde el octavo piso del condominio que ocupamos en Nuevo Vallarta, la vista era fabulosa: El amanecer con sus incipientes amarillos difusos, y su luna azul y grande que desaparecía a corta distancia sobre el nivel del mar, como si se fugara. Los atardeceres luminosos, que se negaron a vestirse de escarlata en todos esos días. El vaivén de las olas que parecían enrollarse cada una sobre sí misma, para luego romper en carcajadas espumosas y blancas. La placidez de la arena clara, donde a primera hora aparecía un tlacuache insomne en busca de alguna mínima presa para desayunar antes de dormir. Algún cangrejo pequeño nunca volvió a su agujero, a causa del desordenado marsupial.  Las aves marinas en todas sus variedades, las golondrinas de alas de charol y vientre amarillo haciendo giros y piruetas; los pelícanos solemnes y calmos, aislados o en grupos de hasta cuatro. Las gaviotas y aves zanconas, cada cual explorando su propio nicho. En fin…

Lo que me cautivó de manera particular fue lo ocurrido en la tarde del tercer día: Desde el balcón comenzamos a observar que las personas sobre la playa se iban alineando a uno y otro lado de lo que se veía como un bulto gris, mismo que de manera ocasional se movía, levantando algo de arena. Pronto descubrimos que se trataba de una tortuga en proceso de desove. Rápidamente nos integramos al grupo de paseantes de todas las edades, que de la manera más respetuosa observaban en silencio aquel milagro de vida.

No alcanzan las palabras para describir la emoción que me embargó mientras observaba a la hembra, agotada por el esfuerzo, tomando aire, pujando para liberar parte de los huevos, y en seguida cubrir con arena que movilizaba con sus patas traseras, aquella camada. Descansaba un poco, para volver a emprender la misma tarea una y otra vez. Sentí una conexión especial con ella, con su esfuerzo que bien podía costarle la vida, y con su firme propósito de colocar a su progenie en condiciones tales, de asegurar su supervivencia. Terminado el proceso de desove, apisonó la arena con sus gruesas patas, con tal fuerza, que se escuchaban los golpes contra la arena. Como pediatra habré asistido a varios miles de nacimientos, la diferencia entre aquellos y esto es que mi presencia junto a la fatigada madre ahora era de simple observadora. No me correspondía hacer otra cosa que sintonizarme con su encomienda y asombrarme con toda la emoción puesta en ello, por su enorme esfuerzo.

Hay que reconocer y aplaudir la actitud de todos los observadores, en silencio, respetuosos. Todos sintiéndonos afortunados por ser parte de aquel momento.  Se contó con la presencia de una bióloga del programa de Conservación y Protección de la tortuga, quien vigiló en todo momento que nuestra presencia no obstaculizara la tarea del desove.

Cada vez que pedimos una bolsa de plástico. Cada vez que abusamos de vasos y platos desechables. Cada vez que tiramos a la basura la malla plástica de los “six” de cerveza o refresco, sin antes cortar cada uno de los anillos que sostuvieron las latas, estamos dañando al ecosistema marino, entorpeciendo su función, siendo que nos corresponde crear conciencia de nuestro papel.  Enseñar a los niños con nuestro vivo ejemplo, el orgullo de ser mexicanos.
11 Agosto 2019 04:00:00
El germen del odio
Noticias de alto impacto: Un día es en un centro comercial de El Paso, Texas; unas horas después en cierto sector turístico de Dayton, Ohio. Días antes en un festival en California. Personas que salieron de casa dispuestas a comprar los materiales escolares de sus hijos, o bien a divertirse, nunca volvieron.

Los autores intelectuales de estos crímenes habrán de ocupar un sitio en la galería de famosos criminales de la historia. Lamentable, pero algunos de ellos no tendrán en su vida otro mérito que los distinga, su perfil suele corresponder a niños y jóvenes grises, que pasan inadvertidos para el resto, desde que entran al jardín de niños. Unos cuantos provienen de hogares con alta violencia, donde la comunicación se da más con golpes que con palabras.

Esa carga de odio que lleva a un joven a disparar a mansalva tiene un núcleo generador. Lothar Knauth, investigador por la UV, establece que la xenofobia inicia al momento en que llegan individuos de raza aria a colonizar diversas regiones del Continente Americano. Es a partir de entonces cuando surge el término “castas” para denotar relaciones de poder, sobre las cuales se va levantando la estructura social de nuestro continente. En países como México el mestizaje ocurre de un modo afortunado, aunque no deja de haber sus diferencias, colocando por encima a los colonizadores.

Ahora bien, ¿cómo se forma el corazón de ese veinteañero que planea detalle a detalle el ataque, en contra de civiles que ni siquiera conoce? La historia nos ha relatado casos de familias supremacistas, en las que padres e hijos actúan movidos por los mismos principios. Contrario a ello, lo que vemos últimamente tiene como autores a chicos solitarios, marginados de los grupos sociales, que llenan su aislamiento con tecnología. En ese universo creado entre ellos y sus aparatos, sienten ejercer un dominio.

Pudiéramos decir que, más que hijos de la violencia familiar, son hijos de la indiferencia. Muchas veces provienen de hogares disfuncionales, de familias compuestas que no se han organizado para apoyar a cada uno de los hijos como se requiere. El otro perfil es el del joven de clase acomodada, padres ocupados, que descargan su responsabilidad de formadores en el sistema escolar o en la iglesia. En ambos casos son niños solos, que no se identifican con los valores de su entorno. En su necesidad de identificación y pertenencia, recurren a las redes sociales, deseando encontrar alguien con quien identificarse y sentirse vivo.

…Muchas veces ese sentirse vivo implica matar a otros, y así vivir la euforia del poder frente a un mundo que los trata de forma indiferente. Así en ello les vaya la vida.
11 Agosto 2019 04:00:00
El germen del odio
Noticias de alto impacto: Un día es en un centro comercial de El Paso, Texas; unas horas después en cierto sector turístico de Dayton, Ohio. Días antes ocurrió en un festival popular en California. Personas que salieron de su casa dispuestas a comprar los materiales escolares de sus hijos, o bien deseosas de divertirse, quizá convivir con familiares y amigos en un restaurante, nunca volvieron. Fueron muertos a mansalva por los disparos de un individuo quien, de ese modo, buscó liberar la carga de odio que lleva dentro.

Los autores intelectuales de estos crímenes habrán de ocupar un sitio en la galería de famosos criminales de la historia. Lamentable, pero algunos de ellos no tendrán en su vida otro mérito que los distinga, su perfil suele corresponder a niños y jóvenes grises, que pasan inadvertidos para el resto, desde que entran al Jardín de Niños. Unos cuantos provienen de hogares con alta violencia, donde la comunicación se da más con golpes que con palabras.

En los casos que nos ocupan se han emprendido las investigaciones correspondientes. En el de Texas se habla de un asesino solitario provisto de un rifle de alto poder, que comenzó a recorrer pasillos disparando. Según los relatos de testigos fortuitos, se enfocó a atacar a personas de piel morena los mal llamados “hispanos” o “latinos”, dejando una veintena de personas muertas.

Cuando ocurren hechos como estos, es el momento en que comienzan a tomarse cartas en el asunto, a rastrear redes sociales para descubrir que había expresiones de odio racial desde tiempo atrás, que nadie tomó muy en serio.

Jordi Évole, columnista del diario La Vanguardia, describe la frontera entre Ciudad Juárez y El Paso como dividida por una cicatriz que separa ambas ciudades para siempre, siendo que alguna vez fueron hermanas. Hay factores geopolíticos y económicos que las dividen de manera dolorosa, a pesar de que entre ambas ha habido un riego sanguíneo común, que ha generado elementos que la vuelven única.

Esa carga de odio que lleva a un joven—tantas veces un adolescente, recordemos el caso de Columbine—a disparar a mansalva tiene un núcleo generador. Lothar Knauth, investigador por la UV, establece que la xenofobia inicia al momento en que llegan individuos de raza aria a colonizar diversas regiones del Continente Americano. Es a partir de entonces cuando surge el término “castas” para denotar relaciones de poder, sobre las cuales se va levantando la estructura social de nuestro continente. En países como México el mestizaje ocurre de un modo afortunado, aunque no deja de haber sus diferencias, colocando por encima a los colonizadores. En Norteamérica esas diferencias son más marcadas, y se acentúan a raíz de la Guerra Civil, a mediados del siglo diecinueve. En particular con el advenimiento del movimiento denominado Ku klux klan, que promueve la supremacía aria, entre otros elementos. Dicho movimiento surgió al término de la Guerra Civil, y sigue presente en algunas regiones de la Unión Americana.

Ahora bien, ¿cómo se forma el corazón de ese veinteañero que planea detalle a detalle el ataque, en contra de civiles que ni siquiera conoce? La historia nos ha relatado casos de familias supremacistas, en las que padres e hijos actúan movidos por los mismos principios. Contrario a ello, lo que venimos viendo últimamente tiene como autores a chicos solitarios, marginados de los grupos sociales, que llenan su aislamiento con tecnología, según revelan las investigaciones que se han llevado a cabo después de las masacres. En ese universo creado entre ellos y sus aparatos, sienten ejercer un dominio, algo que allá afuera no logran. Progresivamente se van mentalizando respecto a acabar con aquellos elementos que les provocan malestar, en este caso individuos de un origen distinto al suyo, “inferior”, en su concepción particular.

Pudiéramos decir que, más que hijos de la violencia familiar, estos chicos son hijos de la indiferencia. Muchas veces provienen de hogares disfuncionales, de familias compuestas que no se han organizado para apoyar a cada uno de los hijos como se requiere. El otro perfil es el del joven de clase acomodada, hijo único o con un hermano, padres ocupados, que descargan su responsabilidad de formadores en el sistema escolar o en la iglesia. En ambos casos son niños solos, probablemente rechazados por sus pares, que no se identifican con los valores de su entorno. En su necesidad de identificación y pertenencia, recurren a las redes sociales, deseando encontrar una persona, un grupo o una ideología, con la cual identificarse y sentirse vivo.

Muchas de las veces ese sentirse vivo implica matar a otros, y así vivir la euforia del poder frente a un mundo que los trata de forma indiferente. Así en ello les vaya la vida.

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04 Agosto 2019 03:46:00
Reflexiones de pasillo
Acudí hace un par de días al supermercado. En un pasillo me encontré un niño perforando con el dedo una bolsa de azúcar. Me detuve a indicarle que no lo hiciera, y fue hasta ese momento cuando me percaté de que a cada lado del pasillo estaban sus padres. Me miraron en silencio, se vieron uno a otro, y en seguida el papá le reclamó a la mamá por las acciones del retoño. La escena transcurrió a gran velocidad, pero algo me queda claro: los padres no se habían percatado de la travesura del niño.

Sigo adelante y veo dos mujeres con indumentaria sugestiva de pertenecer a alguna de las denominaciones, que obligan a vestir de cierto modo, para evidenciar su filiación religiosa. Junto a ellas andaba un pequeñito que se les despegó y fue a estirar un “six” de refrescos que cayó estrepitosamente al suelo. La mujer mayor corrió tras él y levantó el “six”, al tiempo que lo regañaba; me alegré suponiendo que el niño sería aleccionado. Poco duró mi alegría: la mujer tomó una lata, la abrió y se la dio a beber, incluso ella le dio un sorbo. Volví a topármelas pasillos más delante, el niño se había calmado, aparecía sentado en el asiento del carrito con su refresco al lado. Como hecho adrede, volvimos a coincidir en las cajas. Para entonces la lata había desaparecido.

Parecen asuntos insignificantes, pero no lo son. Representan claros ejemplos del problema que se produce en una sociedad acostumbrada a recibir, sin la obligación de corresponder. Para ese futuro ciudadano la desobediencia civil será su estilo de vida; hallará normal actuar por encima de la ley.

Por desgracia tenemos un sistema de justicia que muchas veces no hacen ningún favor para validar la ley. Tratándose de delitos del fuero común, aun en caso de víctimas mortales, las acciones para capturar y sancionar a los autores de un crimen son pocas. Los familiares emprenden por dependencias gubernamentales un vía crucis doloroso y la mayoría de las veces inútil. En muchas ocasiones terminan ellos mismos realizando las indagatorias. Aun así, no hay garantías de que se procese a los culpables. Sucede que, o no se les consigna, o se les imputan cargos que pronto desaparecen, y quedan en total libertad.

Este modo de actuar llega a ser la burla más cruel, una suerte de charada que se monta para la foto, y se desmonta en cuanto la memoria colectiva descuida el asunto. Como los papás del primer niño, somos ciudadanos distraídos.

El tiempo de enmendar a México, con principios firmes desde casa, se nos está agotando.



28 Julio 2019 04:00:00
Las mejores vacaciones
Estoy segura de que Einstein sí lo entendía. Yo llevo años devanándome los sesos para tratar de comprenderlo, pero sigo en las mismas. Sin embargo, es real: El tiempo pasa cada vez a mayor velocidad y no hay forma de frenarlo. Al principio pensé que era cuestión de la edad, entre más años vives, más rápido sientes que pasa la vida, mientras que de niños los días son eternos. Cambié de opinión cuando escuché a los jóvenes diciendo lo mismo, el tiempo pasa cada vez a mayor velocidad. Alguna influencia debe tener el comercio, sospecho. Acaba de iniciar el período vacacional, y las tiendas ya están vendiendo la mercancía de regreso a clases. Y para cuando está por arrancar el ciclo escolar, se anuncian las ventas del adoptado “Día de Brujas”, y así nos vamos hasta fin de año. He de confesar, eso de comenzar a ver arbolitos de Navidad en octubre, me resulta ofensivo, una especie de rapto que roba encanto a la temporada decembrina. Me corta la inspiración de una fecha que me encanta. Pero, en fin, el comercio lleva la voz cantante, y estoy resignada a entender que no va a cambiar. El tiempo pasa de manera veloz y hay que aprovecharlo.

Para los mexicanos las vacaciones van, desde un sábado en la alberca municipal, hasta una lujosa estancia de siete días en Dubái. Cada familia de acuerdo con sus gustos y posibilidades encuentra la manera de desconectarse de la rutina diaria y recargar pilas para los siguientes diez meses. Ejercitarnos en el arte de la simplicidad y el buen humor, es un antídoto bastante efectivo contra el estrés y los males del alma, así que hay que practicarlo tan seguido como se pueda. El verano es un excelente tiempo para hacerlo.

Cambiando de plano de profundidad, como un nadador que pasa de la superficie hacia el fondo de la piscina. Las vacaciones son el momento ideal para reconectarnos con nosotros mismos. Esta velocidad que lleva la vida, muchas de las veces nos obliga a dejar de lado nuestras cosas personales, para ocuparnos de actividades de otro tipo. Por más que organicemos nuestro día, nos la pasamos corriendo de aquí para allá, y cuando acordamos ya se nos fue la semana. Del mismo modo ocurre con la siguiente y la siguiente, hasta que descubrimos que se acabó el año, y no hemos tenido tiempo para ocuparnos de lo propio. Como si esto no mereciera un espacio en nuestra agenda personal.

En la vida de todo adulto maduro, hay un punto de inflexión: un día nos despertamos y descubrimos que, para estos momentos, es mayor el tiempo de nuestro nacimiento a la fecha, que el que haya de transcurrir de hoy a que desaparezcamos de este plano terrenal. No es cuestión de asustarnos, tan simple como esto, yo acabo de cumplir 64 años, y para nada me imagino cumpliendo 128, por más que los avances científicos me animen a creerlo. Nadie sabe en qué momento esas Moiras griegas –veleidosas y ufanas-- decidan cortar el hilo de nuestra existencia, y “kaput”, hasta ahí llegamos. O bien, tal vez sigamos con vida muchos años, pero ya no con la capacidad para un disfrute pleno.

Siendo pragmáticos, ahora que hemos descubierto que el tiempo camina a pasos agigantados, y que estamos más cerca del más allá, de lo que estuvimos ayer, el mes pasado o hace un año, trabajemos por aprovechar nuestro tiempo. Que estas vacaciones sean enriquecedoras en cuanto a visitar y reunirnos con otros, pero –igual de importante—que sean ocasión para sentarnos a meditar frente al mejor amigo que nos ofrece la vida, frente a nosotros mismos. Revisar si estamos contentos con lo que hacemos; analizar las razones por las que –a pesar de que no nos gusta—nos sentimos obligados a realizar ciertas cosas. Y lo más importante, enumerar todo aquello que siempre hemos deseado llevar a cabo, pero no nos hemos dado el tiempo para hacerlo. ¿Por qué no nos lo hemos dado? ¿Sentimos acaso que no vamos a lograrlo, o nos boicoteamos pensando que no merecemos ese goce?

Conocer personas con gustos afines a los propios. Emprender acciones que nos entusiasman. Llevar a cabo algo, por el simple gusto de hacerlo, sin tener que justificarnos ante nadie, aparte de nuestra propia persona. ¿No es válido? ¿Quién dijo que no?

Vacaciones: tiempo para dialogar con nosotros mismos. Cada uno, en la intimidad del “mí conmigo”. Sincerarnos en una lista por escrito, aunque después la destruyamos. Anotar qué hacemos, por qué lo hacemos. Qué querríamos hacer, y por qué no lo hemos hecho hasta ahora. Poner frente a los ojos el propio mundo interior, a través de la palabra escrita, es de lo más iluminador. Nos ayuda a descubrir ese “yo” agazapado a la sombra.

Antes de que lleguen los arbolitos de Navidad en octubre: ¿Cómo ven si lo intentamos?

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21 Julio 2019 04:00:00
Frente al tiempo
Hay fechas que nos marcan. En lo personal una de ellas es la del 20 de julio de 1969, cuando el hombre pisó por vez primera la luna.

Medio siglo ha transcurrido de esa transmisión de la NASA que vi con mis padres, a través de un televisor blanco y negro. Al mediodía seguíamos con atención las maniobras del Apolo 11. Tras varias horas sobre la superficie lunar, se abría la compuerta de la cápsula, de la cual vimos descender a Neil Armstrong y Edwin Aldrin.

A este viaje se siguieron algunos otros tripulados, para luego descontinuarlos y enfocar los afanes de la transportación espacial en otro sentido. La tecnología se diversifica de modos inimaginables, y aquel vetusto televisor a través del cual atestigüé la maravilla de Armstrong y Aldrin, hoy es pieza de museo.

Viene entonces la pregunta incómoda: nosotros como seres humanos, ¿estamos avanzando a la velocidad con que lo hace la tecnología? O acaso sucede, de forma paradójica, que vamos en un retroceso en lo que a humanismo se refiere. A ratos se antoja imaginar que tenían más peso específico los debates de los ateneístas de la antigua Grecia, que los contenidos de las redes sociales, hacia las cuales desarrollamos una adicción de mayor o menor envergadura, pero adicción al fin. 

Tal parece que en ese pretender estar informado y comunicado con el resto de la humanidad, terminamos extraviándonos a nosotros mismos, hasta un punto en el cual dejamos de identificarnos como individuos separados del resto de los humanos. Como si nos diluyéramos, incapaces de defender un argumento personal, concretándonos a participar a la sombra de los líderes, lanzando piedras desde lo oscurito.

En ese movimiento (casi un tic) de revisar la pantalla de nuestro aparato digital, ¿ganamos algo concreto o solamente perdemos el tiempo? Tal vez solo nos sacudimos la sensación de soledad que tanto nos atemoriza, o quizás actuemos el papel de persona interesante dentro de este mundo, en el que, según se ve, lo que cuenta es la imagen, la apariencia, la coraza, la envoltura, y no tanto el contenido real. En donde salir bien en la foto es lo más importante para trascender.

Como un examen de conciencia riguroso, vale la pena evaluar qué hicimos durante ese cúmulo de horas que la vida nos regaló desde que despertamos. Qué aprendimos, de qué manera nos enriquecimos. Y de igual modo, qué aportamos a otros, con nuestro tiempo, con nuestro entusiasmo, con actos de bondad tangibles, de esos que no se anuncian, porque en anunciarse pierden su valor.
21 Julio 2019 04:00:00
Frente al tiempo
Hay fechas que nos marcan. En lo personal una de ellas es la del 20 de julio de 1969, cuando el hombre pisó por vez primera la luna. De tal magnitud hay algunas más que podría enumerar: 22 de noviembre de 1963, asesinato de Kennedy; 2 de octubre de 1968, matanza de Tlatelolco; 23 de marzo de 1994, asesinato de Colosio; 11 de septiembre del 2001, ataque a las Torres Gemelas en Nueva York. Para cada uno de nosotros, habrá eventos mundiales que lo marcaron, y así pasen muchos años, no olvidará dónde se encontraba y qué hacía cuando eso ocurrió.

Medio siglo ha transcurrido de esa transmisión de la NASA que vi en compañía de mis padres, a través de nuestro televisor blanco y negro, el único aparato que había en casa. Dicho domingo de julio, al filo del mediodía seguíamos con atención las maniobras del Apolo 11. Después de varias horas sobre la superficie lunar, finalmente se abría la compuerta de la cápsula, de la cual vimos descender a Neil Armstrong y Edwin Aldrin. Sus movimientos eran lentos y torpes, en parte por lo complicado de la vestimenta, así como por la diferencia de gravedad del satélite con relación a nuestro planeta. Se movían como muñequitos, para conseguir aquello que tantas veces habría soñado el francés Julio Verne, un siglo antes, según asentó en su novela De la tierra a la luna en voz del temerario Impey Barbicane: Acaso nos esté reservada la gloria de ser los colonos de este mundo desconocido.

Mucho se ha avanzado en ciencia y tecnología desde que el Apolo 11 tocó suelo lunar. A este viaje se siguieron algunos otros tripulados, para finalmente descontinuarlos y enfocar los afanes de la transportación espacial en otro sentido. La tecnología se diversifica de modos inimaginables, y aquel vetusto televisor blanco y negro a través del cual atestigüé la maravilla de Armstrong y Aldrin, hoy es pieza de museo.

Viene entonces la pregunta incómoda: Nosotros como seres humanos, ¿estamos avanzando a la velocidad con que hace la tecnología? O acaso sucede, de forma paradójica, que vamos en un retroceso en lo que a humanismo se refiere. A ratos se antoja imaginar que tenían más peso específico los debates de los ateneístas de la antigua Grecia, que los contenidos de las redes sociales, hacia las cuales desarrollamos una adicción de mayor o menor envergadura, pero adicción al fin. Tal parece que en ese pretender estar informado y comunicado con el resto de la humanidad, terminamos extraviándonos a nosotros mismos, hasta un punto en el cual dejamos de identificarnos como individuos separados del resto de los humanos. Como si nos diluyéramos, incapaces de defender un argumento personal, concretándonos a participar a la sombra de los líderes, lanzando piedras desde lo oscurito.

En ese movimiento -casi un tic- de revisar constantemente la pantalla de nuestro aparato digital, ¿en realidad ganamos algo concreto?, ¿o solamente perdemos el tiempo? Tal vez solo nos sacudimos la sensación de soledad que tanto nos atemoriza, o quizás actuemos el papel de persona interesante dentro de este mundo. Un mundo en el que -según se ve-, lo que cuenta es la imagen, la apariencia, la coraza, la envoltura, y no tanto el contenido real. En donde salir bien en la foto es lo más importante para trascender.

Como un examen de conciencia riguroso, vale la pena, al término del día, evaluar qué hicimos durante ese cúmulo de horas que la vida nos regaló desde que despertamos. Qué aprendimos, qué hicimos de provecho, de qué manera nos enriquecimos. Y de igual modo, qué aportamos a otros, con nuestro tiempo, con nuestro entusiasmo, con actos de bondad tangibles, de esos que no se anuncian, porque en anunciarse pierden su valor. Terminar el día satisfechos de ir a la cama hoy, siendo mejores personas que ayer. No porque alguien dijo que lo somos, no porque en la foto aparentamos serlo. Ser mejores personas porque fuimos capaces de hacer algo más que ayer, a favor de nuestro universo.

Esta es una fecha para dar gracias al cielo por tantas bendiciones: Una familia con la cual se comparten eventos como la llegada del hombre a la luna. Una casa y un televisor para verlo de manera cómoda. Cinco sentidos para apreciarlo y para comunicar esa emoción con los seres queridos. Una mente para expandir nuestros conocimientos tanto como nos lo propongamos. Un corazón para conectarnos, y sobre todo para trascender. Para ser en esta vida, más allá de nosotros mismos, algo para los demás. Sobre todo, para quienes más puedan necesitarlo.

Felices momentos aquellos que se evocan con una sonrisa, aunque haya pasado medio siglo. Momentos mágicos que nos marcan de manera favorable y para siempre. Como diría Verne, para ser los colonos de este mundo desconocido, en que nos ha tocado vivir.

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14 Julio 2019 04:00:00
Reflexión
Hay un gran libro de Sergio Ramírez: “Infancia es destino”. El autor –psicoanalista—hace una minuciosa disección de los elementos históricos que modulan la conducta del individuo y, por ende, establecen el comportamiento de las sociedades. Luego llega Mauriac a reafirmarnos que es, primordialmente en las entrañas del hogar, donde dicho proceso comienza. Ya que, según señala él, en la paráfrasis con que inicio, la infancia es el todo de una vida, pues ella nos da la llave (para vivirla).

Cada vez son más países, en particular de la Unión Europea, donde los niños comienzan a escasear. Las generaciones jóvenes empujan a las maduras, y estas hacen lo necesario para llegar a la tercera y cuarta edad en condiciones apropiadas. Se cuidan, de modo que su expectativa de vida va en aumento. En nuestro continente la pirámide poblacional se ha invertido, la idea de tener hijos es menor entre jóvenes, y el concepto de familia se modifica a sucedáneos, que las legislaciones no acaban de abarcar en su totalidad: Hay familias compuestas, en las que cada cónyuge viene con hijos de relaciones anteriores, pero no dispuestos a traer más niños al mundo. Hay por otra parte sociedades de convivencia, individuos con perrhijos y lo que venga. ¡Vaya! la exuberancia de mi pequeño jardín me está llevando a querer inaugurar un nuevo concepto, que bien pudiera llamarse “planthijas”. A cada nueva planta le busco su ubicación, y tal parece que me lo agradece obsequiándome un verdor desbordante, mismo que atrae invitados de primera categoría: Calandrias, colibríes y algún que otro carpintero.

Los niños que habitan nuestro planeta –sin embargo—plantean un reto singular, en especial para quienes han decidido traerlos al mundo. Cada personita tiene necesidades únicas que habrá que satisfacer de la mejor manera. A estas alturas del partido de la anticoncepción, no es válido llamar “accidente” a un recién nacido. Si viene al mundo, estamos obligados a ofrecerle todo aquello que se merece. Como señala con total acierto mi colega y amigo, Guillermo Gutiérrez Calleros, la preparación para tener un hijo comienza 20 años antes, con la de los propios padres.

Frente a tal escenario, en un mundo en el que hay lo indispensable para planificar las cosas, no se vale actuar sin toda la responsabilidad que al caso corresponde. No hay razón para que nosotros, como sociedad, permitamos que vayan por el mundo niños silvestres, que no estén preparados para vivir una vida satisfactoria.

Tener un niño en casa implica adecuar todo –hasta el último rincón—a las necesidades del pequeño, y no lo contrario, por más que parezca un juego de palabras. Ese bebé que no pidió ser incluido en la jugada, no tiene por qué recibir la peor mano, sino la mejor. Habremos de ocuparnos para que, desde antes de nacer, cuente con elementos que le permitan desarrollar todo su potencial como adulto. En la fórmula está incluida, por supuesto, una infancia feliz, como catalizador de esa maravillosa cadena emocional, que culmina en un ser humano satisfecho con lo que es y con lo que tiene. Uno que esté dispuesto a invertir todos sus recursos de tiempo y energía en el logro de sus metas. Y que, para lograrlo, conozca y maneje, de igual manera, sus capacidades y sus limitaciones.

Entre ese ideal “del libro” y el ser humano que llega al mundo, está la presencia de una familia amorosa que lo reconoce y acepta. Que se propone caminar al compás de sus primeros pasos, para acompañarlo siempre, en toda circunstancia. Una familia integrada por adultos que asumen como prioritario ese proyecto de ser humano, que la vida les ha encomendado.

Hay una escena que llega de manera reiterada a mí: Un hombre joven conduciendo un vehículo en el que van tres o cuatro chiquillos brincando como chapulines. El conductor maneja a ciegas, pues lleva la vista clavada en la pantalla de su celular, mismo que sostiene entre las manos con las que a la vez sujeta el volante. Está a punto de llegar al crucero con una avenida ancha y transitada. Debe hacer alto, pero no lo hace. Por ventura en ese justo momento no venía ningún vehículo que los hubiera impactado de fea manera. Cuando menos ese crucero lo libraron, pero ¿el de la siguiente esquina? ¿Seguirán esos niños con vida, o habrán pasado a ocupar su lugar en las herrumbrosas gavetas de una morgue?...

Tener un hijo es sellar un contrato con la vida. Ser capaces de amarlo, con tal intensidad, como para adecuar lo propio a favor de lo que a él más conviene. Es atestiguar su desarrollo, aplaudir sus logros –que no son nuestros--, y algún día, con ese mismo gozo, verlo partir.

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07 Julio 2019 04:08:00
¿QUÉ PASA CUANDO DAS CLICK?
Vivir es una experiencia increíble. Cada mañana la vida nos ofrece una flamante oportunidad para recomponer lo que somos, dejar de lado aquellos fragmentos que no funcionan y optar por unos nuevos.

A lo largo de la existencia vamos acumulando apegos que se adosan a nuestra vida como coraza. Nos provocan limitación de movimiento, aun así, tal vez prefiramos conservar esos apegos que sumirnos en el dolor de cambiar, una poza cuyo fondo no alcanzamos a adivinar.

En contraste con las generaciones que nos precedieron, la nuestra tiene una opción que no habrían siquiera imaginado los futuristas de hace 100 años. La extensión de nuestra mano puede abarcar un rectángulo provisto de un sistema electrónico y de una pantalla, capaz de trasladarnos, desde la intimidad de la arquitectura atómica de la materia, hasta la galaxia EGS-zs8-1, considerada la más lejana de la Tierra, y que por cierto se formó hace más de 13,000 millones de años. Sucede como con tantos otros elementos de nuestro imaginario actual, su carácter de accesibles nos lleva a perder de vista la magnitud que tienen sus alcances.

Una vez que entramos en la red, difícilmente nos salvamos de engolosinarnos. Comenzamos a dar clic aquí y allá, y vamos desde la mejor forma de quitar manchas en la ropa blanca, hasta cómo preparar hojas de parra, o de qué modo aprovechar los envases PET que desocupamos. Predicciones astrológicas, nombres para perros, en fin…

Hay opciones inagotables para todo lo que a nuestra loca cabecita se le pueda ocurrir, y sucede que en un momento dado nos saturamos de información, y ya no sabemos qué hacer con tanto en la mente. Para establecer un símil entendible, es como esos concursos norteamericanos en los cuales una familia se dedica a coleccionar cupones, llegan a la tienda de autoservicio y surten cantidades inimaginables de crema para depilar; salsas de soya bajas en sodio; galletas con chispas de chocolate sin gluten; aceite de coco y suavizante para la ropa. Cada producto en cantidades industriales, al grado que terminan habilitando una pieza de la casa como almacén… Por más que le he dado vueltas, no logro entender cuál es la satisfacción de estos acumuladores de mercancía que ni en toda una vida alcanzarían a consumir.

Algo similar (me parece) sucede en la Internet. Hacemos acopio de información que, contrario a la mercancía física, entra en nuestras vidas para desencadenar una serie de estados anímicos desde el placer de ensoñación, hasta el dolor más desgarrador. Cuando entramos al mundo de la información con un objetivo en mente, es más difícil que nos perdamos, pero si nada más lo hacemos por entretenimiento, sin un propósito específico, podemos dejarnos llevar por contenidos no siempre sanos.

Es frente a esa hiperinformación, cuando comenzamos a parecernos a los coleccionistas de cupones. Evaluemos cuánto podrá mejorar el planeta cada vez que damos click.
07 Julio 2019 04:00:00
Qué pasa cuando das “clic”
Vivir es una experiencia increíble. Cada mañana la vida nos ofrece una flamante oportunidad para recomponer lo que somos, dejar de lado aquellos fragmentos que no funcionan y optar por unos nuevos.

A lo largo de la existencia vamos acumulando apegos que se adosan a nuestra vida como coraza. Nos provocan limitación de movimiento, aun así, tal vez prefiramos conservar esos apegos que sumirnos en el dolor de cambiar, una poza cuyo fondo no alcanzamos a adivinar.

En contraste con las generaciones que nos precedieron, la nuestra tiene una opción que no habrían siquiera imaginado los futuristas de hace 100 años. La extensión de nuestra mano puede abarcar un rectángulo provisto de un sistema electrónico y de una pantalla, capaz de trasladarnos, desde la intimidad de la arquitectura atómica de la materia, hasta la galaxia EGS-zs8-1, considerada la más lejana de la Tierra, y que por cierto se formó hace más de 13,000 millones de años. Sucede como con tantos otros elementos de nuestro imaginario actual, su carácter de accesibles nos lleva a perder de vista la magnitud que tienen sus alcances.

Una vez que entramos en la red, difícilmente nos salvamos de engolosinarnos. Comenzamos a dar clic aquí y allá, y vamos desde la mejor forma de quitar manchas en la ropa blanca, hasta cómo preparar hojas de parra, o de qué modo aprovechar los envases PET que desocupamos. Predicciones astrológicas, nombres para perros, en fin… Hay opciones inagotables para todo lo que a nuestra loca cabecita se le pueda ocurrir, y sucede que en un momento dado nos saturamos de información, y ya no sabemos qué hacer con tanto en la mente. Para establecer un símil entendible, es como esos concursos norteamericanos en los cuales una familia se dedica a coleccionar cupones, llegan a la tienda de autoservicio y surten cantidades inimaginables de crema para depilar; salsas de soya bajas en sodio; galletas con chispas de chocolate sin gluten; aceite de coco y suavizante para la ropa. Cada producto en cantidades industriales, al grado que terminan habilitando una pieza de la casa como almacén… Por más que le he dado vueltas, no logro entender cuál es la satisfacción de estos acumuladores de mercancía que ni en toda una vida alcanzarían a consumir.

Algo similar –me parece—sucede en la Internet. Hacemos acopio de información que, contrario a la mercancía física, entra en nuestras vidas para desencadenar una serie de estados anímicos desde el placer de ensoñación, hasta el dolor más desgarrador. Cuando entramos al mundo de la información con un objetivo en mente, es más difícil que nos perdamos, pero si nada más lo hacemos por entretenimiento, sin un propósito específico, podemos dejarnos llevar por contenidos no siempre sanos. Lloramos ante imágenes de niños famélicos en Siria, o frente a un par de ojos de un niño tarahumara, o tzotzil, o tepehuano, que parece seguirnos, mientras nos llama a ayudarlo pues tiene hambre. Entre una cosa y otra van saltando como chapulines las peticiones para salvar a los perros orientales de ser convertidos en delicias culinarias; para revertir el calentamiento global, de modo que los osos polares no se extingan, o los infaltables asuntos de política, que terminan en recordatorios maternos.

Es frente a esa hiperinformación, cuando comenzamos a parecernos a los coleccionistas de cupones. Llenamos hasta tres carritos con contenidos inútiles, estorbosos, que no habrán de resolver nada. Otro punto, que hay que tomar en serio, es que amenazan la salud mental. Hay que discriminar fuentes de donde viene la información. Que “Anónimo en la red” diga que llegó el Apocalipsis, no implica que efectivamente ya llegó y que habrá que apanicarnos y correr a escondernos. Frente a una publicación habrá que analizar quién está detrás y qué intenciones tiene al subirla. Posteriormente habrá que cotejarla con informaciones similares, de fuentes confiables. Si vemos que una noticia se repite por varios canales, podemos anticipar que algo hay de verdad en ello. Aún así, se han dado casos de noticias falsas, muy bien disfrazadas, que circulan por un rato antes de ser desenmascaradas.

Conviene administrar el hogar. Conviene administrar pensamientos y emociones. Si vamos a navegar, hacerlo mediante plataformas confiables, en sitios seguros, a través de voces autorizadas. No sea que terminemos como los coleccionistas de cupones, con un exceso de información que no hará más que robarnos espacio mental, tranquilidad espiritual y tiempo. Por último, asumamos nuestra responsabilidad cuando presionamos un botón para que esas noticias sigan circulando, actuemos de forma inteligente eligiendo qué vale la pena reenviar. Evaluemos cuánto podrá mejorar el planeta cada vez que damos “clic”.

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30 Junio 2019 04:00:00
Una vida con sentido
José Luis Santiago Garduño es un joven estudiante de Medicina de la UNAM, quien además se desempeña como paramédico voluntario. Por su labor altruista se hizo acreedor a un premio económico de una institución bancaria. José Luis decidió donar a su alma mater el monto de lo obtenido.

Es uno de esos relatos que surgen de cuando en cuando, para refrescarnos la esperanza. Ahora recuerdo a mi querido y joven amigo Éric Valdés, destacado pianista saltillense, a quien conocí hace algunos años, a través de una nota periodística que daba cuenta de un acto similar: Fue galardonado con un premio económico, mismo que utilizó para adquirir un piano que donó a un orfanatorio, luego de lo cual pudo ofrecer clases gratuitas a los niños internos.

Nos ha tocado vivir en un mundo a tal grado saturado de violencia, que fácilmente nos descorazonamos. Hay hechos delictivos en los sitios públicos, en la televisión, en las redes sociales. Las acciones perversas parecen imponerse sobre las nobles, tanto que a ratos se nos desinfla el espíritu. Entonces llegan estos jóvenes cargados de bondad, a inyectar entusiasmo a nuestras vidas, para de este modo, avanzar por otro buen tramo del camino.

Es muy fácil aseverar que las causas de tantas conductas antisociales radican fuera de nuestra propia persona: Atribuimos a los sistemas de gobierno; a las instituciones educativas, o a los medios de comunicación, lo que en principio es nuestra responsabilidad como formadores.

No podemos salir a señalar con índice de fuego, sin antes haber limpiado hasta la última brizna de polvo dentro de nuestros propios hogares.
Hace unos cuantos días una falla en un tomacorriente dejó mi casa sin energía eléctrica.

Durante unas 8 horas no pude hacer uso de dispositivo eléctrico alguno. En esas circunstancias entendí cuánto dependemos de la corriente eléctrica para nuestro día a día. Una cosa sería programar una salida de domingo al campo, mentalizados en el disfrute de la naturaleza lejos de las comodidades modernas.

Otra muy distinta es que, tras un tronido espeluznante de un aparato, nos percatemos de que no hay corriente eléctrica para llevar a cabo las funciones que diariamente se emprenden “en automático”. Preparar un café, contrarrestar el calor o llamar por teléfono fijo, se convirtieron en metas imposibles de alcanzar durante ese período de tiempo.

En lo personal fueron unas horas útiles para la reflexión acerca de qué somos, por qué medios reforzamos nuestra identidad personal, y, sobre todo, qué sentido buscamos dar a esa búsqueda de lo propio.

A ratos se confrontan el ideal de nación -de José Luis y de mi amigo Éric- frente al México inclemente, que incita a sacar ventaja de cuanto sea posible, sin importar qué tanto salgan afectados otros mexicanos.

Es el México que llama a hacer trampa, a utilizar la sagacidad para beneficio propio. El que nos encamina a pensar en nosotros mismos, por encima de todo lo demás.

Es el México que ha llevado a muchos personajes a perder piso y proporciones, para enriquecerse vorazmente hasta la cuarta generación, sin tocarse el corazón por un solo momento.

Gracias al cielo existen los prodigiosos testimonios de José Luis y de Éric, y de tantos otros mexicanos, que invitan a actuar bien nada más porque sí, porque nuestra nación se lo merece. Espíritus libres que llaman a que cada uno de nosotros ponga un esfuerzo adicional en lo que hace, sin esperar reconocimiento ni gratificación. Es el ejemplo de estos corazones generosos, la mejor lección sobre nacionalismo que podemos recibir, quienes a ratos nos desanimamos.

Lipovetsky en su libro intitulado “De la ligereza” habla de lo que él define como “recursos de la seducción”.

Así busca explicar fenómenos como la necesidad casi compulsiva de subir a la red imágenes de cada uno de nuestros actos, por cotidianos que sean, haciendo de la ligereza un imaginario social que debería definirnos, pero a fin de cuentas termina por difuminarnos.

Está cada uno de nosotros frente al mundo, preguntándose cuál es la razón de estar con vida, y qué hacer para trascender.

Se busca dar a la existencia un sentido que nos supere a nosotros mismos como seres individuales.

Una vez instalada la pregunta en la cabeza, corresponde establecer un proyecto de vida personal único, encaminado a lograr que el mundo sea mejor por aquello que hacemos.

Tenemos entonces a los jóvenes de corazón generoso, en quienes la dádiva se hace de manera espontánea, como una muestra de gratitud a la vida.

Y estamos todos los demás, con nuestro bloc de matemáticas en las manos, haciendo balance de cada uno de nuestros actos.

Entre unos y otros se halla el corazón, espacio maravilloso donde Dios ha decidido poner su morada temporal en este mundo.

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